Estudiantes de la escuela de Viviano Torres, en Cartagena de Indias. En vídeo, la actuación de Shakira y Jennifer Lopez. foto: Camilo Rozo

La champeta se detiene.

El picotero, como se llama a los dj de este género musical, toma el micrófono y anuncia:

—Vamos a parar un momento para atender a la autoridad. La autoridad.

Ha llegado la policía, explica un muchacho. Pero nadie se mueve de su sitio.

Unas 500 personas se han congregado para bailar un viernes a la noche, en un barrio popular de Cartagena de Indias. En una gallera.

Pasan los minutos. Se va la policía. Solo querían verificar el permiso para el baile.

Vuelve la música, y los cuerpos a moverse.

«Re, Re, Rey de Rocha», se escucha cuando un chico al mando hunde el botón de una consola musical y la champeta vuelve a tomar el lugar, un descampado de tierra pelada donde se hacen estas verbenas de barrio, el origen más puro de lo que el mundo conoce hoy como champeta, ese baile con el que Shakira deslumbró en la Super Bowl.

Retumba la música, sale de un picó, un enorme altavoz a un volumen ensordecedor incluso a metros. A nadie parece importarle. Van a bailar. La champeta nació de estos lugares, “de vaciles de caseta, las discotecas de los pobres”, explicaba horas antes Luis Marín, el director de la productora musical Rey de Rocha.

En este baile nadie sacude el cuerpo, apenas lo mueven suavemente como si bailaran en una pequeña baldosa invisible. Nada de brincos, ni caballitos por el momento. Solo movimientos de cadera tan naturales que sus cuerpos parecen hechos de gel.

«Tengo casa por cárcel/ llevo una vida bandida», bandida por ti, se escucha. Es la historia del hombre que robaba para darle a su mujer, agrega el picotero.

«Suelta, suelta», canta.

La actuación de Shakira y Jennifer López en la Super Bowl.

Y entonces se viene el espeluque. Así, sin letra d inicial, es como le dicen al momento del clímax de la champeta.

«Rey de Rocha, el orgullo de la madre África», corean.

África, esto es África. En el caribe colombiano.

Música de resistencia

“Nosotros bailando transmitimos la historia de la champeta, de África, de la raza negra”, dice Ruth Cassiani, de 15 años, en la casa de Viviano Torres, uno de los precursores de la champeta junto a Charles King.

De traje africano y colorido, Torres habla y pone sus canciones. “Cuando Shakira era muy jovencita una vez nos presentamos en Barranquilla y ella me pedía autógrafos. En ese momento yo era el famoso”, se ríe Viviano, que compuso su primera canción en 1984. “Ahora ella lleva la palabra champeta y la revienta en el mundo. Me emociona que la champeta se reivindique. Ha sido un género mal mirado. Incluso llegaron a prohibirla. De la champeta se ha dicho de todo, que embaraza, que pone a beber, que es solo de gente que pelea”, dice y le da al play a Champeta en todos lados, uno de sus últimos discos.

La canción no lleva un minuto y ya se armó un baile. Nicole Bertel, Ruth y otros niños que integran el grupo África Grande comienzan a brincar, mover las caderas, abrir y cerrar las piernas. La champeta parece una especie de hip hop del caribe, con quiebros de cintura, mímica y, sobre todo, risa. No se puede bailar champeta sin sonreír, dice Ruth. Esto es el barrio Paseo de Bolívar, pero también es África.

A pocas horas de Cartagena está el Palenque de San Basilio, el primer lugar de América donde los esclavos se liberaron. De ahí también viene el origen de la palabra champeta. “Una familia palenquera de apellido Valdés bailaba con una champeta, que es un machete de cortar banano, en la espalda”, cuenta en Barranquilla el músico afrocaribeño Abelardo Carbonó. Aunque esto no está tan claro. Otros dicen que es de una palabra de la lengua palenquera o que apareció en un baile cuando el público gritó “champé” y así se quedó.

La cultura del picó

Los discos africanos comenzaron a llegar a Cartagena y Barranquilla desde Francia a partir de los años sesenta, pero el sonido había viajado en los barcos de esclavos mucho tiempo atrás. “Primero se imitaba el patrón rítmico, pero como no comprendían la lengua, decidieron hacerlo en la propia. Entonces si la canción decía, por ejemplo, ‘heritier enge, heritier enge, buka makepá, buka makepá, lembisá’, acá lo cantaban ‘firma el cheque, firma el cheque, puro machetazo, puro machetazo”, cuenta Marín, gestor cultural y músico de Rey de Rocha.

Los coleccionistas los escuchaban en enormes parlantes llamados «picós» y por eso, acostumbrados a esta música, incluso los niños distinguen un soukus, de una rumba congoleña o de una de Zaire. «Esto es de Nigeria, esto de Kenia», explica Fernando Viloria, del picó El Huracán, de Barranquilla, mientras instalan los enormes altavoces en la calle y la gente se detiene a tomarse fotos con el equipo de sonido.

La champeta es un huracán imparable. Un género que, al dar vueltas por el Caribe, ha ido sumando ritmos, instrumentos, voces. Música con raíz africana, pero reinterpretada en Colombia, con guitarra, teclados u organeta y letras que cuentan la realidad de los barrios, el centro del movimiento musical. Una crónica viva del Caribe.

Walter Hernandez, miembro de la banda afrocaribeña Systema Solar. camilo rozo

«La champeta es también resistencia, un sentimiento de orgullo y reivindicación histórica. Esta es la nueva gesta de negros y mestizos en el Caribe colombiano a través de la música, la danza, la gestualidad. Hablamos de que tiene una forma distinta de distribuir la música, de la autonomía en las maneras de creación. De hibridez y diversidad, el espíritu de algo que no está acabado y que está en permanente movimiento, que es inclasificable”, explica Walter Hernández, músico de Systema Solar. Ahora, cuentan en Cartagena, intentan resistir al reguetón.

En el baile suena Volvió el amor y todos cierran los ojos y cantan. Es el éxito hace meses, el intento de volver a las letras románticas.

En el mundo de la champeta, los picós son más importantes que las emisoras de radio. Un músico compone, lleva su disco al dueño del picó, lo producen en los estudios de grabación del barrio y lo lanzan en bailes como este. “Lo prueba el pueblo, se lo apropia y si gusta. En eso también la champeta es resistencia”, explica Louis Towers, que introdujo al género los saludos en medio de las canciones.

Los picoteros son en esencia coleccionistas de música, gente como Fernando Viloria o Don Alirio, que orgullosamente se gastan el salario en discos. Pero es también una estética. “Un picó es un tótem, un equipo de sonido con personalidad, colores, una personalidad. Tiene una investidura, seguidores, un énfasis en la calidad del sonido, son un patrimonio del gran caribe”, explica Hernández, desde la emisora Vokaribe, de Barranquilla.

El del picó Huracán tiene un dibujo colorido de Poseidón, pero cada cual le pone las luces, la frase que lo identifica. Son discotecas coloridas y viajeras.

La champeta también ha vivido horas oscuras. En Cartagena estuvo prohibida a finales del 2000, en Barranquilla la veían como «música de negros y pobres» porque las letras se consideraban ordinarias. Y hubo una época en que lo fueron. Un alcalde acusaba a la cultura champetúa de causar inseguridad y embarazos. “Eso no es cierto. La champeta lo que ha hecho es salvar vidas¨, defiende Viviano Torres. Gracias a la música, muchos cantantes le hicieron el quite a la pobreza y un posible destino de violencia. Hoy son el orgullo de sus barrios.

Y el orgullo en Colombia, donde la música se toma en serio, se baila.

«Dejen la pelea, disfruten, dejen la pelea, disfruten. Si se portan bien vamos hasta las 3 de la mañanaaa«, canta el músico en el picó del barrio de la otra Cartagena, la que está fuera de las murallas y todos corean la frase.

De aquí nadie se mueve.

Todos a bailar.




Fuente: El Pais

A %d blogueros les gusta esto: