Rivera y Villegas, esta noche en la sede del partido. Foto: Jaime Villanueva | VÍDEO: EPV

Hecatombe. Ciudadanos se hunde todavía más de lo esperado. En poco más de seis meses, el partido de Albert Rivera ha visto desvanecerse todo el capital político ganado en abril, cuando rozó el sorpasso al PP y se convirtió en tercera fuerza en el Congreso de los Diputados, con 57 escaños. En un hundimiento sin precedentes, el partido ha caído a la sexta parte parte de sus escaños, hasta solo 10 diputados. Tras el despome, el líder convocó un congreso extraordinario para que los militantes decidan, pero no aclaró si se presentará. El derrumbe implica la pérdida de su escaño de los principales dirigentes.

La repetición electoral se llevó por delante a Ciudadanos. El partido constató su desmoronamiento con un resultado todavía peor de lo esperado. Nadie imaginaba en la cúpula un desplome de estas características: la pérdida del 80% de sus escaños y más de dos millones y medio de votos, y acabar superado por Vox, Unidas Podemos y ERC hasta caer a la sexta fuerza y a una posición irrelevante para la gobernabilidad. Pero si acaso el golpe más simbólico es la salida del Congreso de los principales referentes del partido, empezando por el secretario general y mano derecha del líder. Tras el catastrófico escenario, Rivera anunció un congreso extraordinario que deberá decidir “un nuevo rumbo” del partido, pero no dimitió. El líder todavía resiste.

“Es un mal resultado, sin paliativos ni excusas”, reconoció Rivera en una breve comparecencia pasadas las once de la noche rodeado por la plana mayor del partido, donde destacaban los ojos enrojecidos de su portavoz parlamentaria, Inés Arrimadas. Rivera reconoció su responsabilidad en la catástrofe. “Los líderes asumen en primera persona no solo los éxitos, sino también los fracasos”. En su caso, todavía más en la medida en que Ciudadanos es un partido de corte personalista y la mayoría de las últimas decisiones de calado de los últimos meses las ha tomado Rivera con un reducidísimo grupo de dirigentes. Pero, de momento, la resonsabilidad no implica dimisión.

Ciudadanos fue el principal perjudicado por el bloqueo político en España. Cayó arrollado sobre todo por Vox hasta perder un total de 47 escaños a una una pírrica cifra de 10: solo obtiene representación por Madrid, Andalucía, Cataluña y la Comunidad Valenciana. Eso implica que los pesos pesados de la formación, salvo Rivera, Inés Arrimadas, cabeza de lista por Barcelona, y Fernando de Páramo, secretario de Comunicación, pierdan su escaño en el Congreso. Se quedan fuera Villegas y los principales colaboradores de Rivera: el secretario de Organización, Fran Hervías, el secretario de Acción Institucional, José María Espejo, el secretario general del grupo parlamentario, Miguel Gutiérrez, la portavoz adjunta, Melisa Rodríguez, y el exportavoz en el Congreso Juan Carlos Girauta. Todos ellos con asiento en la ejecutiva permanente, el núcleo de decisión.



Fuente: Ministerio del Interior

Fuente: Ministerio del Interior

Fuente: Ministerio del Interior

Albert Rivera convoca un congreso extraordinario de su partido por la debacle electoral

El partido entró en shock y un silencio espeso cubrió la sede, donde estaban convocados varias decenas de militantes. El naufragio tambalea el liderazgo de Albert Rivera, pero el presidente evitó dar un paso atrás y emplazó a un congreso “para que los militantes de Cs decidan”. Primero, este lunes se reunirá la ejecutiva ampliada para discutir los próximos pasos hasta el congreso. La principal incógnita es si Rivera se presentará de nuevo en el congreso para tratar de revalidar su liderazgo, o hará una sucesión ordenada. Tampoco se descartan otras candidaturas alternativas, pero anoche en la dirección nadie quería aventurarlo.

Rivera cuenta con el control del partido —a finales de julio remodeló la ejecutiva para lograr una dirección aún más a su medida, diluyendo al jibarizado sector crítico tras las dimisiones de junio— y la formación está plenamente identificada con él. No ha conocido otro líder en sus trece años de vida. Tampoco existe una corriente interna armada en su contra, según las fuentes consultadas. Pero la dimensión de la debacle lo ha cambiado todo. La mejor situada para sucederle es la cabeza de lista por Barcelona, Inés Arrimadas, aunque siempre se ha mostrado fiel al líder y nunca ha dado muestras de pretender un paso adelante.

Durante la campaña, Rivera aseguró que no se aferraría al sillón pero también que el día 11, con los escaños que fueran, se “arremangaría” para desbloquear el país. En sus cálculos el peor escenario estaba en torno a una veintena de escaños, una cifra en la que había dirigentes que consideraban que el líder podía quedarse.

Rivera concurría a las urnas en estas elecciones con un cambio de estrategia y el compromiso de desbloqueo bien con un acuerdo con el PP o bien con el PSOE desde la oposición. Rectificó su posición después de cinco meses de pétreo no al PSOE, que solo levantó in extremis, con una oferta de abstención en los minutos de descuento de la legislatura de Pedro Sánchez. La negativa a cualquier acuerdo con Pedro Sánchez (con el que sumaba 180 escaños, mayoría absoluta) le costó la mayor crisis interna del partido desde su expansión nacional, con la dimisión de cuatro miembros de la ejecutiva y la baja de militancia de uno de los cofundadores, Francesc de Carreras. Tras el trance, Rivera remodeló su dirección para lograr una ejecutiva a su medida, diluyendo al jibarizado sector crítico tras las dimisiones. En estos seis meses, además el partido rompió con su candidato a la alcaldía de Barcelona, Manuel Valls —por su apoyo a Ada Colau en la investidura para evitar que Ernest Maragall se convirtiera en alcalde—, y se apoyó en Vox para los acuerdos de Gobierno de Madrid y Murcia. Sus pactos regionales priorizaron al PP, aunque en comunidades como Castilla y León los populares llevaran 32 años gobernando.

La campaña no fue bien, y tras la sentencia del Procés, el partido comprobó con desasosiego que los disturbios en Cataluña beneficiaban sobre todo a Vox. Ciudadanos dejó de capitalizar el descontento de los votantes constitucionalistas a pesar de haber sido el ganador de las últimas elecciones catalanas; tampoco sirvió su legitimidad como partido catalán. Para el 10- N, Rivera intentó una vuelta a sus orígenes centristas levantando el veto al PSOE y con un tono más moderado. Los resultados constatan que era demasiado tarde.




Fuente: El Pais

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