Ya que vivimos una época serena aquí en Inglaterra, con pocos motivos de preocupación salvo el inminente choque contra el iceberg del Brexit, nos distraemos debatiendo si Winston Churchill fue el británico más grande de la historia o un grandísimo hijo de puta.

Los diarios no dejan de afrontar la cuestión, las redes están incendiadas desde que un diputado parlamentario escocés aprovechó el aniversario de la muerte de Churchill el mes pasado para anunciar que fue “un supremacista blanco”. Hace un par de días el número dos del Partido Laborista, la principal oposición al Gobierno Titanic de la primera ministra Theresa May, se sumó a la fiesta declarando que Churchill fue “un vi­llano”.


Una vez establecido el principio de acabar con todo rastro de aquellas figuras del pasado cuya visión del mundo no era idéntica a la nuestra hoy, ¿adónde iríamos a parar?”


Este tipo de discusiones sobre la pureza moral de ciertos personajes históricos despierta frecuente interés en las naciones anglosajonas. Ahora mismo en Estados Unidos están cuestionando planes para construir una estatua en Nueva York para conmemorar el papel de dos pioneras del movimiento feminista, Susan B. Anthony y Elizabeth Cady Stanton, que lucharon en el siglo XIX para que las mujeres obtuvieran el derecho a votar. Resulta ahora que eran unas racistas.

Más habitual es hacer campaña para derribar estatuas. Hay gente que dice que hay que destruir la de Churchill en la plaza frente al Parlamento británico. Hubo mucho lío hace un par de años cuando un grupo de estudiantes propuso derribar una de Cecil Rhodes en la Universidad de Oxford. Rhodes se aprovechó de la presencia imperial británica en el sur de África para hacerse enormemente rico, a base del saqueo de diamantes. Más recientemente, voces progresistas, entre ellas columnistas del diario The Guardian, han clamado por quitar una estatua del almirante Horatio Nelson de la plaza de Trafalgar, nombrada por la victoria naval que Nelson protagonizó contra la Armada española y la de Napoleón en 1805. ¿Su pecado? El mismo. También fue un racista.


No es del todo descartable que incluso en menos de cincuenta años matar animales y comer su carne sea visto como algo tan odioso como insultar a una persona de otra raza hoy”


Ya que no dudo que existen pruebas históricas para sustentar todas estas acusaciones, yo sólo tengo una pregunta. ¿Hay que tomar en serio la idea de erradicar todo recuerdo visible de que existieron estos personajes históricos, o no? Me inclino por el no. Con una excepción, si se trata de tiranos recientes como Hitler o Franco o Sadam Husein, argumentaría que se dejen las estatuas en paz. Y lo digo más que nada por el trabajo y el gasto público que supondría. Estamos hablando de mano de obra y de dinero que mejor se podría invertir en la construcción que en destruir. Las cantidades de las que hablamos serían colosales, porque una vez establecido el principio de acabar con todo rastro de aquellas figuras del pasado cuya visión del mundo no era idéntica a la nuestra hoy, ¿adónde iríamos a parar?

La estatua de Mahatma Gandhi que está en la misma plaza que la de Churchill en Londres tendría que irse, para empezar. Sí, sí, Gandhi es una de las figuras más veneradas de la historia de la humanidad. Es el emblema universal de la paz. Pero si escarbamos en su pasado vemos que en un par de ocasiones dijo cosas muy feas sobre los negros durante los años que vivió en Sudáfrica. Favorecía una especie de apartheid antes de que se inventara el apartheid. Dijo en una carta escrita en 1904 que estaba muy en contra de que “civilizados” hindúes como él se mezclaran en público con los “aborígenes” africanos. En Accra, la capital de Ghana, quitaron una estatua de Gandhi hace un par de meses precisamente por estos motivos.

¿Y por qué limitarse a actuar sólo contra antiguos héroes que pecaron de racismo? ¿Por qué no meterse también con los que tuvieron actitudes contrarias a las nuestras sobre el trato a las mujeres, a los homosexuales, a los transgénero?

Tendríamos que llevar a cabo una especie de genocidio contra el 95 por ciento de las estatuas en el mundo. Adiós, básicamente, a todas las que se erigieron en público antes de, digamos, 1960. Los varios generales de las dos guerras mundiales, fuera; los pintores y arquitectos y escritores (hay motivos para considerar que Picasso fue bastante misógino, ¿no?), fuera; los libertadores latinoamericanos (¿qué opinaba Bolívar de la liberación gay? Nada bueno, seguramente), fuera; y ni hablar de los conquistadores españoles, o de los reyes y reinas y condes y duques de la vieja Europa (a Isabel la Católica le daríamos 25 años de prisión hoy, como mínimo). Todos fuera.

En cuanto a las iglesias, se convertirían todas en polvorientas canteras. ¿Qué santo se quedaría a salvo?

Y otra cosa. Si empezamos borrando las estatuas de la faz de la Tierra, ¿quién sabe si, una vez concluida la tarea, la fiebre iconoclasta no se extendería a los libros escritos por personajes como Cervantes o Shakes­peare, que, sin duda, tampoco compartían al cien por cien las ortodoxias contemporáneas sobre preferencias sexuales o la igualdad racial? A quemarlos a todos, podría llegar a ser la consigna. A eliminarlos de los almacenes digitales, ya que estamos. Y las películas no políticamente correctas y los discursos preservados en audio o vídeo de, por ejemplo, Churchill, a la hoguera también.

Lo que me interesa a mí como tema de reflexión es qué cosas que nos parecen normales y bien hoy serán consideradas profundamente ofensivas de aquí a cincuenta años. Esperemos que las tendencias trumpistas, casadistas y voxistas de hoy no se consoliden en el mundo y se dé marcha atrás a las conquistas en el terreno de la igualdad de género, por ejemplo. O que la homosexualidad no vuelva a ser juzgada como una infernal aberración.

Confío en que no. Pero ¿qué pensar del movimiento vegano, que coge más fuerza cada día que pasa? Aquí en Londres hace poco un grupo de militantes encapu­chados irrumpió en un supermercado gritando consignas anticarnívoras y amenazó a los clientes en la zona donde se vendía pollo, chuletas y salchichas.

No es del todo descartable que incluso en menos de cincuenta años matar animales y comer su carne sea visto como algo tan odioso como insultar a una persona de otra raza hoy. Por eso mejor dejar que las estatuas de los famosos del pasado descansen en paz y limitarnos a debatir si los Churchill, o los Bolívar, o los Nelson o san Pablo eran buenos o malos, cosas que tienen su gracia y su atractivo intelectual cuando no hay temas de preocupación apremiante como hoy aquí en Inglaterra, donde durante los próximos cuarenta días, hasta el 29 de marzo, cuando salgamos de Europa y nos hundamos en la irrelevancia y la miseria, podremos seguir viviendo felices y serenos, seguros aún de que vivimos en tiempos de vacas gordas.




Fuente: LA Vanguardia

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