El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, este domingo antes de votar en Madrid. En vídeo, los resultados y las reacciones del 10-N. SERGIO R MORENO (GTRES) / VÍDEO: QUALITY

Los resultados son binarios. Y menos amplios, y agridulces, pero aún contundentes. Ganan los socialistas a los conservadores; ganan las izquierdas a las derechas; se dispara la ultraderecha a lomos de la catástrofe del centro hundido.

Menos-que-más el PSOE se mantiene, en escaños y porcentaje. Paga poca erosión por su mala gestión de la investidura, sus juegos malabares con el calendario y sus faltas de coherencia al explicar cómo hoy la coalición es paraíso; y mañana, infierno.

Descontando esos gravosos déficits, sus números son notables. Le permiten aspirar de nuevo a encabezar la gobernanza: y aunque la historia se repite, la repetición afianza su oportunidad: no hay otra. No hay otra alternativa, entre otras razones porque el bloque de las derechas no suma ni de lejos para aspirar a fraguar con otros una opción contraria.

Ocurre que el tripartito derechista queda muy fuera de juego. Durante la larga noche electoral de ayer llegó a parecer que aventajarían a las izquierdas. Pero fue un sueño, o una pesadilla, cada cual elija.

Incluso aunque ese hubiera sido el caso, se habría tratado de un espejismo. Más allá del tripartito, las derechas no alcanzaban el listón: como no llegaban por sí mismas, nadie las habría acompañado. No por derechas, que Xabier Arzalluz se unció a José María Aznar y este a Jordi Pujol —aquella CEDA— sino porque llevan dentro el infamante virus letal de lo ultra. No hay candidatos a pactar con ellos. Los hay para pactar con sus rivales: nacionalistas, indepes, regionalistas y pluscuamperfectos.

Así que España puede ser gobernada. Basta con emplearse a fondo; detallar perímetros de pactos; buscar fórmulas (la buena es la que salga); establecer protocolos de lealtad, seriedad, auctoritas.

A ese empeño debería paradójicamente ayudar el angustioso incremento del extremismo nacional populista, aupado a tercera fuerza: para desinflarlo ya, hay que gobernar desde ya. Y encauzar la cuestión catalana. Y auparse sobre el hecho de que su peso se acerca más al subsidiario de los radicales alemanes que a la brutal cuota del parafascismo francés.

El volátil simplismo de su mensaje puede acabar, si alguien lo pincha, como la melancólica trayectoria —quizá efímera—, del partido que viene a sustituir, el Ciudadanos del (aún) Albert Rivera.

Pierde este escaños en decenas de provincias; descabalga a centuriones históricos como el eterno segundo José Manuel Villegas o el fundadorísimo Juan Carlos Girauta; queda en la nada en Cataluña, su cuna; y se humilla por debajo de Esquerra. Cuiden de Albert, que el Ibex 35 no perdona al fracasado: del sorpasso al funeral del fracaso solo hay un paso.

Entre medias, el pentapartidismo se afianza frente a la herencia bipartidista. Y los votantes reclaman empleo, rescate social, gobernanza, reformas. Si ahora no saben pactar, igual no llegan a la próxima.

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Fuente: El Pais

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