¿Si la palabra «oxímoron» fuera una persona, quién sería? Qué fácil la respuesta a este juego infantil para los que conocíamos al epicentro del desorden más productivo del downtown neoyorquino: «¡Steve Cannon!». Este invidente de visión panorámica dirigía A Gathering of the Tribes (Una reunión de tribus), organización fundada en 1991, que abarcaba una galería de arte, una editorial para autores noveles, una revista y una sede —su propio apartamento— que cumplía la función de sala de espectáculos (conciertos, performances, recitales poéticos, presentación de libros), aula universitaria y refugio para todo aquel que quisiese conversar, a cualquier hora del día o de la noche, con desconocidos que se convertían a partir de ese momento y para siempre en parte de la familia Tribes.

El profesor Cannon, un verdadero Hamelín, orquestaba todas esas actividades desde un sofá desvencijado que no abandonaba ni para dormir (el dormitorio era albergue pasajero de artistas que acudían en busca de un lugar al sol en la Gran Manzana), cosa que hacía cuando le venía en gana, ocurriese lo que ocurriese en aquel momento en su salón. En esa isla donde no había reglas de ningún tipo, iban a fumar quienes no podían hacerlo en otro lugar cubierto, a beber quienes lo hacían a deshora, o a enfrentarse a críticas constructivas tanto como destructivas quienes tenían necesidad de mostrar o comentar una creación incipiente en cualquier disciplina. También, quienes querían enterarse de por dónde discurrirían próximamente las corrientes intelectuales o artísticas de la ciudad. En ese intergeneracional, interétnico e internacional espacio al que llegaban libros, revistas e invitaciones a un ritmo vertiginoso, se accedía a una amplia información. En 2014 Cannon se trasladó a un lugar más pequeño, en el mismo barrio, el East Village, desde donde seguía con la revista —ya en formato digital—, la editorial y su actividad de griot o transmisor de historias y conocimientos para todos.

Steve Cannon, fallecido el 7 de julio tras un tropiezo con su bicicleta estática —“fui atropellado”, bromeaba desde el hospital—, había nacido en Nueva Orleans en 1935. Tras vivir un par de años en Londres entre el grupo de escritores conocido como Angry Young Men (Jóvenes airados), integrado por John Osborne, Harold Pinter, Kingsley Amis, Alan Sillitoe…, se instaló en Nueva York en 1962. En 1969 publicó una novela que alcanzaría la categoría de culto: Groove, Bang and Jive Around (Disfrutar, follar y divertirse por ahí), construida en el estilo que su amigo Ishmael Reed daría a conocer como neohoodoo y publicada por Girodias, hijo del editor de Henry Miller. Las vicisitudes de una chica que se escapa de casa y vive las aventuras más extremas son narradas con ritmo acelerado, lleno de jerga sureña y cadencias poéticas. La que debería haber sido su segunda novela desapareció en un incendio, y desde entonces optó por el teatro y la poesía. En la actualidad trabajaba en unas memorias que dictaba a una grabadora y pensaba titular Never Too Old To Blush (Nunca demasiado viejo para ruborizarse).

Muchos consideran, sin embargo, que la enseñanza fue su mayor aportación. No había más que fijarse en quién le rodeaba, tanto en su salón como cuando salía de él: un círculo de jóvenes —cuyo trabajo en la organización les proporcionaba créditos universitarios— a quienes transmitía su ideal de que aprender, pensar y crear eran actividades inacabables pero alegres, amenas e incluso terapéuticas. Buen número de jóvenes de la familia Tribes terminaron exponiendo en museos de primer rango o consiguiendo premios literarios importantes. Autores como Paul Beatty (premio Man Booker y Nacional de la Crítica 2016), Darius James o la poeta Eileen Myles lo consideran su mentor. Entre los amigos de su propia generación que colaboraron con él en proyectos como la revista Umbra o la editorial Fly By Night Press, figuran escritores, músicos y artistas como Sonia Sanchez, Ntozake Change, Quincy Troupe, Amiri Baraka, Pedro Pietri, Víctor Hernández Cruz, Bob Holman, Jayne Cortez, David Henderson, Butch Morris, Sun Ra, Elisabeth Murray, David Hammons… De este último era la característica pared que servía de respaldo al famoso sofá de Steve. La pieza, o sea, el trozo de muro, fue literalmente recortado durante la mudanza y vendido a un coleccionista. Una vez le pregunté cómo le afectaba el hecho de que tantos de sus amigos hubiesen alcanzado un amplio reconocimiento mientras que él seguía en segundo plano: “Sé qué audiencia tiene el tipo de trabajo que hago. Es así, y estoy conforme con ello. Además, cuando los desconocidos comienzan a decir lo estupendo que eres, comienzan los problemas”.

La risa de Cannon manifestaba un gusto envidiable por la vida, cuyas vicisitudes relataba con humor y un lenguaje tan preciso como imaginativo y rítmico. En 2001 le propuse comisariar conjuntamente una exposición para la sala La Pedrera de Barcelona. “Si aceptan al blind guy…». «Tipo ciego» era la expresión con la que se describía a sí mismo desde que a los 54 años un glaucoma le dejó completamente a oscuras. Cuando algún artista llamaba mi atención, las preguntas que me hacía sobre su obra —y que no suelen formular los videntes— tenían la virtud de aclarar mis ideas. Cuando viajó a Barcelona para la inauguración de El humor y la rabia —en la que participaron cinco pintores estadounidenses de diferente ascendencia: Ida Applebroog, judía, Arnaldo Roche, puertorriqueño, Martin Wong, chino, George Longfish, indígena, Robert Colescott, afroamericano—, no dejó de visitar museos y monumentos. En la conferencia de prensa, su manera de hablar, que podría adscribirse a la informal Mumbling School of New York (Escuela Neoyorquina del Masculleo) y sus inusitados e irónicos giros descolocaron al cualificado intérprete. En 2002, Borja Casani y yo misma organizamos en su Tribes Gallery una exposición titulada Iberian Tribes, cuyas obras (vídeos, poesía, música) mostraron las diferentes culturas y lenguas de nuestro país. Tras la velada inaugural, la pregunta que con más frecuencia nos hicieron fue: «¿Cuándo organizáis la próxima fiesta?» Un año antes, durante el Fax Festival, título del site specific de David Hammons para el Palacio de Cristal de Madrid, Cannon dirigió el envío de los faxes que fueron llegando desde varios lugares de Estados Unidos y Europa.

Aunque seguía de cerca todas las manifestaciones artísticas, la música era su más asidua compañera, especialmente el jazz; aparte de tener muchos amigos músicos, tocaba el piano cuando estaba solo (o creía estarlo). Con Steve Cannon desaparece una cierta bohemia neoyorquina que él mantuvo viva hasta el último aliento y que a partir de ahora se contará probablemente con las mismas palabras que utilizó en una de sus críticas literarias: “Érase un instante…”

Mireia Sentís es periodista y editora.




Fuente: El país

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