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La mujer (casi) invisible, por Francesc-Marc Álvaro

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Los zapatos que calza son amarillos, un color que desconcierta y despista, si tenemos en cuenta la simbología que rodea el conflicto que ha desembocado en este juicio en el Tribunal Supremo. Zapatos amarillos de tacón, que le obligan a unos andares inseguros y vacilantes –cuidado con el escalón– cuando entra en la sala de vistas, acompañada de Pilar, la funcionaria que asiste a los comparecientes. Pero este amarillo, aquí, no es más que un color. Tal vez un pequeño gesto irónico, una broma invo-luntaria, una casualidad que semeja un desafío semiótico para iniciados.

Montserrat del Toro, secretaria judicial del juzgado 13 de Barcelona, de mediana edad, no es una mujer alta y su actitud postural la hace todavía más menuda: avanza hasta la pequeña mesa con la cabeza gacha, mirando al suelo, y es para que no podamos ver su rostro con facilidad; el juez Manuel Marchena ha ordenado restricciones en la difusión televisiva de la imagen de esta testigo, a petición de la interesada, algo que hace saltar a las defensas cuando escuchan que un fiscal comenta que la medida se comprende dado que ella “vive en Catalunya”. Un pie de nota subliminal que ahí queda. Con los retales subliminales de este juicio, habría para un documental de varias horas. El juez Marchena recuerda al público que no use los móviles y menos para fotografiar a quien debe lamentar que hoy sea Miércoles de Ceniza y no Martes de Carnaval. En tiempos de máscaras incesantes, lo más difícil es conseguir una que nos oculte de veras. La compareciente no tuvo en cuenta el efecto Streisand, que consiste en la amplificación de lo que se quiere esconder.

Montserrat del Toro declaró ayer en el juicio por el 1-O y, a petición suya, el juez ordenó restringir la difusión de su imagen
(oriol malet)

Elegancia de una presencia que es ausencia icónica. Un vestido rojo y una chaquetilla blanca tipo tapete dan el contrapunto a los zapatos amarillos de la mujer (casi) invisible, la que los espectadores televisivos de la vista deberán imaginarse, como si fuera el personaje misterioso de una novela de aventuras de Enid Blyton. Luce melena castaño-oscura, que le ayuda a mantener a buen resguardo un rostro cuidado, y parece frágil hasta que empieza a hablar. Firmeza de quien sabe perfectamente lo que va a decir. Responde con seguridad y precisión, y maneja con naturalidad y soltura la jerga jurídica propia de este plató televisivo que la multiplica sin mostrarla. Varias veces se hace evidente que estamos ante un testigo cualificado que forma parte del gremio que arbitra el conflicto. Del Toro cuenta lo que ocurrió (y le ocurrió), el 20 de septiembre del 2017, cuando dirigía la comitiva judicial que –con varios efectivos de la Guardia Civil– llevó a cabo los registros de cuatro despachos en la Conselleria d’Economia. Ese día y frente a ese departamento del Govern, hubo una concentración multitudinaria de protesta que duró muchas horas, unos hechos a partir de los cuales se ordenó el encarcelamiento de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, máximos dirigentes de Òmnium Cutural y de la ANC.

Hay testigos, testigos especiales y testigos clave. La secretaria judicial Del Toro es del tercer tipo, porque su relato es imprescindible para fundamentar la idea de violencia que el juez instructor y las acusaciones relacionan con lo sucedido ese momento, que fue prólogo del referéndum unilateral del 1 de octubre. Ayer por la mañana, en medio de los vapores tristes de algunos por la derrota del Real Madrid, escuchamos con detalle la narración de esta mujer, que es, esencialmente, tres libros en uno: un cuento de terror urbano, una lección sobre el punto de vista y una reflexión sobre la empatía. Si algo quería subrayar la testigo ante el tribunal es que, aquel día, lo pasó mal, una experiencia que –añadió– llegó a quebrar su salud. La acusación puso ayer a su víctima –con el agravante de tratarse de una servidora del poder judicial– en el centro de la pista.

La síntesis de Del Toro tiene forma de titular: “Estrés, ansiedad y, al final, miedo”. ¿Cómo medir objetivamente el temor que produce un escenario determinado? Fuera, en la calle, ese día el ambiente era de protesta pacífica, festivo incluso, pero la secretaria judicial insiste en que todo lo que vio y oyó (“palabras sueltas”) la inquietó de modo creciente y, una vez finalizados los registros, consideró que era imposible salir del edificio por la puerta principal. “Tenía miedo”, repite. Pidió incluso un helicóptero. Rechazó tres propuestas para abandonar el lugar porque, según su percepción, todas ponían en riesgo su persona, a pesar de que iría acompañada de agentes de los Mossos d’Esquadra. El miedo, como la política, se basa en percepciones. Respetables todas ellas. Exageradas tal vez, intransferibles siempre. Conocemos el punto de vista de los manifestantes y debemos conocer el punto de vista de la secretaria judicial. El pasillo de voluntarios por el que tenía que pasar no le pareció una opción aceptable. Lo que desde fuera tenía un aire inofensivo y amable pudo semejar hostil y amenazador desde dentro. Puntos de vista. Percepciones. El punto de vista de la secretaria judicial no está exento de zonas de sombra: creyó escuchar la voz de Carme Forcadell hablando al público, creyó ver que un manifestante escupía a un guardia civil, creyó oír un ruido muy fuerte “como un tumulto”. Lo tumultuario aparece más veces en sus respuestas, cuando refiere que “el tumulto de gente había vuelto a cerrar el pasillo” o cuando asegura que le llegaba desde la calle “el ruido típico de un tumulto”. El léxico y las casualidades. Tras aquella manifestación, supimos que el delito de sedición exige que se produzca un “alzamiento público y tumultuario”. La primera y principal de todas las batallas es por el control del lenguaje, dentro y fuera del Supremo. A primera hora, con el teniente coronel Pérez de los Cobos, hubo un conato de congreso filológico a propósito de los términos “carga policial” y “manifestación, que Marchena cortó en seco.

“No hay salida”, comunicó la letrada de la administración de Justicia al magistrado instructor cuando pudo hablar con él por teléfono. “Me tienes que sacar de aquí”. El magistrado localizó al mayor Trapero –malo oficial para las acusaciones–, que resolvió el problema, como era su deber. Al final, acompañada por mossos de paisano, Montserrat del Toro salió a través del teatro contiguo, tras acceder a una azotea, saltar un muro pequeño –“murete”, dijo– y esperar un rato en los camerinos. Aquella noche de supuesto terror en las calles la gente acudió con normalidad a la función que se representaba en el teatro Coliseum.




Fuente: LA Vanguardia

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