No hay un solo político en esta ciudad, ni de los de ahora ni de los de antes, que no se haya llenado la boca hasta rebosar reconociendo la importancia que el comercio tiene en esta ciudad, y no sólo como actividad económica sino también como nervio central de los barrios y dinamizador social. Tampoco encontraremos uno solo que no se proclame defensor a ultranza del comercio de proximidad y que lamente la desaparición de tiendas históricas que forman parte del patrimonio de la ciudad… aunque, probablemente, como la mayoría de los barceloneses, como ustedes y como yo, efectúen buena parte de sus compras en las grandes franquicias y, cada vez más, a través de las plataformas digitales.

Muchas y muy buenas palabras y muy poca intervención práctica. Ese es el resumen de la relación entre el sector del comercio y el Ayuntamiento de Barcelona desde hace años, especialmente durante este mandato. La silla vacía con el nombre de Ada Colau en el acto organizado por las dos asociaciones que representan a 42 ejes comerciales de la ciudad es más elocuente que todos los discursos y promesas –algunas de ellas huecas o difíciles de materializar– que pudieron oírse ayer en el auditorio del Macba. En estos cuatro años, por no haber, no ha habido ni siquiera una interlocución clara, excepto en el breve periodo de gobierno bipartito, cuando los socialistas asumieron una responsabilidad que a los comunes parece incomodarles casi tanto como hablar de políticas de seguridad, que como las de movilidad también son determinantes en la marcha del comercio. En su reciente participación en los desayunos que culminaron en el debate de candidatos de ayer, la alcaldesa tuvo la percepción de jugar en campo contrario a pesar de que los comerciantes templaron gaitas con extremada prudencia. Ayer, con su ausencia injustificada –a mi juicio un error–, la alcaldesa dejó claro que mantener una relación fluida y cooperativa con los comerciantes no es, para su gobierno, una prioridad.




Fuente: LA Vanguardia

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