El gobierno de Vichy, borrado de la historia de Francia por De Gaulle y Mitterrand, restablecido como francés por el presidente Chirac, quien lo asumió como una vergüenza nacional, tuvo en la deportación de 75.000 judíos su apogeo criminal. El Memorial de la historia del Holocausto, que lo recuerda en París desde el 2005, subraya otro crimen, el económico: “Traficar con el arte fue la ocupación más rentable bajo la ocupación”.

Lo explica la historiadora Emmanuelle Polack, autora de
El mercado del arte bajo la ocupación 1940-1944
, un libro que recoge su investigación exhaustiva sobre dicho periodo en Europa y Estados Unidos. Y da título a la exposición
del Memorial, de la que ella es también la comisaria científica.






La historiadora Polack dice que “traficar con el arte fue la ocupación más rentable bajo la ocupación”

La muestra, primera de tales características en Francia, reúne dos vertientes, la histórica y la artística. Y, azar o necesidad, coincide con la promesa del Ministerio de Cultura francés de “crear, en un par de semanas, y con 200 millones de euros de presupuesto, una ‘Misión de búsqueda y restitución de bienes culturales expoliados entre 1933 y 1945’”.

Una decisión casi forzada desde que en el 2013, cuando salió a la luz el caso Gurlitt –el descubrimiento en Munich, en casa del hijo del marchante de arte Hildebrand Gurlitt, de más de 1.400 obras robadas a judíos–, Alemania dotó con dos millones de euros un centro de bienes expoliados, para localizar a las familias de los despojados por el marchante.

Y es que todo circuló por París. “A partir del verano de 1941 –evoca Pollack– el Estado confisca empresas, bienes inmobiliarios, financieros y obras de arte a los judíos de Francia. Bloqueadas sus cuentas bancarias, los judíos internados en campos de concentración son despojados, a la entrada, de sus bienes. Víctimas de una doble legislación, la de los nazis y la del gobierno francés, son excluidos de la vida política, social y económica, en lo que servirá de preludio a su eliminación física”.


Cuadros de John Constable, de Thomas Couture, de George Romney son expuestos por primera vez en París






Ironías de la historia porque se produce en el país en el que Napoleón les había dado estatuto de ciudadanos, una novedad en Europa. “Al mismo tiempo –explica la comisaria de la exposición– entre 1940 y 1944 una verdadera euforia se apodera del mercado del arte a todos los niveles: talleres, galerías y salas de subastas. El mercado parisino ve pasar entre 1941 y 1942, más de dos millones de piezas, sus precios decuplicados a veces, en un frenesí de compras, intercambios, ventas y tráfico.

Cuadros de John Constable, de Thomas Couture, de George Romney, recuperados tras inverosímiles peregrinaciones, son expuestos por primera vez en París, en el Memorial, que cumple con otra de sus misiones al poner en contacto a su comisaria con “cualquier familia que sospeche haber perdido bienes culturales bajo la ocupación”.

Una historia del gusto, seguida por la exhibición de las medidas alemanas y las leyes y decretos de Vichy sirven de preámbulo. La sala 1 profundiza en el destino de galerías como B.Weill, Pierre (Matisse), Paul Rosenberg o René Gimpel (de sus locales de la plaza Vendôme al campo de internamiento de Neuengamme, en Alemania), que defendían el arte moderno, bestia negra de nazis y colaboracionistas. La sala 2 se ocupa de los puntos álgidos del tráfico, el gran centro de subastas parisino, Druot, y la French Riviera, la zona libre de la Costa Azul.





Así como los historiadores han terminado por establecer que la deportación de los judíos de Francia no fue obra de la Gestapo sino de la policía francesa, es decir, un crimen de Vichy, el libro y la exposición de Pollack permiten diferenciar entre las obras que requisaron oficialmente los alemanes –nada de arte degenerado, es decir, moderno– y ese tráfico francés, que negociaba las cotizadas escuelas del siglo XX. Pollack señala que los propios expertos de Druot, que certificaban autenticidad de un cuadro y maquillaban su origen, para blanquearlo, pujaban entre bastidores para luego revender.

La requisición oficial alemana estaba centrada en obras del Louvre y otros museos, pero también de particulares, almacenadas en el Jeu de Paume –allí, una heroica funcionaria sin sueldo, Rose Valland, las registrará, con peligro de su vida– antes de partir a Alemania. El tráfico francés –galeristas, expertos, comisarios de subastas, marchantes locales y suizos- sólo atiende al valor mercantil de las obras. En total, unas cien mil obras habrían sido conducidas a territorio alemán. Desde 1944, gracias a las listas establecidas en secreto por Valland el ejército aliado creó un destacamento específico para recuperar obra expoliada.

En 1949 Francia había fundado el MNR (Museos Nacionales-Recuperación), que devolvió a sus propietarios 45.000 de las 60.000 obras recuperadas en Alemania. ¿Y las otras 15.000? Francia calificó “de poco interés” a 13.000 de ellas. Pero las vendió en 1950 y 1953. Ahora, Pollack advierte sobre futuras complicaciones: “es muy probable que un día u otro algunas de ellas reaparezcan en el mercado del arte”.





Más misterioso es el destino de las dos mil restantes, “las más bellas”, según Polack, extrañada de que no figuren en el inventario y de que sean “guardadas en depósito”.

Otro detalle importante: si desde 1949 el propietario expoliado podía reclamar sus bienes tras demostrar que le pertenecían, en el 2014, la ministra de cultura Aurélie Filippetti invirtió la medida a favor de la víctima: el Estado debía buscar a los damnificados o sus herederos.








Fuente: LA Vanguardia

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