A veces, la idea aparecía mientras escribían los propósitos de año nuevo. Otras, en medio de una conversación con amigos intentando arreglar el mundo entre cervezas. Irene, Javi, Lola y Álvaro llevaban tiempo soñando con dejar sus trabajos, preparar las maletas y vivir haciendo voluntariados a cientos de kilómetros de casa. Y eran conscientes de que el tiempo jugaba en su contra: siempre es más difícil empezar de cero cuando tienes una hipoteca o un familiar a tu cargo. Por eso decidieron aprovechar su juventud para lanzarse a hacer realidad la frase de Eduardo Galeano según la cual mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, es capaz de cambiar el mundo. Ahora —que llevan meses encadenando voluntariados— comparten con Verne su experiencia.

Irene Mateo, profesora de español en Togo. 25 años.

Hace unos meses Irene Mateo se encontró ante una encrucijada: aceptar un puesto como profesora interina en Andalucía o trasladarse a Togo a dar clases de español en la universidad de Lomé, la capital del país, en el marco de un proyecto de cooperación promovido por la Universidad de Granada. «Tuve mucho miedo. Una cosa es venir a África de turismo o dos semanas de voluntariado y otra hacerlo a largo plazo. Tienes que valorar tu salud física y el desgaste mental que supone irte a un país en desarrollo», confiesa esta granadina graduada en Filología Hispánica.

A pesar de que su entorno y su cabeza le aconsejaban quedarse en España, decidió partir. En parte porque, desde que con 18 años empezó a acompañar a ancianos en su tiempo libre, no se imagina su vida sin voluntariados: los ha hecho en Andalucía, en Francia y en Eslovenia, donde vivió el año pasado mientras realizaba un Servicio de Voluntariado Europeo.

Las experiencias solidarias eran, para ella, un estímulo que contrastaba con su estancamiento laboral. «Trabajé un año en la Universidad de Sevilla y me sentía en una torre de cristal. Tenía la sensación de que no estaba contribuyendo a cambiar nada. Esto es muchísimo más gratificante, porque estoy unificando mi trabajo con la ayuda a los demás», afirma tras confesar que su idea es seguir empapándose de experiencias para poder aplicarlas a su regreso a Europa. «Estos voluntariados no dejan de ser parte de mi futuro profesional. La gente tiende a verlos como cajones separados. Pero creo que son aprendizajes vitales que se suman a tus vivencias académicas y profesionales», argumenta.

Javi Losada, voluntario en granjas ecológicas en Chile. 26 años.

Javi llevaba tres años trabajando en su tesis doctoral sobre fotónica cuando decidió dejarlo. «Estaba a punto de acabar, pero tenía muchas diferencias con mi jefe, no avanzaba y llegó un momento en el que sentía que me iba a costar la salud», rememora. Llevaba tiempo con la idea de recorrer Latinoamérica y decidió dejar de posponerlo.

Se despidió de sus compañeros, compró un billete de avión a Santiago de Chile y se plantó a 10.000 kilómetros de casa con la idea de trabajar en granjas ecológicas. «Al principio iba preguntando a la gente dónde podía colaborar. En Coyhaique, una de las capitales del sur, encontré a un grupo de chicos que estaban construyendo una granja ecológica con materiales reciclados y ahí empecé».

Desde entonces, ha ido recorriendo la Patagonia de granja en granja. Trabaja a cambio de alojamiento y comida en lugares que encuentra a través del boca a boca o utilizando la red de granjas ecológicas WWOOF. «Hago de todo, desde construcciones con materiales reciclados hasta trabajos en la huerta. Además, como tengo formación técnica me suelen encasquetar muchísimo trabajo de electricidad y tuberías», cuenta divertido Javi, quien generalmente se queda en torno a un mes en cada granja.

Más allá del aprendizaje de saberes manuales, para Javi el mayor descubrimiento ha sido saberse dueño de sus días. «Siento una sensación de libertad y de poder escoger mi camino que es muy gratificante. Aquí no necesitas demasiado para sobrevivir, porque en cuanto te mueves un poco entras en una economía circular, muy de trueque, y es bastante sencillo no quedarte a cero», razona.

Lola Asenjo, voluntaria ambiental. 26 años.

«Año nuevo, vida nueva», se dijo Lola Asenjo al comenzar este 2019. Esta graduada en Ciencias Ambientales se sentía en constante contradicción trabajando en una multinacional para la que el medio ambiente era solo un producto de márketing. Por eso, decidió dar un volantazo a su vida y se apuntó a un voluntariado organizado por SEO/BirdLife en el Delta del Ebro, donde pasó dos meses afanada en preservar la biodiversidad de la zona.

Tras acabar, se enroló en otro proyecto solidario financiado por la Asociación de Ciencias Ambientales en Picos de Europa, del que acaba de regresar. Lola, que en unos días partirá a un nuevo proyecto en Hungría, ha transformado en un lema vital esa frase que afirma que viajar no es una manera de escapar de la vida, sino una forma de que la vida no se escape.

Aunque asegura que no todo son luces. «Yo estoy pudiendo hacer esto porque cuando trabajaba no me permití independizarme, porque quería tener dinero ahorrado para este tipo de experiencias». A su juicio la precariedad laboral empuja a muchos jóvenes a este modo de vida, pues es más enriquecedor vivir así que trabajar ocho horas al día y no poder ahorrar. Precisamente por eso, advierte del riesgo de que algunas asociaciones se aprovechen del contexto para ofrecer puestos de trabajo encubiertos.

«Al buscar proyectos, hay que tener un ojo muy crítico. Valorar qué tareas vas a desempeñar, cuánto tiempo libre tendrás y asegurarte de que nadie se lucre económicamente de tu trabajo. Porque el voluntariado no es solo dar; sino también recibir», esgrime Lola, quien pretende aprovechar ahora que no tiene obligaciones que le aten a un lugar fijo para seguir compaginando los voluntariados con trabajos temporales que le permitan seguir viajando.

Álvaro Torrecilla, participante en Youth Exchanges. 26 años.

Hace cuatro años a Álvaro le cambió la vida. Conoció la existencia de los Youth exchanges, intercambios financiados por la Comisión Europea en los que jóvenes residentes en Europa y menores de 30 años pueden pasar entre 5 y 21 días conviviendo y tratando temáticas de índole social. «Mi primer proyecto fue en Italia y trataba sobre expresar las emociones a través del arte. Me vino genial porque en mi trabajo echaba de menos expresarme de manera artística», rememora.

Tras esta experiencia, Álvaro trató de zambullirse en su carrera como ingeniero, pero su hambre de experiencias se sumó a su malestar laboral. «Sabía que valía más que una nómina a final de mes y estaba dejando de lado todos los proyectos que me gustaban porque no tenía tiempo». Por eso, decidió dejarlo y lleva cerca de un año encadenando estos intercambios juveniles.

Después de su primer voluntariado, ha viajado a rincones como Croacia, los Países Bajos y otra vez Italia. Y ha aprendido sobre temas tan variados como «el uso consciente de las nuevas tecnologías, la economía circular, nuevos modelos de márketing o el despilfarro de alimentos», enumera. La iniciativa de los Youth exchanges empezó en 2014 y desde entonces se han beneficiado cerca de 40.000 jóvenes españoles, según datos proporcionados a Verne por Injuve.

A quienes leyendo estas líneas les surja el deseo de cambiar de rumbo pero sientan miedo, Álvaro les lanza un mensaje. «Si todos los días vuelves a tu casa sin entender qué estás haciendo con tu vida, algo tiene que cambiar. No puedes esperar resultados diferentes si sigues la misma rutina. Sal y prueba. Si no te convencen los proyectos puedes volver a la vida laboral. Pero haciéndolo te estás dando la oportunidad de practicar nuevos idiomas, de conocer nuevas culturas. Y si llegas a un país y te gusta mucho, puedes incluso quedarte y trabajar ahí».

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Fuente: El Pais

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