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En el kilómetro cero del Brexit, el Reino Unido dijo que se iba de ­Europa, tomó a la UE por tonta y pidió el oro y el moro. En el plan de A de Theresa May –¡qué remedio!–, Londres tuvo que hacer importantes concesiones. El Parlamento lo rechazó, y el plan B fue un hermano siamés del plan A. Ahora el plan C consiste en destruir lo pactado en casi dos años de negociaciones con Bruselas, reabrir el acuerdo de Retirada, y pedir esta vez el sol, la luna y las estrellas. El GPS ha llevado al vehículo, dando un larguísimo rodeo, otra vez al kilómetro cero.





En realidad no exactamente al punto de partida, pero sí a la misma comarca y a un mirador con vistas similares. El llamado “compromiso de Malthouse” (parece el título de un thriller) entre el sector brexiter y una parte del sector remainer del Partido Conservador, con el apoyo del DUP norirlandés, consiste en aplazar el periodo de transición hasta el 2021, quitar del Acuerdo suscrito la llamada “salvaguarda irlandesa” (permanencia de Gran Bretaña en la unión aduanera hasta que haya un pacto comercial) y ­sustituir los controles fronterizos entre el Ulster y la República por “nuevas tecnologías y sistemas digitales para identificar matrículas”.


Los Comunes deciden eliminar el seguro para que no haya frontera dura en el Ulster

La principal variación en las nuevas instrucciones al GPS británico del Brexit es que –en el supuesto de que la UE no acepte la razonable pretensión de darlo todo a cambio de casi nada (básicamente el cheque de divorcio de 44.000 millones de euros y el reconocimiento del estatus de los residentes europeos en el país)– habría un plan D, que consistiría en una salida desordenada pero no del todo (como el cuarto de un adolescente cuando se entera de que en cinco minutos va a haber una inspección y si no la pasa se quedará sin el móvil), en la que Bruselas honraría el periodo de tran­sición pactado, le añadiría un año (hasta el 2021), se negociarían una serie de acuerdos sectoriales (aviación, seguridad, productos farmacéuticos…) para parar el golpe, y dentro de tres años Londres empezaría a funcionar de acuerdo a las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), o ambas partes habrían llegado a un pacto definitivo. La razón de los brexiters está clara, siempre ha sido su sueño. Lo más curioso es cómo algunos remainers se han dejado engatusar y están dispuestos a llegar tan lejos para evitar el no deal.





Theresa May prefirió abrir ayer el debate en los Comunes sobre una serie de enmiendas a su derrotado acuerdo con Bruselas (plan A y plan B del Brexit) en vez de cerrarlo, a fin de disponer durante media hora del micrófono y no sólo diez minutos. Para entonces el “compromiso de Malthouse” era ya un best seller, y anunció que va a “reabrir el acuerdo de Retirada a fin de eliminar la salvaguarda irlandesa”, indiferente a que Bruselas le diga que naranjas de la China. En las horas siguientes, mientras los diputados debatían a veces con humor y a veces con malos modales, ella se dedicó a llamar por teléfono al presidente de la Comisión Europa, Jean-Claude Juncker, y a varios líderes para explicarles sus intenciones y sondear apoyos. La posición británica siempre ha sido la de divide y vencerás, y ahora, ante el peligro creciente de una salida desordenada, ve una rendija en la que meter su cuña. Siempre ha pensado que lo único que en realidad les importa a los 27 es cobrar los 44.000 millones. Conceptos como la integridad del mercado único o la indivisibilidad de las cuatro libertades de movimiento (trabajo, bienes, capital y ser­vicios) resultan incomprensibles para muchos en Westminster.

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De todas las enmiendas para suavizar el Brexit, sólo sobrevivió una que no es vinculante

El vehículo ideal para llegar al “compromiso de Malthouse” (plan C, vuelta al kilómetro cero) y enviar un “rotundo mensaje de unidad a Bruselas” era una enmienda presentada por el veterano diputado tory Graham Brady, con el apoyo de May, el DUP y los halcones del Brexit, aceptando el acuerdo de Reti­rada si se le quitaba la salvaguarda irlandesa y se contemplaban nuevas tecnologías para resolver el problema de la frontera dura (algo que Londres pidió al principio, y Bruselas le respondió que desgraciadamente no existen). La inicia­tiva salió adelante con una mayoría de 16 votos, abriendo las puertas a unas semanas interesantes.

Mientras tanto, en una noche ­surrealista que podría llamarse “la masacre de los remainers”, casi todas las enmiendas dirigidas a forzar una prórroga si a finales de febrero no se había llegado a un compromiso, o a dificultar una salida desordenada, fueron derrotadas por entre veinte y treinta votos, fruto de una coalición entre brexiters, el DUP, conservadores proeuropeos que se echaron atrás al final y alrededor de una quincena de laboristas rebeldes, que se conformaron con la promesa de votar sobre el nuevo plan de May (reabrir el Acuerdo y cancelar el backstop) antes del 13 de febrero. Sólo sobrevivió una, que refleja la oposición de los Comunes a un no deal, pero no es vinculante y puede ser (y va a ser) ignorada por Downing Street. Los euroescép­ticos desenfundaron más de prisa y aniquilaron a los eurófilos, dejando atrás numerosos cadáveres. Es difícil ver cómo un segundo referéndum puede surgir de tanta sangre. El colmo del surrealismo es que May considere una victoria la ruptura de su propio acuerdo.






La mortal división en el Labour

Igual que en el fútbol, en la política no siempre gana el mejor sino el que está más motivado y le pone más ganas. Aunque Bruselas ha rechazado el nuevo curso de acción consensuado entre May y los Comunes, y muchos puedan pensar que el plan C es una quimera, al final los brexiters más duros, el DUP y un sector de conservadores proeuropeos encontraron un punto de común denominador: renegociar el acuerdo de Retirada y quitarle la “salvaguarda irlandesa”. Para ello, muchos euroescépticos tragaron quina y se olvidaron de quejas como el pago de los 44.000 millones de euros del divorcio. En cambio, las divisiones en el Labour resultaron letales, con una quincena de diputados de circunscripciones leave del norte de Inglaterra votando en contra de las enmiendas para suavizar el Brexit presentadas por sus compañeros. Tampoco ayudó la actitud ambivalente del líder Jeremy Corbyn, a quien parece que le saquen una muela cada vez que ha de decir algo bueno a favor de Europa. Londres ha borrado de un plumazo dos años de negociaciones, y vuelve al principio, a creer que con firmeza puede conseguirlo todo. Piensa que Dublín es el eslabón débil y que al final acabará rindiéndose.








Fuente: LA Vanguardia