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Los Lunnis, programa de Televisión Española organizado a partir de muñecos, interacción con los seres humanos y canciones, se creó en 2004 para cubrir ese espacio infantil que en otros tiempos habían ocupado títeres históricos como Los electroduendes, dentro del espacio de La bola de cristal, y los del mítico Barrio Sésamo, tanto en su versión estadounidense como en la adaptación española.

LA GRAN AVENTURA DE LOS LUNNIS Y EL LIBRO MÁGICO

Dirección: Juan Pablo Buscarini.

Intérpretes: Carla Chiorazzo, Bruno Oro, Ramón Barea, Lucrecia.

Género: infantil. España, 2019.

Duración: 90 minutos.

Desde entonces, y en el canal Clan tras su inauguración en 2010, se ha ido convirtiendo en un espacio señero dentro de la televisión contemporánea, donde además ha debido lidiar con infinita más competencia que en la TVE de antaño. Pero, a pesar de haberse diversificado en distintos formatos (Los Lunnis y su amigo El Quijote, Los Lunnis sobre ruedas), quizá de discutible creatividad, nunca se había lanzado con un producto tan ambicioso como el largometraje La gran aventura de Los Lunnis y el libro mágico, coproducción con Argentina dirigida por Juan Pablo Buscarini.

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Buscarini, director de otro trabajo que fusionaba la animación con la acción real, Pérez, el ratoncito de tus sueños (2006), y con experiencia en la animación pura y dura (El arca de Noé), el cine adolescente (Tini: el gran cambio de Violetta) y la fantasía (El inventor de juegos), ha compuesto una película solo apta para los más pequeños, en la que los mayores acompañantes difícilmente sacarán algo en claro salvo ver cómo reaccionan sus hijos. Sin embargo, y a pesar de que los interiores están más logrados que los exteriores, con bosques, cielos y naturaleza recreada algo cursis, el conjunto está dotado de una cierta dignidad.

Partiendo de un encendido elogio de la imaginación, la fantasía y la poesía, el guion acude de un modo poco original y arriesgado a historias irreprochables: Alicia en el país de las maravillas, El mago de Oz, la leyenda del Rey Arturo, El flautista de Hamelín, el ratón Pérez (con el mismo diseño que en las anteriores películas de Buscarini) y hasta un toque de La princesa prometida (“¡Otra vez, abuelo!”). Pero en las secuencias de colegio es bonito ver interactuar a críos y marionetas (los ya clásicos Lucho, Lupita y compañía) sin que nadie tenga que dar explicaciones sobre ello, como una bonita metáfora de la igualdad. Y, sobre todo, los bailes y las canciones, algunas de gente tan asentada como Gille Milkyway, desprenden un tono desinhibido no exento de cierta elegancia.

Eso sí, la película es un producto inequívoco de este tiempo de delicadeza y corrección, incluida la redención final del villano. Los tiempos de La bola de cristal, los electroduendes, “¡Viva el mal, viva el capital!”, “Soy Avería y aspiro a una alcaldía” y “Ponen esmero los banqueros y los pobres sufren ciertos quebraderos”, con los que muchos crecieron, son hoy simplemente impensables.




Fuente: El país