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Farruquito, un festejo | Cultura


El bailaor Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito, ayer en el Teatro Maestranza. Paco Puentes / atlas

A Farruquito le basta con poco. En primer lugar, porque anda sobrado de arte, y, en segundo, porque su enganche con el público es de tal calibre que cualquier gesto suyo obtiene una respuesta mayúscula, enardecida las más de las veces. Se establece de esta manera una dinámica acción-reacción que le hace crecerse aún más si cabe, y que lo mantiene en una más que positiva tensión. A esto se añade que el bailaor pareció llegar a esta segunda jornada de la Bienal con una voracidad inigualable, con un descomunal apetito de baile que mantuvo en escena gran parte de la función.

Farruquito

Baile: Farruquito, Gema Moneo, Barullo y Polito. Guitarra: Yerai Cortés. Cante: Mari Vizárraga, Antonio Villar y María Mezcle. Bajo y piano: Melchor Santiago. Flauta: Juan Parrilla. Percusión: Paco Vega y Polito. Invitados especiales: Pitingo y Jorge Pardo.

Teatro de la Maestranza. Sábado 8 de septiembre de 2018.

Durante el desarrollo de la obra, su participación fue constante y muy generosa, como si pareciera reclamar protagonismo en un espectáculo que es enteramente suyo desde el inicio. Como ejemplo, no se toma como un alivio las intervenciones de sus invitados de baile, Gema Moneo y Barullo. Qué va, sale y se une a ellos para rematar las piezas de forma conjunta y termina quedándose solo, alargando el baile, en algún caso de forma excesiva, aunque la noche fue en sí misma un exceso, sobre todo en la entrega. Un aire de festejo que recorrió toda la función.

El baile de Farruquito es de estirpe, ya se sabe. Él la vindica desde el arranque: la sombra de su figura ataviada con el sombrero que identificaba a su abuelo, el gran Farruco. Es algo simbólico, pero tal vez innecesario, pues su soleá inicial es una viva representación del linaje. Elegante, con los adornos justos, la fuerza en los pies que lo caracteriza, y también un juego de cintura que añade una mayor enjundia a su baile. Una prolongación del estilo de la casa estuvo en la seguiriya, que ejecutó con sobriedad y justeza su primo Barullo, antes de que él se sumase y la rematasen los dos entre bastones, otro icono de la saga. Las alegrías las presentó con blanca bata de cola y una liviana gracilidad la joven jerezana Gema Moneo, con la que se marcaría un delicado paso a dos. Se reservó para el final el baile por taranto y, encima de una ancha mesa, convocó a la apoteosis de un zapateado frenético.

Farruquito se había hecho acompañar de una banda muy completa que se desenvolvió sin fisuras, como si todo estuviera más que rodado. El bailaor tiró mucho del cante de las mujeres, que se prodigaron además en coros conjuntos. Fue contraposición la jondura de Antonio Villar. Color en las percusiones y en la flauta Juan Parrilla que se desdobló con compás y flamencura. No le fue a la zaga Melchor Santiago con bajo y teclados, mientras que Yerai dejó lirismo en el taranto y la intervención de Polito fue algo más que una transición.

Todo parecía listo para el fin de fiesta y los invitados especiales anunciados no aparecían. Tan solo Pitingo, que había salido para cantar un fandango, y ya hacia el final Jorge Pardo que, saxo tenor en ristre, se sumaría a las bulerías. Sin noticias de El Cigala, que no compareció y creo que nadie echó de menos, a pesar de estar anunciado. El público pareció quedar más que satisfecho con lo vivido.




Fuente: El país

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