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Kitty, Daisy y Lewis no se gentrifican


Saltaron a la fama por sus hechuras de rockeros clásicos en sus canciones y en sus atuendos. Hoy, cuatro discos después, los hermanos Kitty, Daisy & Lewis han abierto el abanico sonoro y aseguran que seguirán haciéndolo, aunque parezcan últimos residentes del estilo dentro de los cánones. Prefieren resistir en su código postal, exactamente igual que son de los pocos empadronados en Camden Town (Londres) desde su nacimiento y asisten a la modernización (y la pérdida) del barrio. «Es espantoso lo que estamos viviendo. Nacimos y crecimos allí y mientras hablamos, se llevan a cabo monstruosos trabajos de demolición y de construcción de edificios por todas partes. Hoy mismo he pasado por Denmark Street, que solíamos apodar Tin Pan Alley porque había centenares de tiendas de instrumentos musicales y de materiales pero han sido todas reurbanizadas. En el anterior disco escribí una canción sobre ello, “Developers Disease”, que cuenta este horror», dice Lewis, el vértice masculino de este triángulo equilátero. Los tres músicos escriben por igual las canciones, pero lo hacen por separado. «No tiene una explicación. Luego ponemos en común las ideas y creamos los arreglos y terminamos la música. No es que prefiera hacerlo solo, no me importa de cualquier forma, pero supongo que es así porque en solitario te metes en tu universo y tu realidad, en ese espacio que es tuyo y ahí es donde te llegan cosas que después saltas a apuntarlas en el papel. Con mis hermanas termina de cobrar vida».

Un restaurante, un estudio

Entre ellos no existe la palabra competición, ni siquiera de una manera blanda, a pesar de que vivien en el mismo edificio y se escuahn trabajar mutuamente a través de las paredes. «Absolutamente no. Tenemos nuestras virtudes y nuestras fortalezas y ya sabemos quién es el indicado para cada cosa. En la canción de cualquiera se puede cambiar tanto un acorde como un verso», asegura el mediano de los hermanos Durham, hijos de Graeme, ingeniero de sonido de un estudio londinense y de Ingrid Weiss, batería del grupo punk The Raincoats. Por eso seguramente cada uno de sus hijos toca unos cinco instrumentos diferentes. Y por eso seguramente Lewis es un loco de los aparatos de sonido. Tras grabar tres discos ensayando en la trastienda del negocio de su madre, compraron un antiguo restaurante indio para transformarlo en su estudio. «Siempre estoy cambiando el equipo y trabajando en nuevas cosas y aparatos todo el tiempo. Ahora mismo estoy en el proceso de construir una consola de mezclas para el estudio. Casi todo el equipo es de mi propio diseño porque me apasiona la ingeniería de audio y la electrónica. Tenemos un estudio de 16 pistas, pero acabo de comprarme uno digital que espero que nos amplíe los horizontes de creatividad».

El trío siempre termina perseguido por las palabras «retro» o «revival» y por eso huye de que se califique a «Superscope» de «retromodrerno». «Para mí, es mi música, simplemente. Y este disco es diversidad y amplitud. Todos vemos la vida desde ángulos diferentes y a la hora de hacer música que canalice emociones, el espectro es muy vasto. Desde que el álbum salió a la calle he estado explorando nuevas cosa sy escuchando discos muy diversos, estoy muy metido con el hip-hop ahora mismo. Estoy deseando grabar nuevo material».




Fuente: La razon

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