El día reclamaba sangre fría y fue la de la iguana. Especialmente para aguantar los 40 grados a la sombra sobre el césped plástico del Mad Cool. Dicen sus responsables que se han gastado un millón de euros en la alfombra verde que cubre el festival y la verdad es que se aprecia el esplendor en la hierba artificial pero hasta que los señores del Mad Cool no apagan el sol, los ventiladores con vapor de agua son el escenario más concurrido.

En la segunda jornada del festival se planteaba una duda: Lauryn Hill e Iggy Pop casi coincidían en horarios, pero la de Nueva Jersey se hacía esperar. La estadounidense, de psicología algo inestable por decirlo suavemente, envió a su DJ entretener a las masas para la inquietud general. Algunos temíamos un segundo Massive Attack (los británicos dieron la espantada el año pasado y no salieron a actuar), pero con media hora de retraso, la ex Fugees hizo aparición. Que nadie espere puntualidad de Hill, ya que ella misma tituló un disco presumiendo de «The misseducation of Lauryn Hill», es decir, de su mala educación, álbum del que tocó la muy esperada «Everything is Everything». Hasta donde pudimos ver, no tenía su día o voz o ganas. En un gesto deshonroso para ella, su audiencia abandonó su escenario para presenciar una prodigiosa demostración de fuerza.

A un par de centenares de metros, Iggy Pop irrumpía en escena ya descamisado y furioso, retozando con el público y amenazando con la mirada con «I Wanna Be Your Dog». La juventud del líder de los Stooges hace tiempo que abandonó su piel y sus andares, en total decadencia a sus 72 años, pero no su actitud y su presencia. «Gimme Danger» y «The Passenger» están frescas y rabiosas y nadie las ha superado. Y no hablemos de «Lust for Life» que, si a Lauryn Hill le pesan las pestañas, este venerable rockero de cadera oxidada tiene la energía de 20 divas y además pronuncia mejor «fuck».

«Skull Ring» sonó de mil demonios: peligrosa, verdadera y amenazante en una jornada en la que no esperábamos nada parecido con las apuestas principales de Bon Iver y Vampire Weekend. De la furia y la mala baba sigue extrayendo su energía, porque es mucho mejor odiar a todo el mundo a que te dé igual lo que sucede a tu alrededor, como parece que le suceda a Lauryn Hill. Ese es el el mensaje de «Sick of You». Me ponéis enfermo. Con edad para estar mirando el mar en Benalmádena, dió una lección de cómo se detesta bien y de en qué consiste el punk rock: cuando el público corea tu nombre, tú contestas «me ponéis enfermo».

«Os voy a decir un cosa. Me he jodido la mitad de la vida, y la otra mitad traté de hacer las cosas bien y me decían que estaba siendo demasiado estricto, que me estaba volviendo normal. Eso es una mierda. Yo os recomiendo algún pecado extraño», dijo el de Michigan, que en sus carnes demuestra que ni pacto con el diablo, ni eterna juventud, ni demás zarandajas. Vejez y odio. «Serch And Destroy», aullidos y el puño en alto. Como él mismo canta, el rock no es diversión, «No Fun», es otra cosa, «motherfuckers». Fue una hora perfecta de sudor y se despidió dejando caer el micrófono. «I Love You», dijo después de todo.

Antes, Tash Sultana, con pies descalzos y más de una decena de instrumentos para ella sola, dejó boquiabiertos a quienes no la conocían con su verbena rockera de aires étnicos del Lavapiés de las antípodas. Al estilo de «one person band», con pistas pregrabadas, hizo rugir la guitarra eléctrica hasta tumbada sobre el escenario y todo un arsenal de instrumentos. La de Melbourne parecía a ratos hippy Hendrix y a momentos una Hare Krishna actuando por la voluntad en un paseo marítimo pero se metió en el bolsillo a los que se enfrentaron al calor.




Fuente: La razon

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