Muchos años después, delante de los periodistas, Elías Bendodo, hombre fuerte del nuevo tripartito andaluz, que es una alianza política tácita, no expresa, recordó aquel día lejano en el que su partido –el PP– ponía el grito en el quinto cielo porque el PSOE pagaba con dinero público las viviendas de los altos cargos de la Junta que seguían empadronados en sus provincias de origen, aunque vivieran todo el año en Sevilla.

Esta semana, en su primera comparecencia como portavoz del ejecutivo de Moreno Bonilla, le preguntaron si pensaba dejar de abonarlas: “En principio, no está previsto (tos). Pediremos moderación, pero esto debe mantenerse”. Alguien dijo que la política es comer (todos los días) un sapo distinto.

El gobierno de las derechas en el Sur lleva diecisiete en San Telmo y su ración anfibia incluye todas las calorías del menú básico: lo que antes era terrible, ahora es razonable, como que la presidenta del Parlamento, Marta Bosquet (Cs), use el apartamento privado que existe en las Cinco Llagas o vaya a pagarle a su jefe de gabinete más de lo que cobraba Susana Díaz.

El laboratorio andaluz, el único espejo real para valorar cómo actuaría una mayoría alternativa a la que invistió a Pedro Sánchez, acaba de empezar. Y la primera impresión del experimento es que la cohabitación entre PP y Cs, los dos partidos que comparten el poder, va a ser mucho más compleja que la alianza parlamentaria con Vox.

Los ultramontanos son vitales para legislar, pero las piezas de la cocina del gobierno, que es donde se mide la eficacia política, distan de estar encajando bien. PP y Cs lograron, gracias a Vox, desalojar al PSOE del poder, aunque el mismo día de la investidura se sentaban de nuevo a renegociar –en secreto– el acuerdo que unos días antes daban por cerrado. No existía un disenso con las grandes líneas programáticas, asunto en el que ambas fuerzas habían conseguido cerrar un programa bastante centrado, sino en la espinosa cuestión del reparto del mando. En concreto: en los segundos y terceros niveles de la nueva administración. La alineación inicial –el reparto de consejerías– no solventaba los equilibrios de poder. Tres semanas después, Moreno Bonilla todavía no ha sacado aprobado la estructura institucional de la Junta. El puesto de portavoz, asignado a Bendodo por descarte, ha sido objeto de discusión, al igual que el área encargada del distribuir la publicidad institucional –que el PP ambicionaba en exclusiva– va a tener que ser compartida (con derecho a veto mutuo) con Cs, que desde el principio evidenció que su acción política será consensuada pero no siempre coincidirá con la del PP.

La bicefalia es tal que mientras el PP ha sustituido a los asesores de confianza heredados por otros, Cs mantiene a dirigentes del PSOE ante la falta de banquillo, mientras algunos altos cargos del difunto susanato siguen publicando en el BOJA ascensos sin consultar al nuevo Ejecutivo. Las auditorías encargadas de la etapa anterior son selectivas y tardarán meses. Hasta la propaganda institucional sigue en manos de empleados designados a dedo por los socialistas, confirmados (temporalmente) por Cs y PP para mantener activo el perfil oficial de la Junta en internet y en las redes sociales. Quienes antes multiplicaban ad infinitum la imagen de Susana Díaz se están encargando ahora, sin que medie más que el asentimiento, de publicitar las hazañas virtuales de Moreno Bonilla. El cambio en Andalucía no ha pasado de los gestos escénicos. La realpolitk todavía gobierna el Sur.




Fuente: LA Vanguardia

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