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El Sónar sigue creciendo | Cultura


Sigue creciendo, poco a poco o, lo que es más importante “se percibe una estabilidad en cifras desde que abandonamos el CCCB y nos instalamos en la Fira donde desde el 2.013 tiene lugar el tramo diurno del festival”, dijo Ricard Robles, uno de los directores del certamen, en la rueda de prensa de balance de la vigésimo quinta edición del festival. El Sónar ha recibido este año 126.000 visitas —64.000 diurnas y 62.000 nocturnas—, de las cuales un 54% provienen de España y un 46% del extranjero. Es un nuevo récord de asistencia y la confirmación de un modelo de festival que a grandes rasgos se gestó en el verano de 1.992 y que también ha visto crecer el apartado Sónar + D, evidenciando, según la organización, que el festival es una plataforma en la que se aúna con éxito la música, el negocio y la exploración tecnológica.

Al margen de las cifras, lo más noticioso fue que el Sónar se muda de forma excepcional al mes de julio del año 2.019, debido a que las instalaciones de la Feria Gran Vía serán ocupadas por una feria mundial itinerante de maquinaria textil. De esta manera, el próximo Sónar tendrá lugar entre los días 18 y 20 de julio, para volver el año 2.020 al mes de junio. La dirección del festival manifestó que no se había podido negociar el cambio, ya que la importancia del certamen industrial textil les obligaba a realizarlo. De todas formas, Sergi Caballero, otro de los cuatro directores del Sónar quitó hierro al impacto de la variación de fechas y apuntó: “este cambio nos lo tomamos con ilusión, y no nos hemos parado a pensar en los posibles efectos que puede tener sobre el público. De todas formas”, continuó “igual es una ventaja, ya que los estudiantes habrán acabado los exámenes”. Lo que no dijo es que la asistencia extranjera, particularmente la nórdica, puede licuarse bajo el sol de julio, bastante más tórrido que el del final de la primavera.

En el apartado artístico destacó en la tarde del sábado el concierto de Cornelius, el proyecto del músico y productor japonés Keigo Oyamada, un individuo capaz de alumbrar espectáculos tan finos, elegantes, precisos, delicados y estéticos como el que ofreció en el Hall presentando su nuevo disco tras 12 años de silencio. Cada tema tenía una tratamiento visual, las luces que se orientaban hacia el público cambiaban de color mientras en escena se mantenía una base de luz blanca que bañaba a los cuatro músicos. Además el sonido estuvo a la altura, preciso y nítido, en el que probablemente ha sido el concierto mejor sonorizado del festival. Pop singular, con frases entrecortadas al servicio de un despliegue audiovisual propio de un perfeccionista. Era la segunda vez que actuaba en el festival y como la primera pasmó.

De igual manera triunfó Lory Money, el senegalés que se ha hecho famoso con Puigdemoney, una broma que se ha convertido en viral y que llenó por completo su escenario entre la algarabía y alborozo de un público que probablemente no sabe si la broma es tal. En cualquier caso, se confirma que la red es la principal fuente de popularidad de las músicas urbanas, que en esta edición del Sónar han vuelto a tener un destacado protagonismo en todas sus variantes. Y también cabe destacar que la actuación de Valtonyc, programada pese a saberse que no podría comparecer en su escenario, fue esperada por una nutrida cantidad de público que sin duda estaba allí para sumarse al gesto que el festival realizó programándolo.

En el apartado de ciencia ficción, también presente en un festival en el que la línea que separa la ironía, el humor y la realidad resulta muy tenue, Ventura Barba, codirector del festival, indicó que la señal que se ha enviado al planeta 6J273b, continuará su viaje en los próximos años, “y quien sabe”, dijo “igual dentro de 25 años tenemos una señal de respuesta o la presencia de sus habitantes entre nosotros, que esperamos estar aquí para verlo”, concluyó antes de que Nathy peluso sacudiese a los terráqueos que llenaban el Village con sus ritmos callejeros en los que no faltó el regetón. El Sónar sigue despierto.

 




Fuente: El país

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