Se acaban de cumplir dos meses de la entrada en vigor del primer estado de alarma decretado por un Gobierno en democracia. El propósito de una medida tan excepcional era frenar la expansión del coronavirus Covid-19 que estuvo a punto de reventar el sistema sanitario español. La principal medida de contención de aquel decreto, vigente hoy por mor de sucesivas prórrogas, ha sido el enclaustramiento de toda la población en sus casas, cuya consecuencia es el derrumbe de la economía hasta extremos desconocidos. La crisis es de tal calado que este periodo ha sido bautizado por el FMI como el Gran Confinamiento, en agorera similitud con la Gran Depresión.

El paralelismo entre estas dos etapas es el que nos hace recuperar hoy al prolífico profesor John Kenneth Galbraith, economista que vivió en primera línea las consecuencias del crac del 29, que arrastró una década de miseria e inestabilidad, que los historiadores consideran imprescindible para entender la llegada de Hitler y la Segunda Guerra Mundial.

Galbraith señala en su libro Un viaje por la economía de nuestro tiempo que “la creencia de que debe haber un retorno automático a la utilización elevada o completa de las fábricas y de los trabajadores depende de la fe, de la esperanza y de las promesas políticas, no de la realidad económica. La de 1930 fue una manifestación de un equilibrio de subempleo que duró una década. Una de las utilidades de la historia es la de recordar lo que puede suceder de nuevo”.

Pues como a nadie le gustaría que se repita, viene a cuento traer sus reflexiones a la realidad de hoy y recordar que recuperar la actividad prepandemia depende de nosotros, de lo que hagamos y las expectativas que creemos (fe, esperanza y promesas), más que de la realidad de los números. Por tanto, empieza a ser urgente cambiar de mentalidad y desoír a aquellos políticos cenizos que actúan como si hubiera algún rédito que sacar de la miseria colectiva.

Lo primero que tenemos que conseguir es salir del estado de modorrera colectiva en el que nos encontramos; en el que la mitad de la población está como loca por salir a la calle, aunque no sepa muy bien para qué, y la otra media tiene miedo a abandonar su nido. Son actitudes comprensibles, pero poco recomendables tanto desde un punto de vista individual como colectivo.

Por tanto, lo inmediato es intentar recuperar la normalidad laboral cuanto antes e ir dejando el teletrabajo como estrategia secundaria, de respaldo. El movimiento de una empresa pone en órbita a trabajadores, proveedores y clientes, y cada uno de estos tiene su propio sistema planetario alrededor, que encadena otros, hasta generarse un universo económico y social armónico, hoy roto por el confinamiento, que llamamos prosperidad.

España contaba a finales de marzo con 18,8 millones de hogares, de los que 13,5 millones tenían a una o más personas en edad de trabajar y 5,2 millones sin personas activas, lo que responde a que en España hay casi 9 millones de pensionistas. Visto de otra manera, en este país había 10,7 millones de hogares en los que trabajaban todos los que estaban en edad de hacerlo, mientras que en el polo opuesto figuraban 1,07 millones de hogares en los que no entraba un jornal, el 30% casas con una sola persona.

Estos datos, que sin duda habrán empeorado con los ERTE masivos, algunos de ellos no recogidos en la EPA del primer trimestre, también ponen de manifiesto que pese a las dificultades hay millones de trabajadores, de familias, que su situación económica apenas se ha visto afectada por la crisis. Estos, entre los que sin duda están los 3,25 millones de funcionarios, además de los casi 9 millones de pensionistas, y los millones de empleados fijos del sector privado, son la esperanza blanca para la recuperación en el cortísimo plazo, al margen, obviamente, de la aportación del comercio exterior.

Por eso, lo inmediato es cambiar el clima, perder de vista el recuento de fallecidos y contaminados (porque no los haya, no por taparlos) y recuperar conversaciones mundanas, que uno se agota de tanta trascendencia, sobre todo de la propia. Hay que salir del papel higiénico y el paracetamol y recuperar la mesa del restaurante con los amigos y la ruta por los centros comerciales; pasar de lo imprescindible a lo conveniente.

Este ambiente es especialmente relevante para salvar la campaña de verano del turismo, un sector que este año depende del clima social, no de la meteorología, y que para recuperarse requiere certezas antes de doblar el 15 de junio. Va a ser difícil poder contar con el turismo internacional, pero si se consigue sacar de casa al nacional, el daño para el sector y para el país quizás sea manejable.

Por eso, falta tiempo para que Gobierno y sector turístico animen a todas las familias que tienen recursos, que afortunadamente son muchas, a que salgan de vacaciones en los meses de verano, que no se encierren en el pueblo, en la segunda vivienda, que se muevan y gasten. Además de divertirse, contribuirán a aliviar la vida a millones de empleados que viven de este sector y a las cuentas públicas, que son de todos.

Es un sector puntero, imaginativo, y ya circulan ideas como crear una especie de Imserso para toda la población, no solo para jubilados, de manera que se subvencione ir de vacaciones por territorio nacional, es lo mismo que están diseñando Italia y Francia. Hay que olvidar visiones románticas sobre lo que va a traer el poscoronavirus, pues no traerá nada que no hayamos pedido y pagado previamente, tan realista como la mensajería. Sucederá aquello que rescatemos de los sueños y lo persigamos con “fe, esperanza y promesas políticas” que diría el gran Galbraith.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense




Fuente: El país

A %d blogueros les gusta esto: