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El testimonio de la profesora española que sobrevivió a la matanza de Parkland | Estados Unidos


Me levanté, como cada mañana, a las 6.00. La jornada escolar aquí empieza a las 7.15. Desayuné bizcocho, galletas, café y zumo. Fui a la escuela en coche. Tardo unos 10 minutos. Es un camino con tráfico pero tranquilo.

Al principio todo indicaba que iba a ser un día normal y corriente. Tuve examen con dos grupos, dediqué otro rato a preparar cosas y a las 12.25, la hora del lunch, salí con el tupper a comer con mis compañeros del departamento de lenguas extranjeras. Siempre tenemos conversaciones muy animadas. Ese día hablamos de San Valentín. Les dije que, como española, me chocaba cómo se celebra aquí. En Estados Unidos es una auténtica fiesta de amor adolescente con peluches, globos y corazones. Les comenté que en mi país no se festeja así y que creía que al vivirse aquí con tanta intensidad era posible que algunos chavales se sintiesen apartados si no recibían un detalle. Ellos opinaban parecido y una compañera tenía la impresión de que una niña se había traído unos osos de peluche para ella misma, como si temiese no tener un regalo. Me comí el filete empanado y a la 1.05 empezó la última clase.

En este instituto, cada clase es de 90 minutos. Les llaman blocks. Yo estaba tan tranquila. Tenía en mente salir lo antes posible para ver al menos la segunda parte del Madrid – París Saint Germain de la Champions. Soy del Barca, pero un partido así siempre es bonito y quería saber si Neymar la liaba.

Mi último bloque era de lo que aquí llaman: personalization, una especie de guardia. Los alumnos pueden aprovechar para ir a otras aulas si tienen que recuperar horas en otra materia. Muchos lo pidieron, les firmé el permiso y se fueron. Me quedé con 12. Eran chicos y chicas de 15 años que se pusieron a trabajar en sus cosas. Yo hice lo mismo. Todo estaba tranquilo, como siempre.

La entrada quedó bloqueada y solo quien tuviera una llave maestra podía ya acceder

A las 2.20 una niña pidió ir al baño y le dije que fuera rápido porque a partir de las 2.30 ya no está permitido salir al aseo. Le firmé el pase para que pudiera ir. Es un instituto con mucha seguridad. Los niños no pueden ir al servicio si el profesor no les firma una autorización. También deben llevar un carné que los identifique aunque, como es lógico entre adolescentes, no siempre van con él. Además, hay un equipo de seguridad que controla todo: los pasillos, los patios,… y conoce a los 3.200 alumnos de este centro. ¡Ah, olvidaba contar una cosa!

Por la mañana, en la primera clase, cuando estaba repartiendo las hojas del examen, sonó la alarma de incendios. Era un simulacro. Salí con mis alumnos y, siguiendo los protocolos, llegamos al parking donde está nuestra zona de seguridad asignada en caso de emergencia. Llegué la última porque estuve comprobando que nadie se había quedado atrás. Todo salió bien y la administración nos mandó un mail a los profesores felicitándonos.

Regreso de nuevo a contar la última clase. La niña salió al baño y a los cinco minutos, antes de que regresara, sonó de nuevo la alarma. Pensamos que podía tratarse de nuevo de la alarma de incendios. Aunque nos resultaba extraño, volvimos a salir. Pero al llegar al parking, cuando nos acercábamos a la zona asignada en caso de emergencia, vimos a un miembro del equipo de seguridad que gritaba que era un código rojo. Rápidamente vi que su cara no era de simulacro, sino de miedo. Su mirada infundía temor. En ese momento les grité a mis alumnos que corrieran.

Al llegar al aula, abrí con mis llaves y entraron los cinco alumnos que quedaban conmigo. Miré para asegurarme de que en el pasillo no quedaba nadie buscando un aula donde meterse. Cerré del todo. La entrada quedó bloqueada y solo quien tuviera una llave maestra podía ya acceder. Las puertas son robustas, aunque tienen un ventanuco desde donde se puede mirar el interior. Por eso nos pusimos en la esquina más alejada de la entrada, donde no se nos podía ver desde fuera.

Por el sonido de las sirenas y de los helicópteros nos dimos cuenta de que no se trataba de una broma

Nos acurrucamos. Empezamos a oír las sirenas de la policía. Llegaron muy rápido. En Estados Unidos son increíbles los despliegues policiales. Por el sonido de las sirenas y de los helicópteros nos dimos cuenta de que, fuera lo que fuese que ocurría, no se trataba de una broma. Pero no oímos tiros. En ningún momento escuchamos disparos.

Pasamos unos 20 minutos en silencio. De vez en cuando uno de los alumnos llamaba a algún amigo susurrando o le escribía mensajes. Una chica puso la televisión en su teléfono y vimos en directo lo que estaba sucediendo en nuestro propio instituto, donde estábamos nosotros. Había un tirador. Lo que en un principio era inquietud y el corazón latiendo a mil, se convirtió ya en un miedo real. Pensé entonces que estaríamos más seguros en un habitáculo dentro del aula que funciona como almacén y que también tiene cerradura. Por los cursos que recibí para emergencias sabía que los tiradores no tratan de abrir las aulas cerradas sino que van probando una tras otra hasta que encuentran una abierta. En aquellas clases fue donde me di cuenta de que Estados Unidos no es España y de que estas instrucciones hay que tomárselas en serio.

Algunos alumnos querían encender la luz pero preferí que se quedara apagada

Nos arrastramos hasta llegar al almacén. Entramos y pusimos la cerradura. Ya estábamos doblemente cerrados. Algunos alumnos querían encender la luz pero preferí que se quedara apagada para que no se pudiera ver por las rendijas que había alguien dentro. Los chicos se portaron muy bien, aunque tuvieron miedo, estuvieron incómodos y sintieron claustrofobia. Estuvimos una hora allí metidos, callados, sin hablar. Escuchábamos movimiento en el aula de al lado, donde supongo que había otros alumnos con su profesor, y seguíamos oyendo fuera el ruido de la policía. La televisión enfocaba al edificio de los de primer año, que está al lado del nuestro. Dos de las alumnas se abrazaron. A los chavales, unos tipos que me sacan dos cabezas, los vi indefensos; claro, en realidad son unos niños. Una chica preguntó si los demás eran creyentes, para rezar juntos una oración. Todos dijeron que sí, así que agachamos la cabeza, pero no hubo ningún rezo. En la televisión decían que el tirador o los tiradores seguían en el instituto.

Poco después escuchamos voces fuera del aula. Pensamos que podía ser la policía. Seguimos en silencio. Pasaron cinco minutos y abrieron la puerta de la clase. Aún no sabíamos quién estaba entrando. Entonces llegaron al almacén y preguntaron si había alguien dentro, si estábamos bien, si nos había pasado algo. “Somos la policía, salid levantando las manos, no hagáis ningún movimiento raro y seguid las indicaciones”, nos dijeron. Nos sacaron en fila pegados a la pared, escoltándonos hasta una zona ajardinada, el parking principal, y allí nos unimos a otros chicos y profesores. Todos mis alumnos estaban bien. Faltaba la niña que había ido al baño, pero enseguida supe que no le había pasado nada.

Pasaron cinco minutos y abrieron la puerta de la clase. Aún no sabíamos quién estaba entrando

En el parking recibí un WhatsApp de mi madre con un pantallazo de lo que estaba viendo en la televisión. No se podía creer que fuera mi instituto. Le dije que sí, que era el mío pero que estaba a salvo. Intenté tranquilizarla, aunque no podía seguir hablando porque tenía que ayudar a una niña que no tenía teléfono a comunicarse con su familia.

A los 20 o 30 minutos nos dijeron que debíamos salir del recinto. Después de hablar unos minutos con mis compañeros, me fui a casa y volví a llamar a mi familia y a los amigos que me escribían. También me puse a buscar información y a interesarme por la gente del instituto. Pensaba que había entre una y tres víctimas, pero eran 17. Por la noche vi la imagen de una de las chicas que había fallecido. Tuvo examen conmigo por la mañana. Se llamaba Jamie Guttenberg. Era una de mis alumnas más brillantes. No era como otros chavales que van a su rollo y se distancian del profesor. Me preguntaba muchas cosas sobre España.

Esa noche dormí fatal. Yo que me meto en la cama muy pronto porque madrugo mucho, no me acosté hasta después de la medianoche, que aquí es casi como acostarse en España a las tres de la madrugada. Caí dormida enseguida porque estaba exhausta, pero me estuve despertando todo el tiempo, tuve pesadillas y me desvelé. Fue una noche muy mala. Los últimos dos días han sido una locura, muy estresantes. Hoy he descansado un poco mejor pero sigo parecido. Necesito desconectar. Fue una pesadilla. Puedo decir muchos otros adjetivos, pero ese es el primero: una pesadilla.




Fuente: El país

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