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Granada, una presentación frustrada


El nuevo equipo que comanda el Festival de Música de Granada ha realizado su presentación en jornada doble: primero en Madrid y luego en Granada. Esto de las presentaciones tiene su miga. En mayo del año pasado me referí a varias de ellas, comparando unas con otras. Salían claramente vencedoras las de las temporadas que efectuaba la OCNE. Sabían cómo hacerlo y, hasta la pasada edición, contaban con los medios para ello. Si tuviese ahora que elegir la peor de todas ellas, ésta sería la reciente de Granada. La cita fue convocada a las 13:30, una hora bastante intempestiva, muy próxima al almuerzo, en el propio Ministerio de Cultura, por lo que necesariamente había que entregar DNI y pasar los controles de seguridad. Diez minutos de atasco en el hall. Las sillas del salón de columnas necesitan un buen repaso y mucho más la megafonía, absolutamente impropia. Ya se sabe que en estos casos tienen que hablar los políticos implicados, pero se espera una brevedad que no existió. Cuando Heras-Casado tomó la palabra para contar la programación, eran ya más las dos. Había preparado un discurso que hasta incluía un texto de Antonio Muñoz Molina, por cierto que lo suyo claramente no es recitar, sin tener en cuenta el reloj de arena. Concluyó casi a las tres de la tarde y, posiblemente dada la hora, nadie brindó la oportunidad a los asistentes de preguntar y a ninguno de ellos se le ocurrió hacerlo. En estos casos suele haber un cóctel al final, que en esta ocasión brilló por su ausencia. Y no es que a los periodistas y críticos haya que echarnos de comer. No, es que supone la ocasión para un intercambio de opiniones que incluso era más necesaria esta vez, ya que se trataba de que el nuevo equipo conociese y departiese con quienes vamos a escribir en el futuro sobre su gestión. A los nuevos gestores les falta un hervor en este tema. Mejorarán porque son inteligentes. Eso sí, desde luego ni Granada ni el Ministerio se arruinaron. Aquellas espectaculares galas de la OCNE, a las que me referí al inicio, costaron al Inaem en tres ediciones 297.000 euros, más de los doscientos mil que, como escribí entonces, se decía en los medios musicales. Unos cien mil euros por año en gastos directos imputables a la OCNE, más otra suma difícil de evaluar de indirectos que cubrió el propio Auditorio Nacional y que no se le imputaron porque todo quedaba en casa. En la casa del Inaem, que es quien firmaba las autorizaciones para sus puestas en escena, y no en la de la mera unidad de producción que es la OCNE, sin personalidad jurídica ni fiscal. Por eso se acabaron aquellos lujos cuando el Inaem dejó de firmarlos, de autorizarlos, aparentemente coincidiendo con mi opinión personal expresada entonces. La cuarta presentación, la última, mucho más modesta, ya no tuvo punto de comparación. Entre aquellos lujos y la pobreza de Granada hay términos medios.




Fuente: La razon

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