Jose Luis Cuerda, director de cine, en su casa de Madrid, en julio de 2017. Foto: © Carlos Rosillo

Miguel Rellán, que fue actor de José Luis Cuerda, le contaba el otro día a Gonzalo Suárez que ya había menos gente haciendo regalos. Alguien que llegara y le dijera: “Hoy se me has ocurrido para ser otro en el cine”. Cuerda hacía esos regalos. Pero no solo hacía regalos de cine.

Cuerda sembró viñas para regalar vinos, se hizo productor para regalar películas que hicieran otros, se hizo director de cine para demostrarle a la Iglesia que era mejor inventor que Dios, y filmó, por ejemplo, Amanece que no es poco para regalarle a la historia una pieza única del arte de la energía de burlarse del cielo y de la tierra y de los ciudadanos solemnes. Cada escena de esa película en concreto es un verso rescatado de Dante o una frase dicha por Platón al oído de los arbustos. Miraba a los ojos de la realidad para transformarla en una metáfora de espuma o de barro. Esa película tiene su firma, como si firmara un lienzo del Bosco. Una película que era una mano pintando. La mano de Cuerda.

A Cuerda le gustaba ver gente feliz a su alrededor. Aunque como cualquiera desplazaba el ego que le correspondía como ciudadano y artista, se pasaba el día pensando en cómo ayudar a los demás a ser más felices con sus regalos. Cuando no podía hacerlos en cine, los hacía en libros, en Twitter, en las conversaciones, en la alegría de compartir vino. Como Domingo Savio (y como Rafael Azcona) era el primero en llegar a las citas, y aunque estuviera en la Ribera Sacra o en Albacete, siempre parecía que estaba al lado. Y, aunque no viniera, siempre tenía alguna manera sobrenatural de manifestarse.

Se pasó la vida diciendo sí, y siempre pareció que decía no. Su manera de decir sí era su forma de hacer regalos inesperados. Uno de esos días espléndidos de Cuerda y de la amistad vi que llegaba a una cita con su amigo Rafael Azcona con un paquete enorme, como un tocadiscos antiguo. ¿Y adónde vas con esto? “Un regalo”. “Solo a un loco como tú se le ocurre todavía hacer regalos”. Eran como niños, hasta que se ponían a imaginar juntos. Entonces eran dos genios a los que la cabeza les daba la felicidad de ser de otro mundo.

Una de esas veces en que la plenitud era un regalo que se daban juntos concibieron, con el impulso productivo de Fernando Bovaira (que fue un hijo mayor, como Alejandro Amenábar), La lengua de las mariposas, a partir de cuentos de Manuel Rivas. Ese fue un regalo poético al manifiesto civil de la memoria histórica. Cuidaron ese filme como si fuera un soneto, para contar en él lo que ambos sentían, desde las distintas distancias de la edad: a Azcona, herido de la historia por la penuria riojana en la República, esa fábula terrible contada por el poeta gallego le daba exactamente en la parte del corazón que tiene memoria. Y Cuerda sintonizó con esa música difícil porque, en la larga posguerra, siguió habiendo, también en su tierra manchega, maestros con la cara cruzada por aquellas piedras.

Regaló películas que ocurrían en la parte de adentro de su imaginación y de sus sueños. Amanece que no es poco, que pasa a la historia del cine como un precioso objeto surrealista, es una de esas descendencias suyas. Cuerda es esa película, la música de un rebelde que era a la vez pintor y poeta, un genio que susurraba regalos.




Fuente: El Pais

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