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La mejor tradición rusa


Obras de Brahms, Chaikovski, Rimsky-Korsakov. Violín: Sergei Dogadin. Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Director: Yuri Temirkanov. Auditorio Nacional. Madrid, 5 y 6-XI-2017.

Mucho ha llovido desde que en 1971 se presentase en Madrid la Orquesta de Leningrado. A partir de entonces se convirtió en un mito y un mito muy querido para la afición española. Sobre todo después de los inolvidables conciertos en el Real de 1982 y 1986 bajo su titular, el añorado Mravinski. Un año después de la desaparición de Mravinski en 1989, volvió con Yuri Temirkanov, su entonces recién nombrado nuevo titular y con quien nos ha visitado desde entonces. Entre tanto ha habido otros dos cambios, uno sin importancia como es la vuelta a la denominación original de Orquesta de San Petersburgo y otro algo más sustancial, la desmembración de Rusia y el traslado a occidente de buena parte de sus mejores y peores músicos. La Orquesta de San Petersburgo perdió parte de una calidad que ahora parece recuperada. Destaca un sonido compacto y bello, homogéneo en todas sus secciones, así como un poder sonoro potentísimo sin acritud alguna y, también, su capacidad para transmitir el espíritu más melancólico, dolorido y resignado del pueblo ruso, pero sin concesiones al sentimentalismo. Yuri Temirkanov es un director de conceptos personales y versiones que unos pueden llamar brillantes y otros tildar de arrebatadas o incluso alguno podría calificarlas de crispadas. Disfruta con la brillantez e impregna de nervio a sus lecturas, siempre con fidelidad a las partituras. Todo ello quedó expuesto en las cinco obras que tocaron director y orquesta. Lo más flojo fue, abriendo la primera cita, el «Concierto para violín» de Brahms, en cuyo primer tiempo no parecieron acabar de encontrase director y solista, a quien faltaba sonido a raudales y sobraba un punto de afectación. La suite de «La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh» empezó potentísima la segunda cita, en una exhibición de lo que es la orquesta, reafirmándose en el final pletórico de «Francesca de Rimini». Temirkanov posee dos espléndidas grabaciones de «Sherezade», con la propia San Petersburgo y con New York, y ha sido siempre uno de los caballos de batalla. El dominio en los crescendos, en la creación de climax, en el colorido y el sentido del ritmo marcaron una lectura dentro de la más pura tradición. Con todo, lo mejor fue la versión de la «Cuarta» de Chaikovski. El poder de trompetas y trompas con el poderoso tema del destino inicial, contrastando inmediatamente con la melancolía del oboe en el segundo movimiento y Temirkanov recreándose en su tristeza, los pizzicatos precisos de la cuerda en el imaginativo tercer tiempo, para concluir de nuevo con el canto del destino de forma apoteósica… ¡Cómo no iban a estallar los aplausos!




Fuente: La razon

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