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El viaje hacia la luna de Chazelle se estrella en Venecia | Cultura


Desde la izquierda, Chazelle, Olivia Hamilton, Claire Foy, Ryan Gosling y Jason Clarke en Venecia. En vídeo: Tráiler de ‘First man’. Kirsty Wigglesworth (ap) | Youtube

Pedía la Luna. Como sus protagonistas. Y como La Mostra de Venecia, que fio a su película la inauguración, para un arranque espacial. Sin embargo, Damien Chazelle ha obtenido más bien un brusco y accidentado aterrizaje sobre la Tierra. First Man (El primer hombre), el filme sobre la celebérrima misión de Neil Armstrong y sus dos compañeros hacia la historia, se ha estrellado como aquellos primeros vuelos que sirvieron de prueba y error para el éxito lunar del Apolo 11 en 1969. “¿Cuál es el precio?”, le preguntan a Armstrong en la película, para frenar su insistencia por buscar el cielo. Pero la cuestión también valdría para Chazelle: el cineasta, joven prodigio de Hollywood, autor de Whiplash y de La La Land, ha dejado su zona de confort, hecha de jazz y autobiografía, para lanzarse a un territorio mayor y desconocido. El coste fue el aplauso frío que cerró la proyección. Para el veredicto de las salas, habrá que esperar hasta octubre.

“Mis anteriores filmes trataban de experiencias personales; esta se centra en algo que todos conocemos y que ya había ocurrido cuando nací. Para mi generación, era una realidad”, aseguró Chazelle, de 33 años, ante la prensa. En El primer hombre, el creador sigue a Armstrong desde 1961 hasta el momento más conocido de su existencia, y mezcla el retrato íntimo —”un documental familiar”, lo definió— con el intento de subir al espectador a bordo de aquellos cohetes, latas volantes presas de los imprevistos. Escalofriante, antes que épico. “Queríamos que el público se sintiera como ellos, que se sorprendiera con lo poco que se ve desde dentro. Damos por hecho el alunizaje, pero se logró paso a paso, con costes enormes y pérdidas de vidas”, afirmó el director.

Aun así, hay cierto punto de contacto con su filmografía: Chazelle se centra en las emociones de Armstrong, en la pasión que se vuelve obsesión y en quién era el tipo fallecido en 2012 del que el mundo conoce nombre y logro, pero poquísimo más. La mayor diferencia con sus otras obras reside la falta de ritmo. Sin jazz, Chazelle nunca encuentra el tempo que hace dos años contagió la inauguración de La Mostra con La La Land. “Damien tiene un instinto increíble para unir a la gente en torno a una película”, afirmó Ryan Gosling, en la rueda de prensa. El don, en El primer hombre, parece fallarle. Gosling, en cambio, se confirma como un alumno prodigioso: tras tocar el piano, para La La Land, esta vez aprendió directamente a volar.

“Nos interesaba el hombre, no el icono. No creo que Neil se viese como un héroe. Era humilde y siempre trasladaba la atención a las 400 personas que hicieron posible la misión”, insistió el cineasta. Para conocerle, leyeron —entre otras cosas la novela homónima en la que se basa el filme—, y se reunieron con la exesposa de Armstrong Janet, y sus hijos, Mark y Rick. Descubrieron el padre silencioso y solitario, más hábil con los números que con los abrazos, que por mirar a las estrellas no veía la vida de su familia ante sus ojos. “En el trabajo gestionaba sentimientos que no podía controlar a nivel personal”, defendió Chazelle. El mejor resumen en la película tal vez sea sus dos charlas previas al viaje. La prensa le pregunta: “¿Cómo te sientes al saber que podrías pisar la Luna?”. “Satisfecho”, contesta. En la segunda ocasión, Armstrong ha de explicar su misión a sus hijos. Él ni veía la necesidad, pero le obliga su mujer.

—¿Es posible que no vuelvas?, cuestiona uno de los niños.

—Exacto.

Difícil resulta también prever el destino de First Man (El primer hombre). En los últimos años, Venecia se ha vuelto un segundo hogar para Hollywood, y un trampolín para los Oscar. Pero el filme no parece tener gasolina suficiente para tamaño viaje. Y eso que su final regala al fin cierta magia. Aunque demasiado tarde. El único gran salto de la humanidad, este miércoles, fue para marcharse de la sala.




Fuente: El país

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