Cuando escuché por vez primera la expresión “familia desestructurada”, me pregunté si mi desorganización mental tenía que ver con ese asunto. Me pregunto ahora si el desasosiego colectivo es hijo de sociedades rotas, de comunidades dislocadas. Combato el malestar con cuatro cucharadas diarias de sintaxis. Significa que me miro en la escritura como en un espejo. Cuando ese espejo me devuelve una imagen más o menos articulada de mí mismo y del mundo que me rodea, mi ansiedad se rebaja. Por el contrario, las frases desmembradas y las políticas sin horizonte, al evocar mi propia fragmentación, me sumen en el caos.

Soy un ansioso crónico. Siempre vivo en la hora siguiente a aquella en la que me encuentro. Los martes actúo como si me hallara en el miércoles y los miércoles como si hubiera alcanzado el jueves. Salgo de la cama dos horas antes que mis contemporáneos por miedo a llegar tarde a donde quiera que vayamos. Me presento en las estaciones de tren con varias horas de anticipo por si al taxi que me lleva se le pinchara una rueda. O las cuatro. Si veo una carrera de caballos por la tele, me identifico con el que va a la cabeza, no porque sea el mejor, sino porque tendrá más tiempo para preparar la siguiente competición. Cojo el teléfono antes de que suene, pues he desarrollado una curiosa habilidad para detectar la llamada segundos antes de que se produzca. Y llego al tanatorio antes que el muerto.

Todo esto no se puede ejecutar sin un desgaste emocional formidable que me proporciona, a cambio, estados transitorios de paz conmigo mismo. De ese modo reparo las grietas de una infancia un tanto cuarteada y de una vida, en general, sin sujeto, ni verbo, ni predicado. Una vida asintáctica, como la de mi país.

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Fuente: El país

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