En realidad, la existencia de las Spice Girls fue bastante breve. ¡Pero cuánto nos cundió a muchas preadolescentes! La primera vez que escuché hablar de ellas fue en julio de 1996, el mismo mes en que lanzaron su primer single, gracias a una de esas revistas que memorizábamos como las tablas de multiplicar. Yo solo tenía 13 años, pero aquella noticia se me quedó grabada porque una banda compuesta exclusivamente por chicas era una rareza en tiempos de New Kids On The Block o Take That

Cinco meses más tarde, en noviembre, Mel B., Victoria, Mel C., Geri y Emma sacaron su primer álbum y visitaron el plató del programa Sorpresa, sorpresa. Habrá quien no lo recuerde o no llegara a conocerlo, pero Sorpresa, sorpresa era un programa de Antena 3 que se emitió entre 1996 y 1999 y en el que algunos famosos sorprendían a sus fans. Además, el programa es una enciclopedia de los iconos y las modas de los años noventa. Pues bien, las mismísimas Spice se presentaron en aquel plató para conocer a cinco chicas que imitaban sus bailes, por quienes entonces debí sentir auténtica envidia. Cinco meses habían sido suficientes para ganarse de admiración de muchas personas.

Para entonces yo ya tenía montado un auténtico santuario del grupo en mi dormitorio, como ocurría en tantos otros dormitorios de la época. Aunque en mi caso los pósters ocupaban los ángulos ciegos de la estancia: detrás de las puertas y en los laterales de los armarios. La razón es que mis padres no veían con buenos ojos el despliegue de patadas al aire y el comportamiento desenfadado de las cinco spices.

No quiero ver por aquí nada de esas cualquiera a las que escuchas me decía mi madre.

Tienen un nombre: ¡se llaman Spice Girls! le contestaba con ira preadolescente.

Incluso guardaba mis revistas musicales debajo de la cama, como si fueran revistas porno. Encontré comprensión precisamente en las secciones dedicadas a los fans que poblaban esas revistas, como la Super Pop o la Bravo. Escribí a un grupo de fans de las Spice que había en Madrid, por si les interesaba que montase una delegación en la zona de Alicante y Murcia, porque yo vivía en Orihuela, una ciudad entre ambas capitales. Ellos accedieron, así que, echando mano del boca a boca, los carteles, nuestros teléfonos fijos y los primerizos emails, el club quedó constituido a comienzos de 1997.

Nos lo pasamos en grande con nuestra afición compartida. Los lunes, que entonces era el día de la semana en que se lanzaban los discos nuevos, hacíamos como que íbamos a la biblioteca, pero en realidad nos subíamos al tren para acercarnos a El Corte Inglés de Murcia y curiosear entre los nuevos lanzamientos (y colocar los discos de las Spice en los lugares más visibles, por supuesto). También acudíamos a las papelerías para hacer fotocopias ampliadas de los artículos que se publicaban en las revistas y así compartirlos. Entonces las cosas no podían compartirse solo con un click.

Algunas de nuestras actividades eran más aparatosas, como las flashmobs (obviamente, aún no recibían ese nombre) que organizábamos en la estación de Cercanías cuando nos disponíamos a subir al tren. ¿Cuántos grupos de amigas empezarían a bailar juntas imitando a las Spice Girls?

Mi oportunidad para verlas de cerca llegó el 6 de octubre de 1997, cuando pasaron 24 horas en Granada y 5.000 personas nos congregamos bajo el balcón del ayuntamiento para que nos saludaran. Yo viajé gracias a un concurso radiofónico que me permitió cubrir los más de 800 kilómetros que separan, previo paso por Madrid, Orihuela y Granada. Otra de las 5.000 personas que vieron aquel día a las Spice fue mi hermana, que no tuvo más remedio que acompañarme porque yo era menor de edad, convirtiéndose en la primera damnificada de mi afición por las Spice.

Sin embargo, no conseguí ver una de sus actuaciones hasta su concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid en marzo de 1998, dentro de la gira Spiceworld Tour, en la que visitaron 16 países, demostrando que, en esos pocos meses de existencia, ya se habían convertido en un fenómeno global. Por supuesto, aquel momento fue uno de los más importantes de mi biografía como fan. Lástima que no pudiese degustarlo largamente, ya que solo un par de meses más tarde, en mayo, Geri Halliwell abandonó el grupo, dejando que las otras cuatro componentes terminaran la gira sin ella.

Sus seguidores nos quedamos desolados. Entonces protagonizamos la acción más cantosa en la historia de nuestro club de fans: cortamos el tráfico en la Gran Vía de Murcia con una sentada para pedir a Geri Halliwell que no se marchara de las Spice Girls. Tengo que reconocer que nunca me sentí cómoda con esa decisión, pero como presidenta me debía a los integrantes del club. Y también tengo que decir que Geri no nos hizo ningún caso, lógicamente, de modo que la existencia del grupo se prolongó sin ella hasta 2001.

Sin embargo, la banda se había ido deshilachando progresivamente y cada integrante empezó a preparar el terreno para sus respectivas carreras en solitario. Ese mismo año, en 2001, me trasladé a Madrid para estudiar Periodismo. Y antes de comprarme los libros para la facultad, y podría decir incluso que antes de deshacer mi maleta, me planté en las oficinas de Virgin, donde les propuse mantener con vida clubes de fans para las incipientes carreras en solitario de sus cinco integrantes. Por mi insistencia, la recepcionista de aquella oficina se convirtió en la segunda gran damnificada de esta historia.

Aquella labor como presidenta del club de fans fue más corporativa y menos improvisada que la de Alicante y Murcia, ya que consistió básicamente en organizar las campañas de lanzamiento de los discos y manejar un documento excel para llevar un control sobre la información que llegaba a los fans y a los medios. Pero me sirvió para conocer cómo funciona la industria musical y para acabar trabajando en ella. Y, sobre todo, para conocer en persona a Mel C., mi favorita de las Spice, quien, por fortuna para mí, entonces también era la más activa musicalmente hablando.

Una vez incluso estuve en su casa preparando la promoción de uno de sus discos. Nuestra relación llegó al punto de que una vez nos cruzamos por la calle en Londres y ella me reconoció, para alucine de los amigos que me acompañaban. En otra ocasión, Mel C. me presentó a Emma, ya que por aquel entonces eran vecinas.

Por lo que he contado antes tampoco quiero trasladar la imagen de que los clubes de fans sean un mundo repleto de camaradería, en el que sus integrantes viven armónicamente e inmersos en una película musical. No, los clubes de fans tienen un lado oscuro.

Yo he vivido cosas feas, desde triquiñuelas rebuscadísimas para asegurarse las primeras filas en los conciertos hasta intentar dejarme en mal lugar delante de la mismísima Mel C. Aquello ocurrió un día en que a mi ídola le dio por actuar en Londres el mismo día que Madonna lo hacía en Lisboa.

Yo nunca había visto a Madonna en directo, y tenía miedo de que fuese mi última ocasión (quién iba a decirme entonces que seguiría igual de estupenda veinte años más tarde), de modo que decidí ser infiel musicalmente a mi gran referente. ¿Y no va otro fan y le dice a Mel C. que yo había preferido ver a Madonna que verla a ella? La respuesta de la exspice, según me relataron otros fans, debió dejarla bastante planchado:

Pues hace muy bien. A mí también me encanta Madonna.

La vida del fan, pues, está hecha de largas esperas, muchos esfuerzos, grandes alegrías y pequeñas miserias. El imaginario popular asocia la figura de los fans a la de personas con escasa personalidad y que se dejan arrastrar por admiraciones irracionales. Eso es algo que me pesó al comienzo de mi carrera en la industria discográfica, ya que la gente dudaba sobre si sería capaz de tratar de manera objetiva y profesional a los artistas. Pero creo haber demostrado, con el paso de los años, que era algo perfectamente compatible. En 2018 la revista Yo Dona me incluyó en el listado de mujeres más influyentes de la cultura en España, junto a muchas mujeres increíbles a las que admiro.

Este nombramiento me hizo sentir orgullosa por mis padres, que pensaban que el mundo de la música «jamás me daría de comer», usando una expresión tan típica de padres. Cuando salió publicada aquella revista, mi padre, a sus 82 años, se dirigió a la biblioteca con la lupa que ahora utiliza para leer. Y me consta que se sintió especialmente orgulloso, aunque lo expresara con una parquedad también propia de los padres de su época:

-¡Qué bien debes hablar inglés para que te hayan dado ese premio! -me dijo, levantando la mirada del plato durante una comida.

Pero bueno, no quiero que este artículo sea solo un recuento de batallitas personales. Al fin y al cabo, el centro de toda esta historia lo ocupan cinco chicas británicas que, casi sin experiencia previa, pusieron a bailar al planeta. Con el paso del tiempo he aprendido que, en parte, las Spice Girls fueron un producto musical prefabricado. Pero eso tampoco empaña muchos de sus logros, como hacernos sentir, a muchas de nosotras, capaces de cualquier cosa. Entonces escaseaban las mujeres en la esfera pública comportándose con semejante desenfado. Fueron, a su manera pop y comercial, un referente del poder femenino.

Y también quiero que esta sea una reflexión sobre la manera en que nos relacionamos con nuestro pasado. Podría sentirme un poco avergonzada por algunas de las cosas que hice siguiendo a la banda, pero no. Para mí no es más que una etapa de mi desarrollo personal, de una búsqueda que todos seguimos a lo largo de nuestras vidas. Me relaciono con mi pasado como con una expareja: al principio te da cierta aprensión verla, pero luego te acuerdas de las cosas divertidas y lo naturalizas.

Las Spice Girls se han reunido este año y están girando por Reino Unido, aunque sin mi tocaya Victoria. Confieso que he mirado muchas veces los horarios de los vuelos, por si lograba escaparme a verlas. Pero no he terminado de decidirme. Quien sí lo hizo fue mi amigo Raúl. Si yo sufrí incomprensión por que me gustaran las Spice, él tuvo que enfrentarse a comentarios más hirientes. Y me encantó leer en sus redes sociales el mensaje con el que acompañó una fotografía del concierto: «Lo que antes me avergonzaba, hoy es mi bandera». Y creo que es una bonita manera de relacionarse con nuestro pasado.

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Fuente: El Pais

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