Nazarí, un caballo torero lusitano de doce años, es sinónimo de alboroto. Sale al ruedo y lo inunda todo de torería. Es un espectáculo en sí mismo. Diego Ventura consiguió con él algunos de los momentos más brillantes de su completa actuación ante el primer toro. Solo la colocación del rejón de muerte, que provocó una abundante hemorragia, enfrió los ánimos del respetable, entusiasmado con el sentido del temple de Nazarí, con el que protagonizó un extraordinario tercio de banderillas y enseñó los secretos del temple con los despuntados pitones del toro enhebrados en la piel del equino. Con Gitano clavó garapullos al violín con quiebros contrarios, y la locura colectiva la alcanzó con Dólar, con el que se lució en un par a dos manos sin la cabezada.

En fin, una actuación tipo Ventura, superior, propia del rejoneador que ocupa la cima del torero a caballo con todos los honores.Y todo lo anterior lo corroboró ante el cuarto. Otra vez, delirio con Dólar, —banderillas sin cabezada— que se despidió andando hacia atrás de espaldas a la puerta de cuadrillas entre el fervor popular; y salió Sueño, otro torero, verdadero señor del temple, que se cuela por los adentros sin espacio entre el toro y las tablas; y Lío, el experto en quiebros, con el que rozó la perfección.

Solo un pero a la gran actuación de Ventura: otra vez, toros muy descastados, amuermados y cansinos. Otra vez, la necesidad de que un rejoneador de su categoría se enfrente a otras ganaderías. Otra vez, la urgencia de que el rejoneo ofrezca sensación de riesgo. Los toros de ayer, despuntados en exceso y mal presentados, eran impropios de esta feria. Serán más baratos que otros hierros, pero no esconden la presunción de engaño.

Leonardo Hernández se las vio, primero, con otro toro descastado y con escasa vida, ante el que destacó en pares de banderillas al quiebro y templó con torería a lomos de Enamorado. Conectó bien con el público y paseó una oreja a pesar de que mató mal. Otro trofeo paseó del quinto, tras una actuación correcta, ante otro toro descastado al que mató de un rejón sin lucimiento.

La campana salvó a Juan Manuel Munera, que confirmaba la alternativa, de que le echaran su primer toro al corral. Hubiera sido un borrón muy grave. Además, el grave correctivo no hubiera hecho justicia a una actuación solvente, propia de un caballero aún poco experto, pero criado en la escuela de la ortodoxia. Su debut en Las Ventas fue con un animal manso de solemnidad que buscaba con afán la puerta de salida. Templó con torería, se dejó tocar en muchas ocasiones las cabalgaduras, pero aprobó el duro examen, aunque emborronado con el rejón de muerte. Su esfuerzo ante el muy parado sexto fue evidente, lució en banderillas con Quitasueños‘ y Arrebato, y suspendió con el rejón final.




Fuente: El Pais

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