El martes, en el hotel Alma, coincidí con el detective Sherlock Holmes, que estaba desayunando unos apetitosos huevos revueltos. No acerté a ver en su mesa ningún estuche de cuero marroquí. Luego, llegó al hotel el franciscano y también detective Guillermo de Baskerville, creado por Umberto Eco y protagonista de su novela El nombre de la rosa. El fraile saludó a Sherlock Holmes, se sentó en su misma mesa, pidió un vaso de agua, y los dos comenzaron a hablar de Carlos Pujol y de su novela Los secretos de Sant Gervasi, en la que aparece el detective inglés. La presencia de Holmes y de fray Guillermo en el hotel Alma no me sorprendió. En el programa de BCNegra figuraban una serie de conferencias dedicadas a la novela de Pujol, que acaba de ser reeditada, y una exposición gráfica dedicada a Holmes.

La presencia del humano fray Guillermo me obligó a pensar en la abadía italiana Sacra di San Michele, ubicada en el Piamonte, en la cima del monte Pirchiriano, y que no hace mucho fue pasto de las llamas. Se cuenta que fue la que inspiró a Eco para describir la abadía benedictina que aparece en su novela. O sea que, el martes, en el hotel Alma, pensando en abadías, recordé a Ubertino da Casale, franciscano calvo, inquietante y casi transparente. De él recordé que, en cierto momento, mientras observa una imagen de la virgen, acaricia la mejilla del novicio Adso de Melk y le dice: “Cuando la naturaleza femenina, naturalmente tan perversa, se sublima en la santidad, entonces acierta a convertirse en el más elevado vehículo de la gracia”. Pero hasta el franciscano Ubertino supongo que sabía que determinadas perversidades no las procura la mujer sino ciertas leyes humanas propiciadas por la jerarquía de la Iglesia. Perversidades que también se siembran, cultivan y cosechan fuera de ella. Recordar a Ubertino es escuchar las trompetas del Apocalipsis. Y recordar al dulcinista y hereje Salvatore, muerto en la hoguera, es pensar en la Inquisición.

El sexo, condenado desde los púlpitos, vuelve a ser motivo de gran pánico en monasterios muy simbólicos y también en el Vaticano. Desde hace años, las víctimas de la pederastia por parte de eclesiásticos han decidido hablar en voz alta. Las víctimas que aún viven, claro. Y, mientras tanto, Francisco dice que los pecados “cometidos de la cintura para abajo son los más leves”. El pecado es invento o concepto que sólo afecta a los católicos, pero el Papa debería distinguir entre el sexo consentido entre adultos y los abusos sexuales cometidos por eclesiásticos y cuyas víctimas son o fueron menores de edad. Quizá, como dice Sandro Magister, el Papa debería reconocer los abusos sexuales como lo que son, sexo, y no definirlos o enmascararlos como abusos de poder eclesiástico.

Cuando le pregunté a fray Guillermo si habían requerido sus servicios en algún monasterio español se limitó a sonreír. Luego, tuvo un recuerdo para Paco Camarasa, antiguo comisario de la semana BCNegra.

“Penitenciágite”. Eso decía Salvatore.




Fuente: LA Vanguardia

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