Está en estado de gracia. Coque Malla (Madrid, 1969) publicó seguramente su mejor disco en solitario (o al menos así lo ha probado el público en números) hace 3 años. «El último hombre en la tierra» era un trabajo pop vestido de las infinitas posibilidades que da la música sinfónica y el trabajo tuvo un éxito suficiente como para tener una prórroga. Fue «Irrepetible» (2018) y la gira de aquellas canciones duró tres años. Ahora, con la idea de no hacer solo una segunda parte de ese trabajo, publica hoy «¿Revolución?» (Warner) un álbum que juega con texturas electrónicas, con aires funky y con un concepto de fondo, el del título.

–¿Es un disco conceptual?

–No había una idea preconcebida, pero escribí las letras en una semana, en el campo, adonde me retiro a hacerlo habitualmente. Al terminarlas, vi una historia. Apareció el concepto de revolución. Tampoco es alta filosofía, pero había un pequeño hilo conductor, algo que me permitía imaginar las canciones juntas. Pero no está hecho a priori. El disco empieza con «¿Revolución?» que plantea una pregunta y el resto pueden ser respuestas. Y armé el puzle. Pero no fue premeditado.

–La voz de la primera canción dice que las cosas no se pueden cambiar. Abre una puerta.

–Absolutamente. Es una pregunta que es respondida de forma pesimista o negativa. Y es verdad que la revolución es imposible, pero hay parcelas donde ejercer esa soberanía. Y la canción que sigue es eso exactamente: algo así como «solo nos queda la música». Todo lo que fuimos desapareció, alguien lo compró y después nos lo vendió. Estamos jodidos pero nos queda la música. Y como metáfora, nos queda el alma, eso no nos lo pueden arrebatar. Y otra cosa, la libertad personal para ser felices.

–Revolución es una palabra con muchas resonancias.

–Está en boca de todos la sensación de que tenemos herramientas, como las redes sociales, para cambiar las cosas. Da la sensación. ¡Estamos cambiando el mundo! Pero es una revolución formal, no es profunda, de verdadero cambio. Es de aparentar. Algo se deben estar cambiando, pero de manera muy formal y no hay una revolución de fondo, no la veo posible. Sobre todo porque las herramientas que tenemos al alcance de la mano para cambiar las cosas las utilizamos para ser menos libres todavía. Y porque las redes sociales, que nos podrían dar la oportunidad de liarla parda, las utilizamos para el insulto. Nos convertimos nosotros en jueces y policías, nos convertimos en poder. Porque el poder es muy atractivo. Te ves en tu casa con una falsa idea de poder y lo utilizas para eso, para ejercerlo sobre otros en vez de para atacar el poder real. Eso lo hace muy complicado. Somos pequeños vigilantes, jueces.

–Censuramos, reprobamos, aleccionamos.

–Completamente. En vez de unirnos. Es como un mono que se encuentra una porra y en vez de pegarle a quien le tiene enjaulado, la usa para pegar al mono de al lado. Eso es intrínseco al ser humano. Por eso veo imposible una revolución.

–Desde luego no una entendida como las antiguas.

–A menos que llegue un cataclismo o un holocausto nuclear… o un meteorito que realmente diese la vuelta a la tortilla.

–Una catástrofe climática o una terrible sequía.

–De eso vamos camino.

–A partir de la primera canción, el resto son respuestas a esa «Revolución».

–Sí, pero son alternativas individuales, no en un sentido político. Por ejemplo, «Árbol» trata sobre vivir con lo tangible, con la idea de intentar algo quijotesco, pero del Quijote que se cura. Cuando asesa y vuelve a tierra. Dejar de ser tan soñador y tan ambicioso y pisar tierra.

–«Polvo cósmico» es otra salida.

–Para mí, es una canción muy romántica, del romance llevado al polvo cósmico, me di cuenta de que la expresión tenía esa doble lectura y lo dejé. Es una fantasía sobre una pareja que va abandonando todo progresivamente hastra abandonar la materia. Primero se alejan de la gente, luego se van de la ciudad y viajan al espacio hasta convertirse en polvo, un romance tan bestia que les hace abandonar la materia, el tiempo y el espacio.

–Cada canción es una respuesta…

–…para abandonar esta mierda.

–Colabora con Kase. O.

–Yo siempre he escuchado mucho a Prince y él, en sus temas disco, mete partes rapeadas en vez de un solo de guitarra. A mí no me resulta nada rara esa combinación. Y quería hacerla, pero claro, yo no puedo y pregunté a ver quién era el mejor. Todos los caminos conducían a él. Luego he podido percibir el respeto que le tiene todo el mundo, que es reverencial. Ha resultado ser una persona increíble y creo que su parte es uno de los mejores momentos del diso.

–Es un trabajo con influencias nuevas.

–Se puede hablar de tres. Descubrí «Random Acces Memory», de Daft Punk, que es un homenaje a la música disco desde la electrónica y me encantó. Y el último de Radiohead, «A Moon Shaped Pool» me pareció alucinante, una especie de repaso a la historia de la música. Yo no estoy capacitado para eso, pero ese imposible era un reto. Y después estaban las coordenadas de lo que había aprendido en el anterior trabajo, que es un yacimiento que no puedo dejar de explotar.




Fuente: La razon

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