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Aunque haya tenido la mala suerte de competir en la carrera por los ­premios contra el Freddy Mercury de Rami Malek y el Dick Cheney de Christian Bale, Viggo Mortensen materializa en
Green Book
el mejor trabajo de su carrera. Y si bien se ha marchado de cada gala –Globos de Oro incluida– con las manos vacías, no ha habido ceremonia a la que no haya sido invitado como uno de los nominados a mejor actor, y lo mismo ocurrirá en la noche del Oscar. Para el filme con el que Peter Fa­rrel­ly demuestra que puede hacer algo más que comedias disparatadas, el actor criado en Argentina que se ha mudado a Madrid subió 20 kilos para encarnar a un hombre de pobre cultura que empieza la historia como un racista y la termina habiendo aprendido la lección.





¿Cómo fue el proceso para convertirse en Tony Lip?

Al principio estaba nervioso. Pete estaba seguro de que yo lo iba a ­poder hacer bien, pero yo estaba un poco inquieto porque no soy italoamericano y no me interesaba hacer una caricatura o faltarle el respetoa la gente de esa comunidad, y era consciente de que podrían haber elegido a un actor de ese origen. Pero nunca tuve dudas con respecto al guion. Me maravilló cuando lo leí. Tuve la suerte de trabajar en algunas buenas películas, como Captain Fantastic, que hice antes de Green Book y cualquier actor se hubiera sentido feliz con actuar en sólo uno de estos filmes en toda su carrera. Pero nunca leí un guion que fuera tan sólido, tan entretenido, con una estructura tan clara y diálogos tan brillantes. Es un relato profundo que me hizo pensar sobre nuestra historia como país y sobre dónde estamos ahora. Uno de los puntos fuertes de la película es que no te ­dice cómo tienes que sentir o pensar; es simplemente una gran historia sobre dos personas que existieron y que te hace salir del cine sintiéndote de una manera diferente a cuando entraste. Eso es clave.

¿Fue duro pasarse todo el ro­daje comiendo?

Sí. Al principio lo disfruté y fue muy divertido. La comida que nos daban en el plató para comer mientras filmábamos era muy buena, pero después de un tiempo me harté porque me di cuenta de que tenía que seguir comiendo a ese ritmo sólo para mantener el peso que tenía en el momento de comenzar la filmación. A veces me tomaba el fin de ­semana y aprovechaba para volver a mi dieta habitual, y cuando volvía al rodaje el lunes la gente del vestuario me decía que los pantalones me quedaban un poco flojos. La técnica que usé, que era horrible para mi salud y no se la recomiendo a nadie, era hacer una cena opípara, con un postre y a veces dos, justo antes de irme a dormir. Esa fue la única forma en la que pude mantener un sobrepeso de 18 o 20 kilos. Además hice pesas para tener un cuerpo tan musculoso como pudiese, porque era el apropiado para el personaje. Lo más difícil fue encontrar la forma de hablar y el lenguaje corporal. Me ayudó mucho Nick Vallelonga, uno de los guionistas y quien ha ­estado con esta historia durante 25 años, que fue también el que se la llevó a P eter Farrelly, y el que le ­prometió a Don Shirley que no la contaría en una película hasta que él falleciera.




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¿Hubo algo que aprendió sobre Tony Lip Vallelonga que le hiciera interpretarle mejor?

Me pasé mucho tiempo con su familia, escuchando cómo hablaban, la forma en que gesticulaban. Mientras preparaba el personaje me fui dando cuenta de que no era completamente imposible que yo pudiera interpretarle, porque me empecé a acordar de cosas de cuando yo era niño en Argentina; de amiguitos que tenían apellidos italianos y compartían ese mismo lenguaje corporal. Pero les debo a los Vallelonga mi interpretación. Si no hubiera sido por ellos, no habría podido ser tan detallista en el comportamiento de Tony.

La clave del buen funcionamiento de la película es la relación que tiene en la pantalla con Mahershala Alí…

Es que es un actor fantástico. Cuando finalmente acepté encarnar a Tony Lip, le pregunté a Peter a quién tenía en mente para el papel de Don Shirley y él me dijo que esperaba que fuera Mahershala. Le dije que le iba a caer muy bien porque nos habíamos conocido el año anterior y nos llevamos de mara­villa. Incluso le dije que si lograba conseguirlo tal vez la película fuese tan buena como el guion. Es que, si te fijas, los diálogos son brillantes, pero la mayoría de las escenas son de dos hombres en un auto, lo cual puede ser muy aburrido. Por suerte Mahershala aceptó, nos encontramos unos días antes de que comenzara el rodaje, nos llevamos muy bien durante la filmación y nos reímos mucho. Las dos primeras semanas de filmación eran escenas en las que yo estaba conduciendo y ­supuestamente le estaba mirando por el espejo retrovisor, excepto cuando me daba la vuelta hacia él y él me decía: “ Tony, no te des la vuelta, mantén la vista en el camino”. En realidad, yo no podía verle en el ­espejo retrovisor, porque allí era donde estaba la cámara. Yo hacía como que le veía y él hacía como que me veía a mi. La realidad es que él le estaba hablando a mi nuca y yo sólo oía su voz.





Y cuando llegó el momento de mirarse, ¿cómo fue?

Una semana después hicimos nuestro primer cara a cara, el de la cena en la que le digo que mi esposa compró su disco sobre huérfanos, y él me responde que el disco se llama Orfeo. Confieso que esas primeras tomas frente a frente me resultaron muy difíciles, porque me costaba mucho no reírme mientras le veía haciendo esos gestos de disgusto y desaprobación. En esos momentos comprendí que no sólo estaba haciendo de un italoamericano, sino que estaba incursionando en la comedia. Trabajando con Mahershala aprendí rápidamente que es como cualquier otro tipo de actuación. Todo pasa por escuchar a tu compañero y seguir la música de la escena. Si te adelantas en el ritmo no es divertido, y si te atrasas tampoco. Sólo funciona si reaccionas en el momento preciso en el que lo tienes que hacer y si tu compañero hace otro tanto. Lo cierto es que me ­divertí mucho filmando con él y me entristecí cuando terminó el rodaje porque sentía que podíamos haber inventado algunas escenas más. Pero Peter dijo que no, que ya no teníamos tiempo ni dinero y que era hora de que nos fuéramos todos a casa.








Fuente: LA Vanguardia