La geoda gigante de Pilar de Jaravía, en el municipio almeriense de Pulpí, celebra en diciembre los 20 años de su descubrimiento, fecha que se va a conmemorar de una manera poco habitual: a partir del 5 de agosto se abre al público esta espectacular obra de la naturaleza. “Para mi es un sueño”. Quien así se expresa es Javier García Guinea, profesor de investigación del CSIC, autor de los primeros análisis mineralógicos que se hicieron a principios de siglo de esta cavidad y, principalmente, responsable de que haya llegado a la actualidad en su deslumbrante estado. Fue García Guinea uno de los primeros en acudir a la mina, tras el hallazgo por parte de miembros del Grupo Mineralogista de Madrid en 1999, y el primero en aconsejar a la entonces alcaldesa de Pulpí, María Dolores Muñoz, que cerrara los accesos para que el hallazgo no derivara en expolio de los cristales de yeso.

No fue fácil convencer a las Administraciones, pero se hizo no sin antes constituirse una nutrida comisión de seguimiento con representantes de la Junta de Andalucía, la Universidad de Almería, el CSIC y el Ayuntamiento. Los poderes públicos también plantearon alternativas concretas para dar a conocer este patrimonio, en su mayoría eran inviables y caras. El proyecto que ha posibilitado convertirla hoy en la geoda visitable más grande del mundo (la mexicana de Naica, de mayor tamaño, no lo es por sus altas temperaturas y compleja accesibilidad) ha contado con un presupuesto de medio millón de euros destinados a la limpieza previa con la extracción de más de 700 toneladas de tierra y escombros, los entibados necesarios para garantizar la circulación de las personas y la seguridad  y para el reto más complejo, que ha sido la construcción de los accesos, según explica José Ángel Solanilla, ingeniero de minas y director de obra de Tecminsa, empresa extremeña encargada del proyecto.

Finalmente se ha optado por unas escaleras de caracol en hierro forjado que permiten ganar los cerca de 40 metros de profundidad que distan desde la galería principal (60 desde la superficie) a la geoda. Francisco Javier Fernández Amo, geólogo de la misma empresa y conocedor al detalle del proceso de rehabilitación, pone especial énfasis en despejar las dudas sobre el posible deterioro de esta singular mina de cristales. La Universidad de Almería ha diseñado “un sistema de monitorización que incluye alarmas si se traspasa el límite permitido y sensores que controlarán en todo momento parámetros como la temperatura, la humedad o los índices de CO2”.

La visita guiada, con un máximo de 12 personas por grupo y que cubre un recorrido de unos 500 metros por la Mina Rica, incluye, obviamente como final, ver la Geoda gigante que, sin duda, se convertirá, ya lo es a juzgar por la demanda de entradas (22 euros), en un atractivo turístico.

Este fenómeno de la naturaleza se debe a un proceso mineralógico por el que en un hueco en la roca queda tapizado de cristales, normalmente cuarzo, calcita y yeso. El factor diferenciador de la geoda de Pulpí es el gran tamaño y la transparencia de los cristales. Para comprobarlo hay que subir a un peldaño e introducir medio cuerpo por la grieta que da acceso a una cavidad de unos ocho metros de largo por dos de alto. Solo por motivos científicos se accederá al interior. En todo caso, la magnitud y la forma de los cristales de yeso, alguno de los cuales alcanza dos metros, impresiona por la estética y por la capacidad de la naturaleza para diseñar esas formas con la sencilla fórmula de agua, minerales y tiempo.


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Un técnico de la geoda de Pulpí muestra una formación mineral. Paco Bonilla

Fernández Amo atribuye buena parte de la formación de la geoda del Pilar de Jaravía “a procesos de vulcanismo producidos hace millones de años”. “Fluidos cargados de minerales», explica, «se inyectan a través de las capas de los estratos o a través de fracturas”. La literatura científica coincide en la aportación de “inyecciones hidrotermales volcánicas” al proceso y fija dos fases, referidas una a la formación del hueco y otra al depósito mineral en su interior. En el primer caso se considera la posibilidad de que la cavidad se produjo por “karstificación de las dolomías que forman la sierra del Aguilón”, donde se encuentra; en el segundo, la hipótesis apunta a un “modelo mixto kárstico-hidrotermal”. Es decir, la combinación de la presencia de yesos y calizas con la acción de aguas calientes procedentes de fenómenos volcánicos.

Nada igual

En todo caso, el origen es más enrevesado de desentrañar que su consecuencia. Este mismo periódico titulaba el 10 de junio del año 2000 «Una geoda gigantesca descubierta en una mina de Almería asombra a los científicos» y Javier García Guinea declaraba haber buscado en las bases de datos internacionales y no haber encontrado nada igual. “Los prismas cristalinos de medio metro como media cubren toda la cavidad (suelo, techo y paredes), que tiene forma de balón de rugby y un tamaño muy superior al de las mayores geodas que puedan conseguirse en algunas regiones de la Tierra, como el sur de Brasil, donde las geodas de cuarzo amatista pueden alcanzar el metro de diámetro”.

El esplendor de la geoda gigante ensombrece otros puntos de interés de la visita. Así, Fernández Amo destaca la geoda azul, que adquiere esa tonalidad a causa del estroncio, y que llegó a tener hasta 20 metros de desarrollo, pero de la que se conserva mucho menos ya que la explotación minera se la llevó por delante. Cabe recordar que de la Mina Rica, abierta desde mediados del siglo XIX hasta finales de la década de 1960, se extraía primero hierro y luego plata y plomo. De hecho, parte del atractivo reside en ver esas “catedrales subterráneas”, como las define el geólogo, que alcanzan hasta los 40 metros de altura, o la indumentaria de aquella época que todavía se conserva.

También es llamativa la abundancia de celestinas, una variedad mineral de sulfato de estroncio, baritas, químicamente sulfato de bario, y sideritas, carbonato de hierro del grupo de la calcita. Además, se conservan varias unidades de lapis specularis, piedras de yeso seleníticas tan transparentes que eran usadas como cristales en las ventanas de los palacios romanos.




Fuente: El país

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