La expectación era enorme y los precios, desmedidos. Hasta 250 euros se pedían en la reventa (y eso que las entradas eran aparentemente nominales) para ver a Green Day en La Riviera, cuando bien podrían haber llenado el Wanda. Pero esa locura había precedido la actuación sorpresa de los californianos en Madrid, en una presentación atípica, por sorpresa, en la que hasta las acreditaciones de prensa habían sido pagadas a la empresa promotora. Así sucede con los grupos generacionales. ¿Valdría la pena o el concierto sería un vomitivo fondo de Instagram?

Green Day pusieron melodía a la desidia de la generación de los 90, azúcar a la metanfetamina y estribillo al sentir adolescente de una época en la que la historia se había acabado. O eso nos dijeron. La sala estaba llena y ansiosa y de repente salieron como una metralleta: «Esta canción se llama » Burnout»», dijo Billie Joe Armstrong. No me estoy haciendo mayor, me estoy quemando, canta ese estribillo, que no ha envejecido un segundo. Cuando la siguiente canción, «Having a Blast», comenzó, ya estaba claro: iban a interpretar, de corrido y en orden, «Dookie», su álbum de debut, grabado a fuego en la memoria de los dos mil y pico de anoche en Madrid. Ningún cartel detrás, ninguna proyección salvo la de su nombre en letras rojas, con el juego de luces de una banda de barrio pero mucha mucha velocidad, los de Berkeley volvían a tener… Bueno, 25 años menos, los que tiene el «Dookie». Todo el descontento de «Longview» (estoy harto de la misma mierda de siempre, ¿donde esta la motivación?) y toda la pena de «Pulling Teeth» (¿puede el punk melódico hacer derramar alguna lagrimilla? Está claro que puede) tuvieron el subidón necesario en «Basket Case». Canciones de amor adolescente de cuando teníamos amores adolescentes y que hablan de mamá y papá salpicados de unos cuantos «Viva España» que hacían despertar de la fantasía de 1994. Aunque, al final del disco, una cosa quedaba clara: estábamos jodidos entonces y lo seguimos estando ahora, y de eso va la discografía de Green Day hasta hoy, de intentar ser lo menos idiotas posible. El problema se planteaba cuando los 45 minutos del «Dookie» se acabasen (incluida la canción «secreta» al final del disco ¿se acuerdan de cuando se hacían esas cosas?), ¿qué iba a pasar? Pues mucho más, porque convertidos en sexteto hicieron «I Want to Be a Minority», «Father of All…», adelanto de su nuevo disco, que se publicará en 2020, «Revolution Radio», «On Holiday», «Boulevard of Broken Dreams» y un buen número de temas de la discografía reciente que, por lo que pudo verse anoche, también tiene su público aunque sea difícilmente comparable al repertorio de «Insomniac» del que, cicateramente, solo tocaron «Brain Stew». En su ejercicio de memoria se remontaron al pretérito «1039/Smoothed Out Slappy Hours» con «I Was There», que dice: «miro en el pasado y quiero hacer que dure. Yo estuve allí». Ellos tenían 19 años entonces y mira, allí estábamos anoche mientras se pueda recordar. Luego, «American Idiot», «Jesus of Suburbia» y nos preguntábamos al principio que si valió la pena o si la historia se había acabado. Ya saben la respuesta.




Fuente: La razon

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