Cultura

Francia despide a Johnny Hallyday con honores de héroe nacional | Cultura


Como el de Victor Hugo el 1 de junio de 1885, el ataúd de Johnny Hallyday descendió este sábado por los Campos Elíseos desde el Arco del Triunfo ante miles de personas congregadas para despedir a un ídolo en el que millones de franceses se reconocían. Hallyday ni fue un gran escritor, no tuvo un papel político destacado —era un hombre reservado y más bien complaciente con el poder, amigos de varios presidentes— y ni siquiera fue un creador especialmente original, sino más bien un intérprete de la música americana de su tiempo.

Pero, como pudo comprobarse en el homenaje popular en París, que culminó con una misa en la Iglesia de la Madeleine, Johnny, como le llamaban, tocó una fibra especial en Francia, estableció una conexión única con este país más allá de sus divisiones ideológicas, económicas y geográficas.

La muerte el miércoles de Jean-Philippe Smet —el nombre original de aquel muchacho de origen belga fascinado por Elvis y Estados Unidos que a su manera cumplió el sueño francés— ha sido momento de duelo nacional, y de hipérbole. Será enterrado en la isla antillana de San Bartolomé. Tenía 74 años.

La comparación del homenaje fúnebre con la muerte de Victor Hugo, una de las figuras mayúsculas de las letras francesas y universales, no es gratuita. Por el escenario —los majestuosos Campos Elíseos, acompañado, en el caso de Johnny, por medio millar de moteros en Harley Davidson— y por la capacidad del difunto de movilizar tanto a los franceses de a pie como a las autoridades del país.

A la espera de la llegada de la comitiva, frente a la Madeleine, la banda de Johnny interpretó su repertorio sin la voz. Tres de los cinco presidentes vivos —el actual, Emmanuel Macron, y sus antecesores inmediatos, Nicolas Sarkozy y François Hollande— asistieron a la ceremonia. Macron glosó la vida de Johnny Hallyday como “un destino francés”, el de un hombre que “diez veces se reinventó”, una “fuerza que va, como decía Victor Hugo”, es decir, que empuja, enérgica e imparable hasta el final. 

Alexandre Farez, pintor en el sector de la construcción de 35 años, y Dominique Baudeau, albañil jubilado de 62, se subieron a su motocicleta a primera hora de la mañana y recorrieron las dos horas y media de ruta entre la provincia de Turena, donde viven, y París. El cielo lucía azul y el termómetro marcaba cinco grados. A Farez y Baudeau, próximamente yerno y suegro, les une además la pasión por Johnny. Farez vio a Johnny unas 30 veces en concierto, la primera cuando tenía 18 años, la última hace dos. Baudeau, unas 15, la primera a los 14 años.

“Se me puso la piel de gallina, el corazón me latía fuere, yo temblaba”, recuerda Baudeau. Casi como ahora. “Era un mito, un monumento. Forma parte de nuestra vida. Lo escuchaban mis abuelos, mis padres y después yo me identifiqué con sus canciones”, dice Farez. No ha olvidado el día, después de un concierto, en que Johnny le dio la mano. “Tenía un lado humano, siempre muy cercano al público”.

No existen las unanimidades completas. En la despedida de Johnny Hallyday se han escuchado voces que cuestionan los excesos. El desfile por los Campos Elíseos: no sólo como Hugo, también como las tropas francesas el 14 de julio o el presidente de la República el día de su investidura. O la ceremonia en la Madeleine frente a los máximos representantes del Estado, mezclados con la familia —su esposa Laetitia, sus exesposas Sylvie Vartan y Nathalie Baye— actores, músicos y celebridades.

“Exageramos un poco, ¿no?”, escribe Laurent Joffrin, director del diario progresista Libération. “Imitador de genio que suscitaba imitadores pero que lo era él mismo, camaleón de gran talento, maestro de la escena, menos original en la creación, vividor que gastaba su dinero sin contarlo, salvo cuando se trataba de cumplir con los impuestos, de los que tenía un concepto exótico”.

“La ambigüedad de las ceremonias demasiado grandiosas”, titula el columnista literario Jacques de Saint-Victor en el diario conservador Le Figaro. Saint-Victor, citando al historiador Pierre Nora y la serie de libros que este coordinó sobre los “lugares de la memoria” en Francia, habla de “acontecimientos-monstruo” que ilustran “lo maravilloso en las sociedad democrática”, los restos de “lo sagrado que se ha laicizado, que no desaparece, incluso en las sociedades más secularizadas, y que resume las prioridades del régimen”. Acontecimientos como la muerte de un cantante famoso crean identidad, pueden ayudar a cohesionar la nación.

Johnny, dijo Macron en su discurso a las puertas de la Madeleine ante la multitud de fans y los allegados, “atravesó el tiempo, las épocas, las generaciones y todo lo que divide a la sociedad”. “Y es por eso que estamos aquí, y también es por eso por lo que hablo ante ustedes”, añadió. “Porque somos una nación que expresa su reconocimiento. Porque somos un pueblo unido en torno a uno de sus hijos pródigos. Y, como él amaba Francia, como amaba a su público, a Johnny le hubiera gustado verles hoy aquí”.




Fuente: El país

Comentar

Click here to post a comment