La vida es injusta, y hay veces que ni aunque te llames Montserrat y te lo merezcas más que nadie se te aparece la Virgen, ni esa ni ninguna otra. Es lo que le ha pasado a la pequeña isla caribeña, históricamente con una de las peores selecciones de fútbol del mundo. Sólo necesitaba que Nicaragua no ganase a Barbados para clasificarse por primera vez en su historia para la Copa de Oro de la Concacaf, pero los centroamericanos se impusieron por 1-0 y el sueño se fue al garete.

Cuando el 30 de junio del 2002 Alemania y Brasil disputaban en Yokohama la final del campeonato del mundo, Montserrat perdía por 4-0 frente a Bhutan la final del otro mundial, el que enfrenta, casi con recochineo, a las dos selecciones que ocupan los últimos lugares en el ranking de la FIFA. Los montserratenses dejaron claro que, a la hora de pegar patadas al balón, no había nadie en todo el planeta que se diera peor maña que ellos (lo suyo es el cricket).






La columna vertebral de la selección son jugadores de las ligas inferiores inglesas con antepasados de la isla

Pero de entonces a ahora han mejorado enormemente, gracias al entrenador Willie Donachie, alias el pequeño Buda, un exin­ternacional escocés que ha di­rigido al Milwall y a los suplentes del Newcastle, y a un puñado de jugadores de las categorías inferiores del fútbol de Inglaterra, media docena de ellos, amigos ­entre sí, cuyos padres o abuelos proceden de la isla del Caribe.

Montserrat no se pone muy puñetero a la hora de buscar jugadores para su selección, ni siquiera pide papeles, un poco como cuando en pleno boom inmobiliario los bancos y cajas de la Costa del Sol o la Costa Blanca proporcionaban la documentación necesaria para solicitar un crédito, y de paso te remitían al concesionario de coches de Denia o de Fuengirola para que te financiara un Renault, y el funcionario tenía un pariente en Ikea que se encargaría gustoso de amueblar tu apartamento… En este caso basta con decir que algún pariente por remoto que sea nació en la isla y listo, te dan la camiseta.

Es lógico, si se piensa un poco, porque Montserrat sólo tiene cinco mil habitantes, empezó a jugar al fútbol a nivel competitivo internacional en 1991, con una trabajada victoria por 3 a 2 sobre los vecinos de Antigua y Barbuda (un espejismo, porque en seguida vino una derrota global 20-0 en dos partidos frente a San Vicente y las Granadinas, que tampoco es que sean Francia…). Pero al cabo de sólo cuatro años, cuando estaba como empezando a andar, se le ocurrió entrar en erupción al volcán Soufrière Hills, lo cual provocó el éxodo de dos terceras partes de la población (un tercio de la isla sigue siendo zona de exclusión).





Lo que fue un desastre nacional fue con el tiempo una bendición para la selección de fútbol, porque todos esos montserratenses se fueron al exilio a Inglaterra (de la que el país es protectorado o territorio de ultramar), y sus hijos ahora son los internacionales que han dado dignidad al equipo, elevándolo al lugar 200 en el ranking de la FIFA (de un total de 211), han hecho posibles victorias contra las Islas Caimán, las Islas Vírgenes y otros rivales regionales, y permitido soñar hasta el último momento con participar en la fase final de la Copa de Oro que se disputará en los Estados Unidos.

Igual que a veces uno va al cine por el boca a oreja, porque alguien te recomienda una película, lo mismo ocurre con hacerse internacional por Montserrat. La columna vertebral de la selección son seis amigos y conocidos del barrio londinense de Islington (donde vivía Tony Blair y que representa Jeremy Corbyn en el parlamento), acostumbrados a jugar en campos de tierra y de cemento. Bradley Woods-Garness, del Bedford Town, se apuntó a la selección porque su abuela es de la isla, le gustó la experiencia y se puso a buscar colegas con antecedentes familiares como los suyos. Fue el caso de Dean Mason, del Concord Rangers, Sol Rangers (Northwood), Adrian Clifton y James Conley (Maidenhead, la circunscripción de Theresa May en la Cámara de los Comunes), y Brandon Conley, del Colchester United (de la tercera división inglesa). En el primer partido que jugaron, casi derrotan a Curaçao, potencia regional gracias a la cantidad de holandeses que hay en sus filas. Cosas del colonialismo.





Montserrat sólo había jugado 34 partidos e iba en progresión ascendente cuando el volcán hizo erupción en el 95. La selección se pasó tres años y medio sin jugar, mientras el país se recuperaba de la catástrofe. Ahora tiene un nuevo estadio (el Blakes Estate, con capacidad para mil espectadores, una quinta parte de la población), un entrenador escocés y los amigos ingleses. De aquí al cielo. ¡Qué Brasil y Alemania se anden con mucho cuidado!








Fuente: LA Vanguardia

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