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la psicodelia salta el muro del tiempo


«El viernes pasado, Pink Floyd, un nuevo grupo londinense, se embarcó en su primer “happening”, un pop que incorporaba efectos psicodélicos y una mezcla de medios, o lo que quiera que fuera aquello». La revista «International Times» publicaba la reseña el 20 de octubre de 1966. En Londres reinaba el pensamiento utópico, las autoexpresiones y el descubrimiento de nuevos estados mentales provocados por el LSD, por aquellos años sustancia legal. La música se estaba convirtiendo en el lenguaje universal de la juventud y, al mismo tiempo, en una industria en apogeo. Y con sus sonidos experimentales, letras idiosincráticas y efectos visuales, aquellos tipos empezaban a hacerse notar. Volvían locos al público y lo conseguían permaneciendo invisibles, primero difuminados en aquel juego de luces y sombras y años más tarde, ya convertidos en leyenda, tocando detrás de un gran muro de más de 8 metros de altura. En sus conciertos se escuchaban grabaciones de pájaros y un miembro de la banda cortaba troncos con sierra mientras otro, vestido de almirante, lanzaba narcisos a la audiencia.

El rock había cambiado para siempre. Se convertía en un «viaje teatral y multisensorial», una definición que describe ahora a la perfección la exposición que inaugura Victoria & Albert. El museo abre sus puertas este sábado a «The Pink Floyd Exhibition: Their Mortal Remains», una retrospectiva del icono cultural del siglo XX, que conmemora el 50 aniversario del debut de su primer álbum, «The Piper at the Gates of Dawn» (1967). En los últimos años, el museo ha ampliado su audiencia y sus horizontes con exposiciones dedicadas a Kylie Minogue o David Bowie. Ésta última rompió todos los récords, al conseguir más de un millón de espectadores. Pero los críticos están convencidos de que Pink Floyd llegará a cifras similares, si no las supera. No en vano, sus ventas sobrepasan los más de 300 millones de álbumes vendidos en todo el mundo.

El viaje, desde luego, no defrauda. Con los cascos que suministran antes de comenzar el recorrido –llevan última tecnología que activa las entrevistas conforme uno se acerca a cada espacio–, la música adquiere otra dimensión por los efectos visuales. Como la representación holográfica del prisma de la pirámide de «The Black Side of the Moon» que uno disfruta al adentrarse en un pasillo completamente oscuro. Sencillamente espectacular.

Fue precisamente con este trabajo, cuando Pink Floyd sufrió la gran transformación, pasando de grupo de culto a una de las bandas más importantes de la historia musical. El álbum, que trata sobre problemas cotidianos, como el dinero, la muerte, la violencia o la locura, se mantuvo en las listas musicales durante 17 años seguidos y vendió más de 45 millones de copias. Los más de 350 artículos que incluye la muestra –algunos de ellos inéditos– se presentan de manera cronológica, con la recreación sobredimensionada de la furgoneta Bedford, que los llevó de concierto en concierto a mediados de los 60, como punto de partida. El vehículo fue adquirido por 20 libras y tenía una franja blanca que Syd Barrett replicó en el boceto que pintó en una carta que envió a su novia. La misiva forma parte de la primera sala, junto con los diarios de los protagonistas contando sus inicios en el UFO club.

Un profesor hinchable

También está el libro de castigos y el bastón de la escuela de Secundaria de Cambridge donde Barrett, el guitarrista y vocalista original de Pink Floyd, y el bajo Roger Waters, fueron alumnos a finales de los años 50. Décadas más tarde, la escuela volvería a escena. En sus comienzos, se inspiraron para sus letras en clásicos de la literatura infantil. Precisamente el nombre de su primer álbum era el de un capítulo del libro «El viento en los sauces» (1908), de Kenneth Grahame. Más tarde, un profesor hinchable de más de 9 metros de altura apareció en medio de un concierto para hacer las delicias del público congregado para escuchar «The Wall», álbum de 1979. En las primeras salas tampoco podía faltar el blues y el particular homenaje a Pink Anderson y Floys Counal, cuyos nombres inspiraron a Barrett para bautizar a la banda, que en sus inicios se llamaba Tea Set.

Mientras que Barrett estudió Bellas Artes, Waters cursó Arquitectura junto con Nick Mason (batería) y Richard Wright (1943-2008) en la politécnica de Regent Street, faceta que ayuda a entender sus rompedoras puestas en escena. En los inicios, Barrett era la única verdadera estrella de rock de Floyd, el genio inconformista que los puso en su extraordinaria trayectoria, pero cuya contribución fue interrumpida por la psicosis, exacerbada por el consumo de drogas. Cuando el LSD comenzaba a dejarle unas cicatrices irrecuperables, el grupo decidió llamar a David Gilmour. Durante un breve periodo de tiempo, Pink Floyd fue de cinco miembros, pero Barrett acabó abandonando la banda en 1968. Llegó a sacar dos trabajos en solitario, pero nunca volvió a tener una carrera musical plena. Regresó a su Cambridge natal y se dedicó a la pintura.

En la exposición hay una sala entera dedicada a la obra maestra «Wish You Were Here», noveno álbum de estudio de la banda publicado en 1975, cuya temática explora la ausencia y los problemas mentales de Barrett. En un gabinete de vidrio se puede encontrar una pequeña polaroid de un tipo rechoncho, calvo, sin pretensiones, que se presentó por sorpresa en los estudios de Abbey Road, los mismos donde los Beatles confeccionaban su «Sgt. Pepper’s». Llegaron a pensar que se trataba de un mendigo. Pero era el propio Barrett quien quiso ir a ver a sus antiguos compañeros. Cuando finalmente le reconocieron se echaron a llorar. El que fuera líder de la banda falleció en 2006, víctima de un cáncer. Aparte de musicalmente, «Wish You Were Here» también pasó a la historia por el diseño de su portada, donde aparecen dos hombres de negocios dándose la mano, uno de ellos envuelto en llamas. Se necesitaron tres tomas y veinte minutos para conseguir la imagen, diseñada por la reputada compañía Hipgnosis.

La obsesión por el diseño iba en el ADN de Pink Floyd, de ahí que la muestra incluya también las «cabezas metálicas» de más de 6 metros de altura de la portada de «The Division Bell» (1994), la televisión inflable y el refrigerador utilizados en la gira «In The Flesh» de 1977, el «traje de bombilla» de «Delicate Sound Of Thunder»(1988) y un modelo en tamaño real del soldado británico que se muestra en «The Final Cut» (1983). Aunque lo que impresiona realmente son sus característicos (y gigantescos) hinchables. Entre ellos, como no podía ser de otra manera, Algie, el icónico cerdo volador, convertido hoy en su sello distintivo. Con sus 9 metros voló por primera vez el 2 de diciembre de 1976 sobre la Battersea Power Station para ilustrar la portada de «Animals». Todo estaba listo, incluso la banda contrató a un tirador para dispararle por si se escapaba. Pero sin importar las previsiones, y debido a las condiciones climáticas, el globo se soltó y ascendió por el cielo londinense, justo por la ruta de los aviones que volaban al aeropuerto Heathrow, provocando el retraso de muchos vuelos. Algie fue recuperado por la banda tres días después en Kent, cuando un granjero enfadado porque el inflable asustó a algunas de sus vacas se los entregó y entonces se pudo continuar con la sesión de fotos.




Fuente: La razon

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