Obras de Chopin, Schumann, Debussy y Scriabin. Piano: Evgeny Kissin. Auditorio Nacional. Madrid, 12-II-019.

Mucho tiempo ha pasado desde que Alfonso Aijón presentase en España a Evgeny Kissin con los Virtuosos de Moscú y Spivakov. Fue en 1988 y el pianista moscovita tenía tan sólo 17 años. Ahora ya cuenta con 47. Desde entonces sus visitas con Ibermúsica han sido frecuentes y nunca ha defraudado. El destino ha querido que en esta ocasión tocase en Madrid al día siguiente de Maurizio Pollini y las comparaciones se han vuelto inevitables porque, para colmo, ambos coincidieron en un nocturno chopiniano, el «Op.62/2», y en seis de los doce preludios del primer libro de Debussy. Frente a la decadencia de un grande, la madurez de otro grande. De nuevo llenazo hasta con sillas adicionales en el escenario. De verdad que ambos llenos no son nada frecuentes. En el descanso y al final opiniones generalizadas: «Hoy sí que estamos oyendo tocar el piano». No es justo para el gran Pollini, pero es lo que tiene querer seguir en activo cuando ya faltan condiciones.

Salió al escenario como es habitual en él, rígido, como un robot, y se sentó con su típico aire ausente. Luego los dedos, la técnica, la energía y, sobre todo, la música. En los tres nocturnos «Op. 55/1», «Op.37/2» y «Op 62/2» realizó lecturas muy personales, alargando y contrayendo tempos, exponiendo las dinámicas de una forma quizá arbitraria, quizá un punto empalagosa, pero subyugante. Continuó con la «Sonata n.3 en fa menor Op.14» de Schumann, obra que se toca poco tanto por su dificultad como por su carácter reiterativo. Recordemos que Clara Schumann no quiso abordarla en público por creerse incapaz de responder a las exigencias del último tiempo y que fue Brahms quien la dio a conocer ya fallecido el compositor. Resultó un placer en las manos de Kissin. Así hay que tocar Schumann, extrayendo todo el jugo en el legato a las variaciones del andante y aportando su sobresaliente técnica, que no es nunca la técnica por la técnica, al prestísimo final. Apabullante. Tal y como escribía ayer, la intensa y luminosa vida italiana de «Las colinas de Anacapri», el virtuosismo de «Lo que ha visto el viento del oeste», la complejidad armónica de la breve «La muchacha de los cabellos de lino» con su escala pentatónica, etc. Es lo que echamos algo de menos con Pollini y llegó pleno con Kissin. Para concluir la breve pero intensa «Sonata n.4 en fa sostenido mayor Op.30» que compusiera Scriabin en el verano de 1903 tras haber abandonado a su esposa y el Conservatorio de Moscú. El erotismo que emana de la partitura tuvo una admirable exposición por parte de Kissin. Ante el entusiasmo generalizado las propinas: más Debussy, Chopin y un tango escrito por el propio solista.




Fuente: La razon

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