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«En el fondo soy un poco capullo»


El contesta despacito que las prisas no son buenas. Él es de los que piensa que no siempre lo urgente es lo importante. Él, mientras le aguanten los huesos, quiere seguir cantando. Él sabe que no puede dormir, porque siempre está soñando. Él no es diferente, ni raro. Él es un tipo muy normal. Y está de vuelta para celebrar sus 20 años de carrera profesional. Él es… Fito Cabrales.

–¿Qué debería preguntarle para empezar la entrevista por el tejado?

–(Risas) ¿Cómo se consigue el éxito? Cuando se es feliz todo resulta más fácil.

–¿Alguna pregunta que nunca le hayan hecho y que le gustaría responder?

–Me da igual hablar de una cosa que de otra. Nuestros peores enemigos somos nosotros mismos, aunque sea más fácil echar las culpas a los demás. De las drogas, por ejemplo, hablo desde un punto de vista humorístico porque he estado ahí.

–¿Existe la droga que todo lo cura?

–No. Y menos mal que no. Mi mentalidad con respecto a las drogas no ha cambiado. Ha sido mi cuerpo. Voy a cumplir 51 años, y ya no me sientan bien. Si no tienes talento, la droga no te lo va a dar. A los buenos artistas les vale un yogur.

–Ha sido usted un poco granuja. ¿Quién le ha enseñado todo lo que sabe?

–Algunos de mis amigos son más granujas que yo, eh. Lo que sé, y realmente me vale para algo, me lo ha enseñado la experiencia de vivir.

–¿Y por qué no sabe más?

–Porque en el fondo soy un poco capullo.

–¿Cuántas cosas ha sido que no quería ser?

–No he querido ser ése que alguna vez se ha hecho daño a sí mismo. No he querido ser un cobarde. Siempre he querido ser Superman. Pero continuamente me pierdo en el mismo camino. Cuando fallo es por inseguridad, nerviosismo o por querer anticiparme. A veces hace falta correr, aunque deprisa, deprisa… pocas cosas se hacen bien (risas).

–¿Hay que dar el querer al querer?

–Hay que quererlo todo. Y decirlo bien alto. A mí me encanta la vida entera.

–¿Y si le dicen te quiero por ver su cartera llena?

–En cuestión de amor no me lo han dicho. Nunca he sido ligón. Cuando te dedicas al rock and roll… Me he pasado la vida en bares de hombres con barba y Harleys.

–¿Se le siguen poniendo rojitas las orejas?

–Cada vez menos. Y no sé si es bueno o malo.

–De las que cuelgan sus pendientes. ¿Se los quita para dormir?

–No. No me los quito nunca.

–¿Cuándo dejará de emborracharse con whisky barato?

–Ya no me emborracho, ni me drogo. Al final me gustó mucho más el caro (risas). Pero cuando tienes que hacer letras, decir que tomas whisky barato es más atractivo que si dices que tomas Cardhu.

–¿Solo o con mezcla?

–Siempre mezclado.

–¿Hasta perder el control?

–Todos hemos perdido el control alguna vez. Cuando se pierde sin excusa es lo peligroso.

–¿Cómo de largo es el rato que dura la vida?

–Einstein hablaba de la relatividad. No todos los años de mi vida duran lo mismo.

–¿Sangra todo lo que escribe?

–Lo intento. Es la única forma de defender una canción durante 30 años.

–¿Es capaz de cantar lo que nunca dice?

–A veces es más fácil cantarlo que decirlo. Si tuviera que conquistar a una chica me resultaría más sencillo escribirle una canción que decirle algo a los ojos.

–¿Dónde pone usted el oído para prestar su voz?

–(Piensa) En los libros, en las películas… Ya no tengo esa vida noctámbula que parece que alimenta más las canciones. Solo intento explicarme a mí mismo las cosas y decir a los demás cómo soy. Por eso me resulta tan difícil escribir canciones. La mayoría de las veces que pretendo hacer una canción me sale una puta mierda. Pero tengo mucha capacidad de trabajo.

–¿A qué suena su vida?

–Está llena de sonidos. Pero no suelen sonar himnos, ni cañonazos. Yo escucho rock and roll en todas partes, hasta en el flamenco, porque lo busco. El rock star más famoso sería el Cigala.

–De todo su recopilatorio, ¿cuál es su canción favorita?

–«Me equivocaría otra vez». Nunca hemos dejado de tocarla. Y cuando la tocamos sucede algo. Todos tenemos el derecho y el deber de equivocarnos.

–¿Y qué haría que se volviera a equivocar?

–(Risas) Es tan fácil volver a equivocarse…




Fuente: La razon

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