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El sector textil vive uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. El gasto de las familias en vestido y calzado está a años luz del nivel previo a la crisis. Aunque la economía y el mercado laboral han recuperado gran parte del terreno perdido, los españoles parecen haber dado la espalda a la moda en favor del ocio y otros gastos. Un cambio en los hábitos de consumo, la demografía o la falta de adaptación del sector textil a los nuevos tiempos están poniendo contra las cuerdas al mundo de la moda.

Las rebajas, a pesar de las agresivas ofertas, no están cumpliendo con las expectativas, algo que ya sospechaban desde la Confederación Española de Comercio. La típica imagen de cientos de clientes luchando por entrar delante en El Corte Inglés el primer día de rebajas parece haber quedado para la historia. Ahora, los consumidores tienen otras preferencias u optan por otras formas de consumo que no están compensando vía ingresos las ventas tradicionales en tienda.

Neus Soler, profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC y experta en marketing, en declaraciones a elEconomista aporta algunas claves: «Los hábitos del consumidor ahora son más sociales y se centran más en el ocio. Las familias prefieren destinar el presupuesto a pasarlo bien. Se gasta en hoteles y restaurantes, por ejemplo, y en electrónica (móviles, tablets, Nintendo, Play Station), y se deja el vestir en segundo plano».

La moda no está de moda

En 2006 y 2007, cada familia gastaba más de 2.000 euros al año en ropa y calzado, casi el 7% del presupuesto familiar. Hoy, el gasto ha caído a 1.500 euros y represan el 5,2% del presupuesto de cada familia. Fuentes del sector textil reconocen que la situación es compleja: «Es una tendencia que viene de lejos, pero que se ha intensificado durante y tras la crisis. El público general prefiere gastar el dinero en otras cosas. La moda ya no está de moda, el precio relativo de la ropa ha bajado mucho y los consumidores pueden comprar varias prendas con poco dinero y aguantar todo el año».

En esto último también incide Soler, que ve como «la competencia, la caída de precios y la gran oferta low cost, que se encuentra en los hipermercados y en las cadenas (Primark, Zara, H&M…), permite vestir de moda por poco dinero. En consecuencia, se gasta menos en ropa porque los artículos son más baratos».

Soler asegura que ahora se dedica más dinero «a la alimentación, por un lado, puesto que la sociedad es más consciente de que es importante cuidarse, y el fin de la crisis permite comprar de nuevo las marcas del fabricante y productos de mayor calidad, y a la cultura y el ocio (viajes y restauración), por el otro, por el placer personal que se obtiene con estas actividades».

España es un país cada vez más envejecido y las persona de avanzada edad suelen preocuparse menos por la ropa

El cambio demográfico también está relacionado con los cambios de consumo. Las personas mayores cuidan más su alimentación y dejan la moda en un segundo o tercer plano. Para las personas de avanzada edad, comprar ropa es más un incordio que una forma de diversión, aseguran fuentes de la industria textil.

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«A medida que envejeces, la moda pierde importancia. Sólo acudes a las tiendas cuando es necesario renovar el vestuario, además vas un día de compras y buscas el mayor número de prendas por el menor precio posible, lo que se llama fondo de armario», reconoce esta persona que prefiere mantenerse en el anonimato.

La venta por internet no compensa

Por otro lado, el cambio en los hábitos de consumo también está lastrando las ventas de ropa. Comprar por internet es cómodo, pero los clientes no gastan lo mismo. Sin ver la prenda físicamente, ni tocarla o tener la opción de probarla, los impulsos de compra pierden fuerza.

La profesora de la Universitat Oberta de Catalunya también cree que las ventas online no están compensando la falta de afluencia a las tiendas, además, «aunque las ventas por internet aumenten, y que en conjunto incluso se puedan vender más unidades de producto, el beneficio decrece porque el precio en muy barato. Por lo tanto, aumenta el volumen de facturación, pero mengua el beneficio (se vende más pero se ingresa menos)».

Problemas por el lado de la oferta

Por otro lado, el sector también sufre la fuerte competencia, algo que beneficia al consumidor (paga menores precios por productos decentes), pero que reduce al mínimo los márgenes de las empresas de moda y sus beneficios. Antes de la revolución digital ya había muchas marcas diferentes compitiendo, pero ahora casi cualquier persona puede entrar en el negocio haciendo camisas u otras prendas para venderlas por internet.

«A raíz de la crisis las tiendas se han visto obligadas a mantener una situación de rebajas constantes para atraer al público, lo cual merma su margen comercial significativamente», aclara Soler.

«Por otro lado, además, las tiendas no han desarrollado ningún elemento que le genere al cliente una experiencia de compra atractiva o sorprendente, motivando así la compra en tienda física, ni han potenciado tampoco aspectos que el consumidor pueda valorar frente a la compra online (como, en muchas ocasiones, un servicio de atención profesional, personalizado y cercano, por ejemplo).

Además, Soler cree la complacencia no ha hecho ningún bien a un sector que podría haber hecho poco para reinventarse: «Tendría que aplicar un cambio radical en las tendencias y el diseño del producto. El sector no ha evolucionado. Lleva mucho tiempo sin aportar algún aspecto diferencial».

Las redes sociales son el reflejo del cambio de la sociedad. Los paisajes, la gastronomía, un partido de fútbol o un musical son los elementos que protagonizan esta forma de ‘exhibicionismo’. «La gente plasma su estilo de vida (en las redes), y se puede comprobar que se reflejan principalmente momentos de ocio (viajes y encuentros familiares o con amigos). Lo cual demuestra que son estas actividades las que actualmente considera importantes la gente, y no la moda. Las redes sociales, más que ser la causa del cambio de preferencias, lo que hacen es reflejar las nuevas tendencias» , concluye la experta de la UOC.

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Fuente: LA Vanguardia