FOTOS A VISTA DE MÓVIL / RAÚL CANCIO

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Las ciudades cada vez se parecen más a los perfiles de los usuarios de las webs de citas: proponen todos lo mismo para presentarse como diferentes. Por cada personaje que para atraer la atención de otros usuarios y potenciales ligues que se sirve de los mismos trucos para demostrar que no es como los demás —hago surf, escalo montañas, leo a Paulo Coelho, bebo mucho café, no compro en grandes superficies— hay una capital que se presenta como sostenible, moderna, cosmopolita, joven, dinámica, ideal para invertir o para gastar, a través de los mismos resortes. Estos van desde el transporte eléctrico hasta las tiendas de pequeños diseñadores, pasando por espacios de coworking con mesas de ping-pong o, claro, cafeterías contemporáneas. Todo el mundo bebe mucho café. Algún día alguien con hipertensión nos contará cómo llegamos a esto.

Pero hay una ciudad en el mundo, una enorme capital levantada en un lugar en el que apenas había nada, en el que toda esta modernidad basada en tópicos disfrazados de principios, pero de principios como los de Groucho Marx —si estos no le gustan, no se preocupe, mañana puedo copiar los de Ámsterdam o San Francisco— en el que la estandarización está encontrando tremendos escollos para tomar las riendas del asunto. Se llama Madrid. No es refractante a las obras faraónicas, a los edificios trofeo, ni a los sitios donde cobran 10 euros por una tostada con aguacate, pero en ella resisten unos miles de humanos que no son como los demás, porque, simplemente, viven en Madrid. Y a diferencia de otros lugares, no hace falta aventurarse hasta los barrios donde no llega el bus turístico para encontrarlas. Están en el centro. Y están en sus calles. Por el día. Por la noche. Un martes. Un domingo. Vivo en la calle de Segovia. Es domingo. Acabo de bajar a comprar cerveza y el periódico en el quiosco de Puerta Cerrada con la misma ropa con la que dormí. No salgo en estas páginas, pero podría. Es mi mayor logro desde que aprobé Semiótica en la Universidad. A la tercera.

Los que somos de fuera sufrimos un verdadero shock cuando llegamos por primera vez a estas calles del centro de la ciudad. Y vemos, por ejemplo, la hiperactividad de la gente mayor, que está todo el día por los sitios, cuando de donde venimos al cumplir cierta edad se les da una medalla y se les exime de pisar la calle, si no es para ir al mercado o a misa o a casa de los hijos a ver a los nietos. Estas calles no son como las demás, porque estas gentes no son como la demás. Obviamente, hay manteros, guitarristas, abuelos en buses, familias, turistas, rentistas con trajes en colores pastel. La afición de la gente con posibles de esta ciudad de vestir ropa dos tallas más pequeña de la que les corresponde en tonos que hacen que se les confunda con un helado de fresa y pistacho es algo antropológicamente fascinante. Para ellos debe ser normal; para los demás nos resulta tan contracultural como la gente que escala, hace surf o lee a Paulo Coelho. Es Madrid. Es su centro. Es el Astérix del siglo XXI. Algún día se rendirá.




Fuente: El Pais

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