Entrada en los 40, la edad de la madurez, la democracia española no cesa de enfrentarse a fenómenos nuevos. Si en 2016 fue la primera investidura frustrada y en 2018 la primera moción de censura triunfante, ahora llega la primera sesión parlamentaria para elegir presidente que comienza sin la certeza de su desenlace final. A estas alturas, la apuesta más fiable apunta a que Pedro Sánchez saldrá el próximo jueves del Congreso investido de nuevo. Pero de momento es solo eso, una apuesta, un juego de adivinación.

Se ha repetido mil veces que una de las claves del manejo político reside en administrar bien los tiempos. El caso actual está batiendo marcas en ese aspecto. Ha pasado casi un trimestre desde las elecciones generales, y las primeras negociaciones de verdad han arrancado a solo 48 horas de la sesión de investidura. Todo indica que continuarán al mismo tiempo que los líderes políticos se miden en la arena parlamentaria. Es verdad que en estos meses ha habido otra convocatoria electoral, y que las campañas excitan tantas pasiones que no son el mejor periodo para buscar acuerdos. Pero han transcurrido ocho semanas desde los comicios locales y europeos. Y nada ha sucedido en este tiempo que pueda parecerse lejanamente a un verdadero diálogo político.

Han sido tres meses de no negociación. Ha habido muchas reuniones de los líderes y muchas fotos estrechándose las manos. Hemos asistido a cientos de horas de entrevistas y declaraciones. Y todo lo que ha trascendido es una discusión en bucle sobre si Podemos debería entrar en el Gobierno o, en caso contrario, si el PP y Ciudadanos deberían abstenerse.

Estas nuevas vicisitudes a las que se enfrenta la democracia española suelen interpretarse como resultado de la fragmentación de los partidos. Más allá de eso, asoma también una forma novedosa de acción política en la que parece que sentarse en una mesa, sacar documentos y discutir programas se ha convertido en una antigualla. Lo que más se escucha en estos días son palabras como ajedrez y relato, dos de los mantras de los asesores de comunicación. La política entendida como un descarnado juego de fuerzas cuyo único fin es construir un discurso de éxito para consumo de la audiencia.

La batalla ya no se juega en largas reuniones de gente armada de planes y estadísticas. El ajedrez político del siglo XXI se dirime en las redes y en los platós de televisión. Un caso ejemplar lo ofrecen las versiones dadas por los protagonistas de una de las últimas conversaciones telefónicas entre Sánchez e Iglesias. De creer a ambos —y ninguno ha desmentido la versión del otro— ni Iglesias le habría dicho a Sánchez que se disponía a convocar una consulta entre sus bases ni Sánchez le habría comentado a Iglesias que preparaba una oferta para incluir en el Gobierno ministros de Podemos “con perfil técnico”.

Lo lógico ahora sería pensar que ya ha acabado el tiempo del ajedrez y que, sobre la hora límite, toca ponerse a resolver la papeleta. Pero la votación definitiva no será hasta el jueves. Aún quedan muchos tuits y muchas tertulias televisivas que rellenar. Mucho relato por construir.




Fuente: El Pais

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