Quienes la vivieron lo repiten hasta la saciedad: la Movida, ese capítulo altamente mitificado, pero mal conocido y peor documentado, no fue un movimiento artístico ni tampoco político. No hubo dogmas teóricos a respetar ni se distribuyeron octavillas programáticas. Y, sin embargo, sus efectos en la cultura visual fueron rotundos y duraderos. Tanto como el cambio provocado a nivel social, que logró dinamitar la herencia del franquismo y la ética del sacrificio impuesta por la religión. De ambas cosas dejan constancia las 150 imágenes de La Movida. Crónica de una agitación 1978-1988, la gran exposición inaugurada en los Encuentros de Arlés, festival de referencia en Europa, que destaca la obra de cuatro fotógrafos vinculados al movimiento: Alberto García-Alix, Ouka Leele, Pablo Pérez-Minguez y Miguel Trillo.

Los intentos previos de encerrar a la Movida en un museo, más bien escasos, han demostrado que se trata de un ente difícil de domesticar. La muestra de Arlés prefiere acercase al fenómeno “desde un punto de vista estrictamente fotográfico”, como señalan sus comisarios, Pepe Font de Mora e Irene de Mendoza, de la fundación barcelonesa FotoColectania, que acogerá la muestra a partir del 18 de octubre, cuando termine su paso por el festival francés. “Esos fotógrafos no creyeron que su obra pudiera tener trascendencia. Reflejaron lo que formaba parte de su día a día. En ese sentido no trabajan como cronistas, o lo son de manera inconsciente”, añaden los comisarios. Actúan de narradores de cuatro mundos distintos, que se rozan pero no siempre se solapan, ubicados en una ciudad mutante y noctámbula que despierta tras cuatro décadas de letargo.

Paseando por la muestra, García-Alix pasa revista a un puñado de copias de época que parecen el reverso de la medalla de ese mundo de supuestos gozos perpetuos. Las protagoniza una generación diezmada por la droga y el sida. “Aun así, quiero que el espectador se marche con una sensación de vitalismo. No dejan de ser las fotos de un hombre de 24 años, lleno de vida y de hedonismo”, afirma el fotógrafo. García-Alix considera que el movimiento sigue molestando. “Los que no vivieron la Movida la odian, yo creo que por envidia. Y los que la vivieron saben que ya no volverá”, afirma. No echa en falta un mayor reconocimiento. “Yo huyo de lo institucional”, se justifica. Pero sí opina que aquel terremoto no ha sido suficientemente estudiado ni entendido: “Tal vez nosotros mismos no hayamos sabido potenciarla o venderla. Se han dicho muchas tonterías sobre la Movida. Se ha intentado convertir en una cuestión política, diciendo que fue programada por el PSOE, cuando yo nunca les vi la cara”.

Dos salas más allá, dentro del palacete provenzal que ocupa la exposición, Ouka Leele reacciona ante la posibilidad de crear un museo dedicado a la Movida, como propuso la vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, durante la campaña de las municipales. “Que los políticos no nos utilicen. Nosotros rompimos con las dos Españas. Éramos hijos de padres marcados por la guerra y queríamos vivir en otro mundo. Creímos que el ser humano era algo más que dos formas opuestas de ver la vida”, relata Leele, que no entiende las críticas que hoy despierta la cultura de la transición, “aunque me caigan bien los de Podemos”. Para la fotógrafa, crear un museo puede ser buena idea, pero solo si se respetan ciertas directrices. “Hay que entender la Movida como un movimiento artístico y no como algo frívolo o festivo”, añade junto a su mítica serie Peluquería, que preside el retrato de la fotógrafa Maria Espeus envuelta de limones, que el festival ha escogido como cartel.

Eduardo Haro Ibars y Lirio, retratados en 1980. Alberto García Alix

La imagen fue tomada en Barcelona, donde Leele vivió entre 1978 y 1982. En ese sentido, el hipercentralismo de la Movida es otro mito que le gustaría derribar. “Casi todas las fotografías de la muestra son del periodo barcelonés”, dice. “La historia profunda es muy distinta a la leyenda que suele repetir la gente. Yo regresé a Madrid para tratarme un linfoma. En plena Movida, iba calva y agotada a Rock-Ola”, relata la fotógrafa. Recuerda también que Poch, líder del grupo Derribos Arias, murió de una enfermedad degenerativa, y que Kike Sierra, de Radio Futura, solía someterse a diálisis “cada tres días” para tratarse de una dolencia renal. “Tampoco es cierto que todos fuéramos niños bien. A veces, teníamos que elegir entre comprar comida y papel para revelar”, añade la fotógrafa.

El que mejor recuerda esa época es Miguel Trillo, pese a su aspecto de sabio despistado. “Tal vez porque era el que menos drogas tomaba”, bromea el fotógrafo, que documentó ampliamente la escena musical y las tribus urbanas. En la exposición en Arlés, Trillo ha reproducido su mítica muestra pirata en la Sala Amadís en 1983, donde colgó fotocopias en color de sus imágenes de las paredes. “Era arte povera, pero sin el discurso teórico”, ironiza. Sus imágenes recuerdan a la juventud dorada que frecuentaba los conciertos de Parálisis Permanente o los Pegamoides. “Antes de que se aprobase la Constitución hubiese sido imposible hacer esas fotos. La gente hubiera creído que yo era policía”, dice junto a sus modelos, orgullosos de posar ante la cámara.

Trillo dice que España tiene mucho trabajo pendiente en la relectura de una época que determinó el imaginario colectivo del periodo democrático. “La Movida es algo más que Almodóvar vestido de torero, pero sigue habiendo cierta resistencia a reconocer su importancia. Falta análisis y reivindicación. No es casualidad que la primera exposición que lo aporta tenga lugar en Francia”, denuncia el fotógrafo. “Para mucha gente, de derechas como de izquierdas, esto sigue sin adecuarse a su definición de cultura. Las fotografías de Cristina García Rodero sobre las tradiciones populares, por ejemplo, tienen un estatus distinto”. Trillo lo atribuye a la imagen negativa que, de un tiempo a esta parte, ha adquirido la cultura de la transición. “Yo estoy en contra de ese mensaje, lanzado por ciertos partidos políticos. Ya nos gustaría tener hoy la misma libertad que tuvimos entonces”, zanja. A su lado, sus crestudos protagonistas parecen darle la razón.




Fuente: El país

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