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El Sónar bate todos los récords de público, entusiasmo y calor


EAyer se confirmó, hay un montón de gente en el Sónar, tanta que es el año que más personas ha atraído en toda su historia. En total, 123.000, 8.000 más que la edición anterior, y con el calor y el entusiasmo, todavía parecían más, y más altos y más guapos y más fuertes, pero entonces bebías un poco de agua y la tontería se pasaba. Al menos parecía que las 8.000 de más te siguiesen a ti a todas partes sólo para fastidiarte. De día hubo 61.000 y de noche 62.000, con un 48 por ciento de público nacional y 52 internacional. «Nuestra voluntad era crecer en riqueza de contenidos, en subir el nivel, y estamos satisfechos de que la gente haya respondido», señaló ayer Ricard Robles, codirector del festival. Ya preparan el 25 aniversario del certamen para el 13, 14, 15 y 16 de junio de 2018.

La tarde del sábado arrancó con unos Matmos jugando con una lavadora. Como dijo George Costanza en el primer episodio de «Seinfeld», mientras estaba mirando girar el tambor de una lavadora, «creo que éste es el momento más aburrido de mi vida». La fiesta llegó con los divertidísimos Bejo, fenómeno nacional que compartieron su euforia trap con un público que hacía todo lo que ellos demandaban, desde “bajar pabajo» hasta saltar y botar y levantar las manos, en un escenario presidido por la cabeza de un caballo. Según los chinos, rapear bajo la cabeza de un caballo da vigor y alegría, y eso es lo que ofrecieron. Antes, el colega de promoción C. Tanaga hacía maravillas con el autotunes para ofrecer el lado más exquisito y ambicioso de este nuevo hip hop español. «Soy el primer rapero que lo hago antes de decirlo», afirmó antes de comenzar sus rimas donde demostró un salvaje dominio de su vida y circunstancias, hablando del amor, las injusticias, la rebelión, las drogas, el fornicar y todo eso que se dice más que se hace.

Más extremo y experimental se mostró el islandés Valgeir Sigurdsson, un generador de atmósferas densas, neblinosas, de fin del mundo vikingo, acompañados por un contrabajo raro, raro, electrónico por lo menos, que ponía las líneas de romanticismo y pasión. Todo muy cinematográfico, a pesar de estar a oscuras, con ganas de cerrar los ojos y soñar.

«¡No me toques!», decía entonces cada tres segundos un tipo grandote en el concierto de Nosaj Thing y Daito Manabe, de la cantidad de gente que intentaba entrar y salir constantemente. Con audiovisuales programadas en directo por Manabe, la electrónica plana de Nosaj Thing quedó como el acompañamiento y no al revés, como debería ser. Además, hubo muchas interrupciones, problemas con la sincronización, tal vez, lo que restó ritmo y efecto a la propuesta. Por último, Thundercat empezó con un horrible free jazz, pero resultó que sólo fue una larguísima prueba de sonido. Cuando empezaron de verdad, continuaron con el jazz lleno de fuego e improvisación que poco a poco fue derivando al funk más espacial, para acabar en la pura delicia de El Bosco. Unos shorts rojos y un gorro a juego marcaban la figura de este impresionante bajista, grande de verdad.

Por su parte, la noche del viernes coronó a un magnífico Anderson Paak, que junto a su banda, los Free Nationals, hicieron una rendición del ABC de la música negra que dejó atónito al personal. Hace un mes, era el telonero de Bruno Mars al que nadie presta atención y ahora era cabeza de cartel del Sónar. Lo suyo es la fusión del R&b, soul, funk, jazz, hip hop, nunca a la vez, pero casi. Su capacidad de conectar con el público fue asombrosa, incluso cuando estaba en una batería que domina a las mil maravillas. A veces parecía R:Kelly, otras James Brown, otras The Roots, pero a quién más se parecía era a Lebron James, por su dominio completo del juego y por cómo sudaba.

El que no tuvo tanta suerte fue DJ Shadow, cuyos audiovisuales no añadieron nada a su propuesta de ritmos rotos y perfección técnica. Ni siquiera cuando recuperó los clásicos de «Entroducing», disco del que se celebra su 21 aniversario, consiguió maravillar. «Soy Dj, creo beats, esa es mi vida y me encanta», dijo, pero siguió quedando tan frío como correcto. Más suerte tuvo Moderat, con 30.000 personas a sus pies en un show en que las proyecciones y los juegos de luces fueron espectaculares. Aunque los auténticos vencedores fueron Soulwax que, replicando su estudio de grabación como puesta de escena, lograron una sesión tan orgánica como testosterónica, para bailar hasta caer muerto. Por su parte, Nicolas Jaar, oculto tras unas cortinas de rejilla de despacho, resultó demasiado denso y normal, muy lejos de su gran talento, pero ya era muy de noche y había cansancio.




Fuente: La razon

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