Quizá valga la pena recordar que YouTube se creó en 2005. También que entre ese año y 2008 la red social líder en el mundo era MySpace. Hoy, que damos por sentado Spotify, podemos echar la vista atrás y ver que su rudimentaria aplicación para el móvil nació en 2009. Pero sigamos con un poco más de contexto: en 2009 se vendieron en España 655.000 unidades de MP3 y 1,8 millones de MP4 claramente asociados al consumo de canciones «piratas». El número de hogares con Internet en nuestro país apenas alcanzaba el 54 por ciento; en 2018 la cifra llegaba al 86, por lo que es probable que este año alcancemos el 90 por ciento. Quizá de esta manera podamos poner en perspectiva la profundidad de las transformaciones del ecosistema social y cultural en la última década, la de los cambios más drásticos de la historia, la que termina hora dejando un paisaje irreconocible. En el caso de la música, que es lo que ocupa este artículo, la evolución ha sido doble: tanto en los canales de distribución como en los gustos, de los que nos ocuparemos más adelante, pero ambas transformaciones confluyen en un fenómeno en particular: la desaparición de la dicotomía «indie» versus «mainstream». Como particularidad de esta transformación podemos tomar este caso lleno de simbolismo: el Arenal Sound, un festival de bajo coste para una sensibilidad joven y nueva, nacía en 2009. Su crecimiento exponencial (apoyado en una sucesión de entrada agotadas con el mayor aforo de España) le ha llevado a engullir la meca del «indie» nacional. En 2019 adquirió el veterano Festival Internacional de Benicàssim (FIB) y el resultado se puede leer en su propuesta artística para 2020, en el que compartirán cartel artistas de mundos tan diferentes como Don Diablo y The Libertines. Así pues, bienvenidos al nuevo orden mundial musical.

El «indie» surgió como una respuesta alternativa a la asfixiante presencia de la industria musical, constituida como pensamiento único, que era capaz de absorber en su discurso por igual al rock, el blues o el rap y privarle de su contenido contestatario para transformarlo en consumo masivo. Sin embargo, una vez la industria entró en el desguace de la «piratería» a finales del siglo XX y en la crisis económica de la primera década de este, y sumándole a eso la facilidad con que cualquiera podía grabar un disco en su habitación, el panorama se transformó. Un marxista diría que los medios de producción habían cambiado de mano, o, más finamente, se habían atomizado. Quizá baste decir que la industria discográfica mundial vio reducido su mercado más que drásticamente, por valor de tres cuartas partes, entre 2001 y 2012. La evolución, desastrosa, fue la siguiente. En 2003, la música facturaba en España 493 millones de euros. En 2009 llegaría a 211. En todo el mundo, el panorama fue similar. El sector tocará fondo más tarde, en 2012, al ingresar 141,1 millones. Por lo tanto, no es que el «indie» como sensibilidad musical hubiera caducado, en absoluto, sino que su base ideológica o parte de sus principios habían perdido sentido. De ahí que Pixies sigan vigentes pero puedan compartir cartel en Mad Cool con Taylor Swift sin problemas.

Este es el gran desafío que ha dejado la década, cuestiones que el análisis marxista no alcanza del todo para explicar la realidad. Porque la debacle de la industria musical que se produjo en el cambio de siglo no es lo único que ha sucedido. Mucho antes de que Spotify y otros servicios de “streaming” de pago lograsen establecerse, un servicio ultracapitalista como YouTube estaba dando visibilidad a una enorme masa de consumidores con una sensibilidad diferente a la blanca y anglosajona, a la espalda de los grandes almacenes y las cadenas de radio y la corriente dominante. Un ejemplo claro de esto ha sido el poderío de la cultura hispanoamericana. Donde antes se distribuían copias caseras de géneros marginales que no contaban para el mercado, ahora esos artistas publican sus canciones en YouTube y las enormes masas de sus seguidores ya cuentan como consumidores. El auge del reguetón y el resurgimiento de la bachata se explica, irónicamente, con YouTube. Porque cualquiera que hiciese un viaje a finales del siglo pasado al Caribe hispanoamericano se habría dado cuenta de que Gente de Zona, Don Omar, Tego Calderón y muchos otros eran omnipresentes. Pero no contaban en absoluto para el mercado «convencional». Ahora, sus millones de oyentes suman escuchas (o «clicks» o «streams» en el lenguaje de la nueva economía digital) que generan un beneficio tan abultado como lo pueda hacer cualquier estrella norteamericana, ya sea Justin Bieber o Rihanna. Es el poder del número, de la gran masa que encaja en el modelo gratis de YouTube.

Sin embargo, todo este análisis en frío no encaja con la música, un arte basado en las entrañas. Spotify le ha puesto nombre y clasificación a este cambio en el gusto: las canciones y artistas más escuchados en este década en España lo dejan claro. J Balvin es el artista más oído en nuestro país y junto a él toda una alineación perfecta del género urbano latino. Tras él, Ozuna, Bad Bunny, Daddy Yankee, Melendi, Juan Magán, Anuel AA, Maluma, Nicky Jam y Ed Sheeran. Si exceptuamos a Melendi y Juan Magán (ambos españoles, pero el segundo perfectamente asimilable a la armada reguetonera) solo nos queda en el último puesto de la lista un Ed Sheeran que ha sido fenómeno mundial pero en España se conforma con ser cola de ratón. Entre las mujeres más escuchadas, el resultado es menos aplastante pero no es que la cosa cambie tanto. Shakira, Rihanna, Becky G, Karol G, Aitana, Sia, Rosalía, Ariana Grande, Vanesa Martín y Natti Natasha. Decíamos que el «indie» no ha muerto pero no ha logrado relevancia entre las masas, aunque grupos como Vetusta Morla, Carolina Durante o Izal llenen enormes aforos, festivales y titulares. Irónicamente, la música llamada a ser nicho domina el cotarro y la llamada a ser masiva, sin acento extranjero y más «tradicional», se queda en un segundo plano. Por cierto que, pese a que estas bandas de guitarras anteriormente mencionadas cumplan perfectamente los requisitos del «indie» para encajar en la etiqueta, ellas mismas se muestran incómodas cuando se les aplica, como una categoría caduca. Hoy son tan «indies» Taburete y Natos y Waor como Cala Vento o Los Estanques.

Así pues, esta revolución musical que se ha producido en los últimos años en materia de formatos y distribución ha llegado para quedarse. En cuanto a los gustos, nada dura para siempre, e igual que la electrónica EDM se hizo hegemónica y después pasó a un segundo plano, el mundo se cansará del «latin urban» tarde o temprano. Sin embargo, antes de eso, los últimos movimientos de las multinacionales apuntan a que el mercado seguirá explotando el yacimiento. Mientras Sony le firmaba un contrato multimillonario a Ozuna, Warner lo hacía con Don Patricio. En cualquier caso, no hay que menospreciar los cambios que se han producido: en primer lugar, en cuanto a las relaciones culturales Latinoamérica ha ganado peso con respecto a Europa, Norteamérica y España, algo de lo que se ha beneficiado la posición de la lengua española en el mundo. Además, el acceso ilimitado a una inmensa biblioteca musical ha favorecido el conocimiento mutuo entre generaciones, y, desde luego, la ruptura de la barrera de los géneros y los públicos. La década que se cierra este año ha favorecido una apertura de miras sin precedentes que ha sido consecuencia de una manera de relaciones menos jerárquica, sin duda, favorecida por la tecnología. Por otra parte, el «underground» ha resurgido en España con escenas basadas en el rap, el trap y los estilos urbanos producen artistas con una efervescencia y sabor local digno de las mejores épocas. Y todo esto no ha supuesto la eliminación de lo anterior, sino la suma de elementos a un inmenso magma de referentes e influencias. La tercera década del siglo se presenta apasionante.

¿QUÉ VENDRÁ EN LA PRÓXIMA DÉCADA?

Es siempre difícil jugar a la adivinación de futuro, pero hay algunas líneas que pueden intuirse. La primera es la plena consolidación del «streaming» que, como los servicios de suscripción a plataformas en el contexto audiovisual se terminará por hacer masivo, al menos, a corto plazo. Si bien en el mercado de las series y las películas el panorama está mucho más disputado entre varios competidores homologables, que es probable quea corto plazo tiendan a la concentración de ofertas, en el asunto musical parece que Spotify terminará por imponerse en el mercado musical. Aunque la compañía sueca no ha hecho más que cerrar cada ejercicio con pérdidas, su supervivencia está asegurada por las «majors», que obtienen altísimos beneficios por derechos de autor. Tampoco parece que haya una plataforma en condiciones de discutir a YouTube como alternativa preferida para los jóvenes, beneficiada por su gratuidad.

Por otra parte, en cuanto a los estilos de música, de la misma manera que el exotismo del reguetón y lo latino se ha impuesto como sonido en los últimos años, cualquier otra escena inesperada, como el K-pop asiático, podría dar la sorpresa en los próximos años y convertirse en nueva apuesta refrescante que seduzca a la industria. Sin embargo, después de años de búsquedas de lo nuevo y excitante tampoco sería de extrañar una vuelta a los orígenes. Los gustos se mueven de forma pendular y no se puede descartar una regreso al rock o al pop más clásico. Todo dependerá del talento individual, ya que, si algo hemos comprobado en los últimos años es que, por más que se intente imponer qué debe escuchar el público, éste es quien elige. Hacer elucubraciones suele ser en vano, porque nadie en su sano juicio podría haber asegurado a comienzos de la década que, entre todos los estilos, estos iban a ser los años que el reguetón conquistase el mundo.




Fuente: La razon

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