Clara Campàs (1976, La Roca del Vallès, Barcelona) empezó como investigadora en centros hospitalarios (en bioquímica aplicada al cáncer). El descubrimiento de un medicamento y su posterior patente le llevó al mundo corporativo, de la mano de Advancell, compañía biotecnológica que llegó a dirigir. Después dio el salto a la multinacional Kern Pharma, donde fue directora de Estrategia y Desarrollo hasta 2018. Ese año, tras recibir varias ofertas de trabajo de fondos de inversión, decidió crear el suyo propio: Asabys Partners.

«En mi etapa en el mundo de las farmacéuticas aprendí muchísimo. Pero me faltaba estar cerca de la innovación más disruptiva, de la ciencia más innovadora y de más riesgo”, reconoce Campàs en videollamada. Durante esos años había seguido en contacto con el ecosistema emprendedor, como mentora y como vicepresidenta de CataloniaBIO y miembro del consejo de administración de Biocat. También fue miembro del Comité de Inversiones de HealthEquity, y eso la llevó a lanzar su propia firma junto con su socio Josep Lluís Sanfeliu.

¿En qué invierte Asabys?

Nuestro foco está puesto en terapias, ya sean en forma de medicamento, de dispositivo o de plataforma digital. Las nuevas terapias no son solo medicamentos, también son soluciones mecánicas, electrónicas y digitales. La salud digital es un concepto muy amplio donde todavía hay interrogantes, pero la terapia digital está dando muy buenos resultados.

¿Cuánto invierten en esos tres tipos de terapias?

Cada uno se lleva un tercio del fondo. Tenemos ya 70 millones de euros, con margen de ampliar capital hasta los 85. La idea es financiar entre 12 y 15 compañías. De momento lo hemos hecho en cuatro y esperamos invertir en al menos otras cuatro para finales de verano. Invertimos entre tres y seis millones por startup.

¿Qué criterios rigen sus inversiones?

Esencialmente tres. Lo primero es que haya buena ciencia o tecnología, que la hipótesis de trabajo sea disruptiva y potente. Lo segundo es que haya mercado y se aborde una necesidad médica no cubierta. Lo tercero es que haya caso de inversión, opciones de recuperar el desembolso, ya sea mediante una salida a Bolsa o vendiendo la compañía o sus activos. Otro criterio es el equipo, aunque los fondos cada vez somos más capaces de aportar equipos cuando quienes lideran el proyecto no han tenido la oportunidad o simplemente no desean convertirse en emprendedores.

¿Cómo lo está haciendo España en transferencia científica y tecnológica?

Ha habido una evolución, sin duda. Hace unos años las agencias de transferencia tecnológica no existían. Estamos pasando del café para todos a ser capaces de seleccionar los proyectos y centros que lo hacen mejor. Después de la transferencia viene la valorización, y cada vez hay más iniciativas dirigidas a convertir estas ideas en startups. También hay más inversores en fases más tempranas, a través de herramientas como el crowdfunding, inversores ángel más especializados, plataformas de valorización que también tienen pequeños fondos, y los propios centros, que intentan empujar esos proyectos.

No toda la ciencia debe ser transferida, pero la ciencia básica también debe ser financiada. Es casi una responsabilidad de los propios investigadores y centros hacer que cuando una investigación se acerque a algo transferible, esa transferencia se produzca con éxito. Si no se lleva al mercado, nunca nadie se beneficiará de ello. Transferir no es solo patentar: es conocimiento, es conseguir que los investigadores sigan vinculados aunque no dirijan la nueva empresa, y que el centro de investigación siga comprometido con esa startup. Ese diálogo con la ciencia es muy importante y debe ser continuo, no acaba el día que creas la empresa. A nadie le gusta que venga una gran multinacional y se lleve esa patente o tecnología a EE UU. Los investigadores y los centros se sienten agredidos cuando esto pasa.

¿Qué hay de Europa en cuanto a transferencia?

Tenemos una gran asignatura pendiente de falta de capital privado para este tipo de inversiones. Cuando Europa se compara con EE UU, está a menudo por encima en calidad de producción científica. El problema está en hacer que eso adquiera forma de productos y de actividad económica, de patentes y puestos creados. El factor diferencial con EE UU es la inversión privada. Europa ha sido durante muchos años adversa al riesgo en este sentido, aunque cada vez menos.

¿Cuesta más invertir en salud?

El sector salud es de alto riesgo. Las startups en este campo son mucho más intensivas en capital y además en muchos casos son compañías que no facturan, así que te basas en expectativas de valor de ese mercado que potencialmente es muy grande. Además el riesgo en el sector farmacéutico y biotecnológico es muy binario: una molécula funciona o no. En dispositivos médicos y en terapias digitales no es así, por eso diversificamos el riesgo.

¿Cuál es el papel de la industria farmacéutica?

Hace 15 años las multinacionales del sector contaban con un ejército de investigadores pero, al ver que eso no les daba resultado, empezaron a comprar compañías biotecnológicas cuando ya estaban muy cerca del mercado y se había minimizado el riesgo. Por eso tenían que comprar muy caro. Ahora invierten en fases cada vez más tempranas, incluso antes de haberse iniciado estudios clínicos. Algunas tienen sus propios vehículos de inversión. Es significativo que cada vez miran más a las startups. A su vez, los fondos se fijan en la ciencia para poder moverla hacia la fase de desarrollo cuanto antes. De alguna manera la cadena se va engranando.

¿Ha cambiado esto la Covid-19?

Con la pandemia, la sociedad se ha dado cuenta de que invertir en innovación y ciencia es fundamental para todos. Se ha hecho obvio. Sin embargo, es necesario invertir constantemente, no solo en un momento de despertar. No me refiero a la inversión pública en ciencia y tecnología, que es fundamental, sino a la inversión privada. Hay que ser capaces de responder a los retos que vengan. Por otra parte, la inversión privada en salud es acíclica, no depende de la Bolsa, por lo que empieza a dar una visión de seguridad. Se está viendo que invertir en privado y en sector salud es una apuesta más segura que en otros sectores. En los últimos 20 años ha habido una tendencia muy clara de pasar de invertir en Bolsa a hacerlo en mercados privados. El capital riesgo ha conseguido retornos iguales o superiores a la inversión en compañías cotizadas. No es solo que haya necesidad de inversión privada para convertir la ciencia en productos, sino que además está dando tan buenos resultados que cada vez es más llamativo.

¿Es atractivo el ecosistema de biotech y de tecnologías de salud en España?

Asabys invierte el 70% del fondo en España, y no es casual. Aquí hay una gran oportunidad para invertir en ciencia. Tenemos la ventaja de contar con muy buena ciencia y centros hospitalarios muy punteros. Barcelona es uno de los cinco principales polos de Europa en el ecosistema sanitario, y el acceso a talento es muy fácil. El problema es la carencia de talento específico en lo que respecta a la gestión. Faltan personas capaces de coger esa ciencia y transformarla en startups, pero cuando somos capaces de llenar ese hueco el resultado es muy bueno, con empresas competitivas a escala internacional.




Fuente: El país

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