Pocos españoles podrán alcanzar la conclusión, descontando algún político despistado o hipocritón, de que a los autónomos en España se les ayuda. Porque no es así: y no sólo no se les echa un cable por parte de la Administración (que nunca está, ni a las duras ni a las maduras) sino que se les zancadillea y derriba con las consiguientes lesiones. Pero es que además, por si no fuese suficiente, se les engaña y se les promete el oro y el moro para, ininterrumpidamente, defraudarles. Tan triste como real.

            Y aún en estas generales circunstancias, el colmo de los colmos se ha tocado, y de lleno, con la situación que atraviesan, especialmente en el sector de la hostelería y el turismo, como consecuencia de los destrozos de la pandemia.

            Es tan increíble como cierto que hay Comunidades Autónomas, en fila india, que no sólo han aplicado durísimas y científicamente injustificadas medidas para terminar de ahorcar a bares y restaurantes sino que, acto seguido, no se han dignado en apoyarles, siquiera mínimamente: el estigma ha sido, es, incalificable.

            En casos concretos, como en Extremadura, el Partido Popular le ha exigido a la Junta que aplique la doctrina de “a ingresos cero, impuestos cero”. ¿Cómo es posible que, junto a la batalla contra el covid19 haya cargos electos que no entiendan que su prioridad debería ser salvar el mayor número de empresas posibles? ¿Cómo puede caber la insensibilidad ante miles y miles de familias que padecen un infierno ante la imposibilidad de salir de las brasas, una agonía de incierto final donde la esperanza ha sido desterrada en tantos y tantos casos hasta la cuneta? ¿Qué clase de politicuchos son esos que, con el pan y el piso asegurado, carecen de agallas para sentarse, escuchar y dialogar con los empresarios afectados y machacados?

            Pero ahí no termina el cuadro. ¿No entienden estos servidores públicos que hay quienes facturando cero durante meses y meses han sacado el dinero de donde no lo había para pagar tasas e impuestos, para asumir inversiones fortísimas en locales, incluidas las necesarias para adaptarlos a los tiempos y exigencias de la guerra contra el coronavirus? Y si lo entienden, ¿cómo concebir que, ante la ruina de los comerciantes, no se haya producido un recorte, en nuestro elefantiásico Estado autonómico: en consejerías y direcciones generales, en altos cargos y asesores?

            El drama es tal que este comportamiento absolutamente inaceptable por parte de quienes operan como casta pasa, con mucho, de ser una broma pesada. El enemigo sigue siendo el bicho, sí. Pero, más allá de los estragos de la enfermedad, quedarán los producidos, en clara responsabilidad culposa, por quienes desde la indolencia están fracasando estrepitosamente en algo que va en cada sueldo público: la obligatoriedad de arrimar el hombro. Hoy más que nunca.

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Fuente: Estrella Digital

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