A Bernard Dargols, como a tantos supervivientes de experiencias muy traumáticas, le costó decenios poder explicar detalles de lo vivido en 1944. “No podía encontrar un vocabulario lo bastante inteligente para describir lo que se siente cuando uno embarca en un navío para ir a un país ocupado por el enemigo”, se justificaría muchos años después. Lo consiguió su nieta, Caroline Jolivet, quien recogió su testimonio para unas memorias familiares y en el 2012 lo transformó en un libro. Dargols, conocido desde entonces como “el GI (soldado estadounidense) francés de Omaha Beach”, falleció el domingo. Dentro de pocos días habría cumplido 99 años.





A Dargols se lo echará en falta, el 6 de junio, en el septuagésimo quinto aniversario del desembarco de Normandía, un acontecimiento al que asistirán los presidentes de Francia y Estados Unidos. Hace pocas semanas, este ciudadano que conservó hasta el final la doble nacionalidad francesa y estadounidense intervino como invitado en la apertura de una muestra fotográfica sobre la II Guerra Mundial en Ecouen, cerca de París. Unos días antes concedió una entrevista al diario Le Parisien en el que exhibió su lucidez y buen humor.

Nacido en París en 1920, en una familia de origen judío –su madre era inglesa y su padre ruso–, Dargols se marchó a EE.UU. en 1938, con sólo 18 años, para lo que debía ser un periodo limitado de aprendizaje. Su padre era dueño de un negocio de máquinas de coser y quería que el hijo adquiriera conocimientos para llevar un día la empresa y sucederle. La estancia americana se prolongaría seis años, mucho más de lo previsto. “Amaba el jazz y las películas –recordó Dargols–. Aquello para mí era el paraíso”. La invasión de Francia por los nazis, en 1940, y el apretón de manos entre Hitler y el mariscal Pétain lo acabó de convencer de que el regreso a París no era aconsejable. Después del ataque japonés a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, y la entrada de Estados Unidos en la guerra, se alistó como voluntario. Dada su condición de perfecto bilingüe, lo asignaron a tareas de información e inteligencia. Más tarde lo trasladaron a Gran Bretaña en preparación del día D.


Daba charlas en las escuelas como una obligación moral y le angustiaba la vuelta de los nacionalismos

El 8 de junio de 1944, dos días después del primer asalto aliado, Dargols desembarcó en Omaha Beach –así fue rebautizada esta playa en los planes militares y es como se la conoce aún hoy–, entre las localidades de Saint-Laurent-sur-Mer y Colleville-sur-Mer, como miembro de la segunda división de infantería estadounidense. Lo que más le impresionó fue el estruendo de los cañones de los barcos aliados para debilitar las defensas alemanas tierra adentro. Sus jefes le ordenaron que realizara una visita de inspección en el pueblo más cercano, Formigny, a apenas dos kilómetros. Los lugareños quedaron asombrados por el soldado estadounidense de perfecto francés. Lo recibieron como a un héroe. La escena se repitió en otros pueblos. “Si me hubiera quedado todas las botellas de calvados que me regalaron habría podido abrir una tienda”, bromeaba. Ya antes de desembarcar, Dargols era muy solicitado por otros soldados ávidos de información. “Había la pregunta inevitable de si todas las chicas de París eran guapas, ¡ja, ja! –explicó en la emisora France Info–. Y también otras cosas divertidas. Dado que los americanos beben mucha leche, preguntaban si la leche francesa era homogeneizada, ¡ja, ja!”.





En 1946, Dargols regresó EE.UU. y se casó con su novia, Françoise, una francesa que había conocido en Nueva York antes de su partida. La pareja volvería definitivamente a París. Dargols y sus dos hermanos se hicieron cargo de la empresa paterna. En los últimos años vivió en La Garenne-Colombes, cerca de la capital.

Dargols, que perdió a varios familiares en los campos de exterminio, solía dar charlas en escuelas. Lo veía como una obligación moral. Le angustiaba la vuelta de los nacionalismos y era muy consciente de que el mundo no está hoy a salvo de los peligros que lo acechaban durante su juventud. “Entonces pensé que no oiría hablar nunca más de dictadura, de nazis –dijo a Le Parisien–. Pero cuanto más nos alejamos de la guerra, más nos olvidamos. Un buen orador puede reunir a mucha gente, sobre todo si promete la luna a los ignorantes”.








Fuente: LA Vanguardia

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