Cultura

En busca del macho presidencial | Televisión


Si un dictador norcoreano quiere que el director de cine más de éxito del país vecino le haga una película, lo secuestra y asunto arreglado. Así lo hizo Kin Jong-il para conseguir que el Almodóvar del Sur -de Corea del Sur- dirigiera ese delirio de ciencia ficción propagandística titulado Pulgasari, una versión lisérgico-acartonada de Godzilla con mensaje político.

Vladímir Putin no ha necesitado mandar un comando para llevarse a Oliver Stone. Le ha bastado con el hipnótico ensueño de su sonrisa congelada en la fría infancia de Leningrado. A medio camino entre el gato de Cheshire y el de Schröringer. Entre el ser y no el no ser. El director americano –o antiamericano según algunos de sus críticos- visitó durante dos años a Putin en el Kremlin. Y en su dacha. Y en su coche. Y en su gimnasio particular. El resultado: Entrevistas a Putin, una serie documental de cuatro capítulos (disponible bajo demanda en Movistar +) donde el presidente se convierte en héroe y el director en rendido entrevistador. Han acusado a Stone de ser poco incisivo con el presidente. Aunque quizá preguntarle si le gustan sus nietos es un signo de irreverencia ante un hombre empeñado en demostrar que el paso del tiempo no se hizo para él.

Dicen que el poder desgasta. A Putin no. Y se lo demuestra a Stone con la fuerza de los hechos y de esos músculos pétreos dignos de los carteles estalinistas donde los bíceps eran sinónimo de la fortaleza de la patria. Vemos a Putin deslizándose viril por el hielo de una pista de hockey. Feliz y triunfante. Chocando los puños con el vigor de un adolescente de 64 años. Es el perfecto Hércules de los Urales, el padre todopoderoso que lleva de la mano a la madre Rusia. Es, como los líderes que le precedieron, un ser sobrenatural. Si Lenin tenía el cerebro más grande, Putin tiene todo lo demás. Y Stone le sigue con la cámara –sólo un palmo más lejos del sempiterno traductor- en una oda incansable a la testosterona de las estepas. Parece lógico en un país donde en la televisión pública triunfa Armejsky Magazine, un programa sobre las bondades del ejército, crossover perfecto Mujeres y hombres y viceversa y Qué tiempo tan feliz.

Entre tanto exceso físico, Stone encuentra momentos para la reflexión. Incluso para compartir una película como dos buenos amigos luchando contra la melancolía de las tardes de domingo. En un arrebato de irreverencia, Oliver Stone elige Dr. Strangelove. Lo más sorprendente es que Putin no la hubiera visto. Se queda sentadito en su sillón, como un ninot indultat. El rigor mortis presidencial es idéntico al brazo disecado del personaje de Peter Sellers en el largometraje de Kubrick. El visionado acaba en reflexión con resabio apocalíptico. Ahora sería peor, sentencia Putin. Aunque tanta severidad queda desactivada cuando Stone le regala el DVD. Putin desaparece de plano y reaparece medio segundo después con la caja en la mano. Abierta y vacía. “¿Qué es esto?. El típico regalo norteamericano”. Es una de las pocas bromas –hay quien ha contado seis con cierta generosidad- que se permite en cuatro horas de montaje. La sonrisa de Putin se puede convertir en una interrogación pero no en una carcajada. Las risas se quedan en la boca de Oliver Stone.

Para defenderse de las críticas por esa actitud un tanto genuflexa, Stone ha explicado que su deber no es ser incisivo como un reportero sino empático como un buen director. Dice que él se pone detrás de la cámara para sacar lo mejor de sus actores. Aunque quizá lo mejor de Putin, lo que nos gustaría descubrir, es eso que no se ve. El retrato en el que acumulan las arrugas que no se marcan en su cara. Donde deja de ser el guardián de las esencias de la masculinidad y empieza a ser Vladímir-Vladímirovich-Dorian-Gray.




Fuente: El país

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