En la madrugada del jueves, una funeraria de Buenos Aires recibe un encargo importante: debe amortajar el cuerpo de Diego Armando Maradona, muerto horas antes en su casa. Los restos del astro argentino han pasado por la morgue, donde los forenses confirmaron una muerte natural.

Decenas de miles de argentinos esperan frente a la Casa Rosada, donde estará la capilla ardiente. El trabajo en la funeraria ha sido arduo y los empleados no resisten la tentación. Sacan sus móviles y se toman fotos ante el que consideran el trabajo de sus vidas. En una de ellas, un hombre mira a la cámara, apoya su mano derecha en la frente de Maradona y levanta el pulgar izquierdo. En otra, dos personas sonríen ante la lente (también hay un pulgar elevado, esta vez protegido por un guante de látex). Pudieron haber atesorado la imagen para la memoria personal, pero la compartieron. El único registro fotográfico del cadáver del jugador se viralizó rápidamente. El daño ya estaba hecho.

El abogado Matías Morla, amigo personal de Maradona, prometió en redes sociales “encontrar personalmente al canalla que tomo esa fotografía” y hacer “pagar a todos los responsables de semejante acto de cobardía”. La familia del astro intentó desde el minuto uno de la muerte evitar la difusión de fotografías. Los médicos que lo atendieron en la casa donde murió debieron dejar sus móviles fuera, lo mismo que los policías que hicieron las pericias en el dormitorio del exjugador y los forenses que practicaron la autopsia. Tampoco se filtraron fotos del ataúd abierto durante la ceremonia privada que en la Casa Rosada antecedió al velatorio oficial, realizado con la caja cerrada. Los esfuerzos se rompieron por el eslabón más fino de la cadena: la funeraria.

Fue fácil identificar a los autores, dada la difusión que las fotos tuvieron a través de WhatsApp. El hombre que posa solo se llama Diego Molina. El mayor de la segunda foto es Claudio Fernández; el más joven es su hijo de 18 años. Eran, porque ya fueron despedidos, empleados de la casa velatoria Pinier, ubicada en el barrio de La Paternal, cerca de la casa donde Maradona vivió cuando jugaba para Argentinos Juniors.

Pinier ya había trabajado en el pasado para los Maradona y para Claudia Villafañe, la exesposa del argentino. Cuando el escándalo arreciaba, habló Claudio Fernández. Confirmó que el joven que lo acompaña en la imagen es su hijo, y pidió disculpas a la familia. “Estábamos acomodando [a Maradona] antes de llevarlo, y mi hijo, como todo pibe, levantó el pulgar y sacaron la foto. Pido respeto y perdón a todos. Mirá que hice servicio al papá de Maradona, al cuñado… estuve con Maradona en vida. No lo hice en vida siendo mi ídolo, no lo voy a hacer de fallecido. Sé que mucha gente se ha ofendido, lo han tomado mal, sé que molestó», ha señalado Fernández a Radio 10 de Buenos Aires.

Fernández aclaró que la foto no fue sacada por su teléfono móvil y que no estaban posando para la cámara. “En ese momento estaba pensando, con los nervios de que quede bien Maradona. Si ves la foto, justo levanté la cabeza porque me dijeron ‘flaco’. Fue algo instantáneo. Soy de las personas que no piensan en sacar fotos con féretros y fallecidos, por respeto. Jamás pensé que lo iban a subir o pasar a un grupo”, explicó. Luego denunció que la hinchada de Argentinos Juniors lo ha amenazado de muerte. “Me conocen porque soy del barrio. Me dicen que nos van a matar, que nos van a romper la camioneta”. Del paradero de Diego Molina, protagonista de la otra foto, poco se sabe. La dirección del equipo comunicó el jueves la decisión irrevocable de expulsarlo como socio por ofender la memoria del ídolo. Mientras tanto, circulan mensajes en WhatsApp que hablan de un supuesto ajuste de cuentas planificado por la barra brava de Boca.

La difusión de fotos no autorizadas es un delito de instancia privada, y es necesario que alguien de la familia de Maradona presente una denuncia penal contra los autores. Eso aún no ha sucedido.




Fuente: El país

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