En el barrio, todos saludan a Andrés, le miran sonriendo cuando le hacemos las fotos. Ha vivido en muchas casas pero claramente ha dejado huella en el el Barrio El Salvador, en el distrito de San Blas-Canillejas. Odia posar y encima todos los que pasan caminando parecen conocerle. Cuando le hacen fotos, es porque en vez de Andrés, es Magno, un músico que ha sufrido una enorme transformación. En su último tema, «Lo mío no es normal», lo explica.

–La música era un pasatiempo pero se volvió profesión.

–Empecé con 19 años, con mis amigos en la calle, pero de repente mis canciones empezaron a gustar. Tenía la oportunidad pero no le hacía mucho caso.

–¿Y los estudios?

–Mal. La ESO y el Bachillerato, fatal. Me echaron de varios colegios… un desastre.

–¿Qué pasó?

–Que las normas siempre han sido difíciles para mí. Soy hiperactivo y tengo déficit de atención… de todo. Hay más comprensión ahora, pero antes te vetaban. Siempre he sido muy creativo y cuando me ponían a estudiar era imposible, aunque ya tengo una gran capacidad de lectura. En lo que me gusta soy bueno, pero en lo que me obligan, nefasto. Empiezo a boicotearme a mi mismo…

–¿Y en la calle?

–Fui problemático. He tenido algunos sucesos pero logré reencauzarme.

–¿Se puede hablar de ello?

–A los 20 años tuve petición de cárcel y me asusté. No he sido mala persona pero sí muy impulsivo y esa parte incontrolada te puede llevar a equivocarte y sobre todo a hacer sufrir a otros.

–Tenía un buen genio.

–Sí (risas), he sido guerrero, tenía un pronto terrible. Pero he aprendido a dejar de autoboicoterame gracias a la meditación y al conocimiento de uno mismo. He conseguido aplacar la vocecita que me quiere liar, la reconozco antes de que surja.

–¿Meditación?

–Soy un lector compulsivo y la meditación apareció cuando sufrí ansiedad y depresión. Fue cuando hace un año y medio me quemé todas las piernas y las manos (muestra la piel). Sucedió arreglando una moto, con gasolina. Me convertí en una bola de fuego. Y la operación salió bien, pero recuperarme no fue fácil. Aprendí técnicas de respiración y se abrió un nuevo mundo.

–Para ver sus pensamientos pero no aferrarse a ellos.

–Sí, permanecía así unas 3 horas diarias. Y llegué a hacer 5, porque cuando descubro cosas llego hasta el fondo. He logrado comprensiones de mí y del mundo brutales. También me sometí a un ayuno fuerte, durante dos meses, pero no total, claro.

–¿Por qué el sistema educativo no aprovechó su potencial?

–En la vida todo pasa por algo. Hace falta que todos nos conozcamos más a nosotros mismos. Yo no doy consejos a nadie.

–Hizo un proyecto, Magnifícate, para ayudar a otros.

–Sí, eran charlas en institutos y con la Fundación Pegasus. Lo inicié hace dos años pero me di cuenta de que no tenía las bases tan asentadas y le estoy dando una vuelta. En el terreno de la inteligencia emocional y el «coaching» hay mucho vendedor de humo y vi que podía caer en eso. Y lo continuaré, pero de otra manera.

–Ha tenido una vida intensa.

–Quemarme es lo mejor que me ha pasado en la vida. Siempre me pregunto qué me quiere decir la vida. Me he arruinado, me he quemado vivo y me ha pasado de todo, pero en vez de quejarme, trato de averiguar qué hago para que me sucedan esas cosas. He tenido experiencias dolorosas, pero el dolor está ahí cuando te salen los dientes, está en la naturaleza, está en el parto.

–¿Tiene creencias religiosas?

–Me interesan todas las religiones si hablan de amar a los demás y a ti mismo. Pero no me gusta que te pongan un traje en el que tienes que entrar. Primero te definías por la religión, luego por la doctrina política, y ahora nos seguimos atomizando: si eres feminista, vegano… no me gusta cuando tienes que pasarte a ti mismo por encima para encajar.

–Hay un traje que aprieta mucho que es el de rapero.

–Sí, lo llevé un tiempo, y me agobiaba. Parecía que tenía que hablar y pensar de una manera… Tuve miedo de quitármelo para no perder público.

–¿Por qué lo hizo?

–Estaba en un momento en el que me sentía atacado por el mundo y necesitaba defenderme. Pero cuando me sentí mejor conmigo mismo, mi discurso y mi música cambiaron. No podría hacer lo de antes porque ya no tengo ese odio ni ese miedo. Yo soy real y me expreso como soy.

–Es más sincero.

–Pero he pagado las consecuencias de ser yo mismo, porque a mucha gente no le encaja que lo seas. Yo no quiero que quien me escucha sea como yo, sino que cada uno se siga a si mismo. Cuando me quemé, en el hospital, escuché temas míos y me preguntaba: «¿He hecho estas letras para mí?» Y lloré por eso. No veía ni la TV, solo pensaba en qué estaba haciendo. Todo resultó una experiencia positiva.




Fuente: La razon

A %d blogueros les gusta esto: