La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) cumple 70 años. Aunque no todos los expertos están de acuerdo en el signo del balance que debe hacerse tras estas siete décadas, muchos la consideran “la organización militar que ganó la guerra fría”, como asegura el profesor de Derecho Internacional de la Universidad de La Laguna, Luis Vicente Pérez Gil, experto en teoría del conflicto y guerra nuclear.

El llamado tratado de Washington o del Atlántico Norte, que fue el nacimiento de la alianza transatlántica, se firmó en 1947. Como se ve, la guerra fría, la que enfrentaba el bloque occidental con los países en la órbita de la Unión Soviética, se inauguró prácticamente desde el mismo momento en que acabó la Segunda Guerra Mundial. Aunque dicho tratado era visto también como un mecanismo útil para mantener a raya a la Alemania de postguerra, enseguida el viejo continente se convirtió en uno de los escenarios –probablemente el más crítico- del choque de los dos bloques; de las dos concepciones del mundo. Las estrategias de permanente disuasión y, muy especialmente la carrera armamentística, “dejan exhausto al bloque soviético”, explica Nicolás de Pedro, analista sénior del think tank Institute for Statcraft, especializado en temas de seguridad y defensa con sede en Londres. “Yo creo que el comunismo perdió legitimidad entre la población y la clase dirigente y se impusieron los Beatles y la Coca Cola”, añade.





Soldados polacos, la semana pasada, durante un ejerecicio de la OTAN junto a otras fuerzas multinacionales
(Czarek Sokolowski / AP)

Durante todo ese periodo, Estados Unidos mantuvo (hoy en día también) bases estratégicas en varios países europeos aliados como Alemania o Italia o la propia España que, cuando se instalaron dichos complejos militares en 1956, bajo la dictadura del general Franco, no había ingresado en la alianza. El gobierno de Felipe González firmaría el ingreso en la OTAN, ya en democracia, en 1986. El coste de mantenimiento de esas instalaciones y de las decenas de miles de tropas desplazadas es uno de los aspectos que, precisamente, Trump quiere someter a revisión. Habla de que los países anfitriones deben sufragar parte de esos gastos. “Corea del Sur ya está contribuyendo y pagando la presencia militar norteamericana en ese país”, confirma el profesor Pérez Gil.


La política de bloques deja exhausto al bando comunista por la carrera armamentística

Cuando cae el muro de Berlín y la Unión Soviética se descompone, se abre en occidente un periodo que algunos califican como de luna de miel. Occidente se queda sin enemigo claro. Son los felices 90. Durante el gobierno de Boris Yeltsin, se oyen voces en Rusia que abogan incluso por la entrada de ese país en la OTAN. “Mientras que los aliados vivían con regocijo ese periodo, en Rusia la década de los 90 fue muy traumática. Se pasa de la certidumbre del estado comunista a una situación de incertidumbre y violencia con fenómenos como la extensión del crimen organizado”, relata De Pedro.





“Hacia el final del periodo Yeltsin y con la entrada en escena de Vladimir Putin se acaba la luna de miel”, sentencia Pérez Gil. La intervención de la alianza atlántica en el conflicto de Kosovo con los bombardeos sobre territorio serbio sella esa ruptura. “La OTAN se convierte en el enemigo número uno para Rusia”, sentencia este experto en teoría del conflicto.

“El Kremlin no acepta que se pueda bombardear a uno de sus aliados (Serbia) sin que ni siquiera hablar con ellos primero”, añade De Pedro.

Aunque las relaciones entre ambas partes atraviesan fases en las que parece que se van reconstruir puentes, la guerra de Irak lo trunca. Tras los atentados de la torres gemelas de Nueva York, Putin ofrece su información sobre los taliban y permisos de sobrevuelo de su territorio.

Sin embargo, la guerra para derrocar a Sadam Husein, que el Kremlin asimila como una demostración de que Estados Unidos está dispuesto a actuar cuándo y dónde quiera, y la revolución naranja en Ucrania, sirven a los rusos de pretexto para desconfiar de la alianza. “Putin se impregna de espíritu revanchista: occidente ahora se va a enterar”, afirma el analista del Institute for Statecraft.

Un soldado polaco, realizando unos ejercicios de tiro en combate, la semana pasada cerca de Varsovia
Un soldado polaco, realizando unos ejercicios de tiro en combate, la semana pasada cerca de Varsovia
(Czarek Sokolowski / AP)






A partir del 11-S, la OTAN empieza a verse más como una fuerza expedicionaria que actúa fuera de su demarcación natural (out of area, como dice la academia anglosajona) que como una alianza de autodefensa. Empiezan a oírse voces fuera de su estructura que se preguntan: ¿la OTAN para qué? El debate se zanja de forma abrupta por la anexión rusa de Crimea. “Este suceso devuelve a la organización su sentido original. Ya no habrá dudas sobre el sentido de la institución”, remata De Pedro. Un ejemplo del gran impacto que tiene la anexión de esa península a Rusia es la petición de las repúblicas bálticas a la OTAN para que se desplieguen cuanto antes tropas de refuerzo en esos países, refuerzos que se mantienen a día de hoy.


Trump quiere que los aliados paguen más por la seguridad y les pide que se fijen en China

“Y en estas llega Donald Trump y su visión empresarial de la defensa. Llega con una idea muy clara: reducir el coste militar. Y se fija en Alemania, que es el siguiente país con más capacidad en el bloque europeo. La armada alemana, por ejemplo, no tiene arma submarina operativa actualmente. Trump dice: ‘o los aliados pagan o me voy’. Pero en realidad no lo hará”, expone el profesor Pérez Gil.





Trump empuja a sus aliados a que eleven su inversión en defensa hasta el 2% del PIB tal y como acordaron los aliados, pero que pocos países cumplen. El inquilino de la casa Blanca quiere más cosas todavía. Quiere que la OTAN ponga sus ojos en China por la inquietud que genera, entre otras cosas, su paulatino rearme y su control de la tecnología 5G. “Con respecto a China, la alianza está totalmente en pañales. Por ejemplo, hay muy poca gente que hable el idioma”, explica Nicolás de Pedro.

“La organización seguirá. El bloque occidental llegará a un consenso que no dejará contento a nadie, pero irá hacia adelante. Es una alianza de seguridad global que ha intervenido donde la ONU no quiso o no pudo llegar”, vaticina el profesor Pérez Gil.








Fuente: LA Vanguardia

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