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El ultra violeta resucita a Prince


En los noventa, Afshin Shahidi era un joven inmigrante iraní con un gran afro y un rostro peculiar que llamaron la atención de Prince durante el rodaje de un vídeo musical. Con el tiempo se convertiría en el fotógrafo personal del artista y en los últimos años, el único al que se le permitía retratarle. Poco más de un año después de su muerte, Shahidi publica «Prince: A Private View» («Prince, una mirada privada»), en el que recopila algunas de las fotos de aquella época, muchas de ellas inéditas. Una semana después de su publicación el libro ya formaba parte de la lista de «best sellers» de «The New York Times». «Más allá de que el mundo perdiera a un gran artista, yo perdí a un amigo, por eso me tomó meses sentarme a ver las imágenes. Cada una me trae un recuerdo: dónde estábamos en el momento de tomarla, o incluso anécdotas de mi familia, con la que él siempre tuvo buena relación», afirma Shahidi. Tanto era así que la hija del fotógrafo, Yara, famosa por su papel en la serie «Black-ish», ha contado que «cuando salió mi primera película, Prince alquiló un cine para que pudiéramos ir a verla». El tomo cuenta además con un prólogo de Beyoncé, a la que el fotógrafo encargó el texto «porque quería que lo hiciera una persona a la que Prince respetaba».

–Hábleme del libro, ¿qué tipo de imágenes lo componen?

–Trabajé como fotógrafo de Prince durante diez años, así que encontrarán una variedad de imágenes, desde conciertos hasta retratos o portadas de revistas. Las que más me gustan son aquellas en las que él no está al tanto de la presencia de la cámara, en las que está siendo él mismo, no posando. Todos conocemos al Prince glamuroso, pero con estas imágenes verán su lado más tranquilo, profundo y, sobre todo, más humano. Hice el libro para sus fans. Fueron ellos los que me lo pidieron. Después de su fallecimiento, me resultaba muy difícil repasar estas imágenes, pero ahora me siento feliz de haberlo hecho.

–Habrá revivido muchas anécdotas al revisar el material…

–Cada imagen es un recuerdo. Una de ellas, por ejemplo, me lleva a un momento muy especial. Yo me había mudado a Los Ángeles y Prince me llamó para que fuera a Minneapolis. Llegué a Paisley Park, su residencia, a las diez de la mañana. El lugar es muy grande y a menos de que haya algún evento, no hay nadie allí además de él y algún técnico de sonido, así que cuando toqué el timbre pensé que un técnico vendría a buscarme. Se abrió la puerta y entendí que el propio Prince había ido a por mí. Le miré y sonreí. Era obvio que acababa de despertarse: sus ojos aún se estaban ajustando a la luz y llevaba pantuflas. Le dije: «En todos estos años nunca pensé que tú serías el tío que me abriría la puerta». Se rió y me contestó: «No te acostumbres a ello». Sin embargo, muchas veces después de aquel día siguió recibiéndome él mismo y, cada vez, me decía: «No te acostumbres». Metafóricamente también abrió muchas puertas para mí y para una gran cantidad de artistas y creativos.

–¿Recuerda dónde estaba cuando se enteró de que su amigo había fallecido?

–Sí, en el salón de mi casa, en Los Ángeles. Recibí un mensaje de texto que decía que había Policía fuera de Paisley Park. Supe que le había pasado algo porque conozco ese lugar íntimamente y sabía que a esa hora no había nadie más en casa. Sin embargo, ninguna otra cosa podía hacerme imaginar que podía haber muerto, excepto que un par de semanas antes habían tenido que llevarlo al hospital. Los siguientes fueron unos meses duros.

–¿Cómo describiría la experiencia de trabajar con él?

–Era como un sueño. Nunca lo di por sentado. Recuerdo una ocasión en que estábamos en Japón, en alguna ciudad del norte del país, y teníamos un par de días entre dos conciertos. Prince me preguntó: «¿Quieres venir a Tokio conmigo?». Le dije que cómo no y tomamos un tren bala hasta allá. Al llegar, nos fuimos a un club de jazz, el Blue Note, a ver un concierto de Chick Corea (de hecho, después del espectáculo tuve el honor de conocerle). Cuando llegamos al hotel, a eso de las tres de la madrugada, Prince me dijo: «Levántate temprano mañana, tenemos planes. Y vístete elegante». Por la mañana me puse un traje y le esperé en el lobby. El conductor de la limusina no quiso decirme a dónde íbamos, y cuando Prince llegó, tampoco. Fuimos en el coche hasta un barrio cualquiera y entramos en una iglesia. Por más especial que fuera, me dio la impresión de que se trataba de un día ordinario; nadie le prestó demasiada atención y yo pensaba: «Esto es surreal. Estoy en misa con Prince en Tokio y a nadie le importa».

–¿Era un hombre muy religioso?

–Se había convertido en una persona religiosa en los últimos años. Cuando le conocí, en los noventa, era bastante distante. De hecho, durante mi primera colaboración con él nos dijeron que no le miráramos ni le habláramos bajo ninguna circunstancia. Pero cuando le conocí me le quedé viendo durante tanto tiempo que se acercó a preguntarme quién era yo. En todo caso, me parece que siempre fue una persona muy espiritual. Aunque se convirtió en testigo de Jehová después de la muerte de su madre (creo que a petición de ella). Hubo varias ocasiones en las que era evidente que estaba tratando de convertirme a su religión. Aunque podría haber sido una situación incómoda –él era mi jefe y yo su empleado–, nunca lo sentí así, de hecho, me parecía un halago que le importase lo suficiente como para compartir conmigo sus creencias.

–A Prince le gustaba hacer fotos. ¿Tenía talento como fotógrafo?, ¿le ayudaba o enseñaba usted?

–Sí, tenía buen ojo. Como él podía tocar todos los instrumentos, yo solía bromear diciendo que era una suerte que no pudiera clonarse para tomarse sus propias fotos, porque me habría quedado sin trabajo. Le regalé una cámara que utilizaba bastante y yo le ayudaba, sobre todo, en los aspectos técnicos. Pero su creatividad era lo que hacía que las fotos brillasen. Yo era diez años menor que Prince, así que cuando comencé a trabajar con él ya le habían retratado fotógrafos icónicos. Creció frente a las cámaras, por lo que me enseñó mucho en términos de ángulos, composición y creatividad en general.

–Trabajar con él habrá sido un halago, pero también un poco intimidante.

–Retratar a uno de los mejores músicos del mundo lleva aparejada una gran responsabilidad, sobre todo porque en muchas ocasiones él no permitía que nadie más hiciera fotos de ciertos eventos, por lo que yo solo tenía toda la responsabilidad de capturar esos instantes.

–Algunos de esos eventos eran las famosas fiestas privadas 3121 en Los Ángeles. ¿El libro incluye fotos de esas noches?

–Sí, dediqué unas cuatro o cinco páginas a esas fiestas en modo collage. Las quise incluir porque sé que muchas personas se preguntan cómo eran y han escuchado historias al respecto. De todos modos, no sé si las imágenes captan exactamente la esencia de esas noches: eran celebraciones muy sexi, con carácter, un poco oscuras.

–¿Tan distinto era el personaje público Prince de su amigo Prince?

–Era un hombre muy real. No era el tipo de amigo que te dice lo que cree que quieres escuchar. Era un mentor y compartía con las personas de su entorno una enorme cantidad de sabiduría. Era un hombre paternal y generoso. Un ejemplo es que le gustaba dar de comer a la gente. En sus fiestas y eventos siempre estaba su chef privado y él se preocupaba de que la comida fuera muy buena. Eso sí, nunca cocinaba. Por otra parte, algo que nadie supo hasta que falleció es que fue un filántropo y nunca le interesó que se le reconociera por ello. No solo donaba a instituciones relacionadas con la música, sino que incluso pagaba los gastos médicos de fans y conocidos que lo necesitaban. Era su naturaleza.

–¿Por qué cree que confió en usted y le dejó ver ese lado más íntimo?

–Me llegó a conocer bien y pasamos tanto tiempo juntos que se formó un vínculo de confianza y respeto. Creo que eso le permitió bajar la guardia lo suficiente como para que yo capturara esas imágenes. Él estaba viviendo su vida con normalidad, yo tenía la cámara siempre en la mano y lo documentaba. Sacamos un par de libros juntos y sé que estaría contento con éste porque le importaban mucho sus fans. No hay nada salaz en la selección que hice y todas las fotos fueron aprobadas por él en algún momento, aunque no se hubieran publicado.

–¿En qué está trabajando en la actualidad?

–En un documental sobre Tommie Smith, que ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1968, en México. Aquella foto suya con el puño en alto es muy conocida. Tommie está vivo y sigue siendo una figura relevante y participativa, por lo que estamos rodando un documental sobre su vida. Me parece importante en este momento, con este loco que tenemos de presidente, mostrar qué tanto hemos avanzado, o no, desde aquella protesta suya en términos de derechos civiles.

FICHA DEL LIBRO

– Título: “Prince: A Private View”

– Autor: Afshin Shahidi, con prólogo de Beyonce

– Editorial: St. Martin’s Press

– 265 páginas

– Precio: 42 euros (Amazon)




Fuente: La razon

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