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El sol siempre brilla en Kentucky, por Carlos Zanón

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Durante las sesiones de la vista, en los asientos forrados de terciopelo rojo, la gente habilitada como prensa se sienta en los asientos intermedios. Los familiares y amigos, en los más retrasados. Las autoridades políticas,en los primeros. En cada receso y especialmente al final de la jornada, los periodistas nos levantamos, pero nos cuidamos mucho de no entorpecer los pasillos. Porque por ellos, familiares y amigos se apresuran para llegar a tiempo de poder saludar a los acusados cuando estos dejan la sala. Abrazos, besos, guiños cómplices, intercambio de mensajes y folios impresos, tristeza y melancolía de western crepuscular.

Éste es un juicio en el que, aunque no compartas las ideas de los acusados ni cómo, quizás, confundieron el póquer con la ruleta rusa encima de una cornisa, te duele. Entre otras cosas, porque los reconoces como tu comunidad. Física y emocionalmente son de los tuyos. Eres tú, tus amigos y amigas, tu mujer, tu cuñado, el que trabaja en la Caixa, el profesor de tus hijos, el tipo que te debe pasta y el que te aseguró la casa. Éste es un juicio que seis millones de catalanes no querrían que se celebrara. Y ­seguro que también millones de españoles.

El fiscal parece representar al Dios vengativo del Antiguo Testamento mientras los acusados creyeron que, a examen, sólo iba el Evangelio de san Mateo, jurisprudencia del Supremo de Quebec y Juan Salvador Gaviota. O quizás sea mejor el reverendo con revólver que busca el pecado por todos sitios y lo encuentra donde no está. El juez Marchena, por su parte, es muy personaje de John Ford. Podría ser uno de sus heroicos generales sudistas que, al regresar, vencido, de la contienda, acaba siendo, a su pesar, juez de paz. Nada muy importante. Los sábados por la noche, peleas en el salón y, de tanto en tanto, algún tema de lindes entre los McGrey y los McMillan y Esposa. Pero, de repente, la muchedumbre quiere ahorcar y linchar a unos hombres y mujeres negros por haber robado caballos, destrozado coches, envenenado el agua y sentirse moralmente superiores a ellos. El juez, como buen hombre de Kentucky, no cree que un negro y un blanco sean iguales pero en las películas de Ford ese juez es un ser íntegro, con su propio código y que cree en Dios y en la justicia. Y, por eso, allí no se ahorca a nadie y absuelve a los negros porque no hicieron nada de lo que se les acusa. Y por la tarde encabeza el entierro de una prostituta –blanca– y ya de noche, todos al Josealfredo, a tocar la mandolina no sin olvidar que mañana es domingo y hemos de ir a ver al Atleti. Y los acusados absueltos en AVE, a sus casas a tramar partes dispositivas en declaraciones de independencia marca Acme.

Jordi Sànchez declaró ayer en la sexta sesión del juicio por el 1-O en el Tribunal Supremo
(oriol malet)

Uno puede amparar la idea de que Marchena ya sabe qué ha pasado, que los Reyes son los padres, que le van a traer la Play pero ha de esperar cuatro meses de testigos, documentos y periciales para abrir la caja de las sorpresas: absoluciones, penas por desobediencia y alguna barbaridad para que no se diga que no defiende la integridad de España. En realidad, el Tribunal Supremo tiene una responsabilidad que no les corresponde: desactivar tanto la voracidad de la extrema derecha como los tuits de Robin Hood. Confiamos tanto en Marchena que a ratos el sol que (no) entra en la sala parece oscurecerle el gesto y nos aterra la mera posibilidad de leer “HATE” y “ LOVE” en sus nudillos. Vendrá Trapero como testigo de El Álamo y será Marchena el juez y al resto de la sala nos crecerán manguitos de los brazos y, de las manos, libros de contabilidad de cualquier factura que no sea la de Unipost.

La comunidad de los acusados minusvalora y desprecia la comunidad que les está juzgando. Nosotros no somos ellos. Nos juzgan por ser mejores, parecen pensar y decir, como si en nuestra comunidad los errores se cometan sólo por ser aún español o no ser lo suficientemente no español. Y de una patada, el espejo en el que se miran los otros es muy parecido y los despreciables y candidatos a ser minusvalorados por los tiempos de los tiempos somos los catalanes, por ser demasiado nosotros, por ser aún nosotros. Cuánto nos querríamos divorciados.

Ha venido el presidente de la Generalitat, Quim Torra, a la vista de hoy y no se me ocurre ningún papel para él en el western. Quizás como editor de periódico pero prohibiéndole el acceso a las tiras cómicas con animales que hablan que luego se nos mete en problemas. Quien tiene papel fijo en El gran chaparral es Santi Vila. Hay quien le llama traidor pero “traidor” y “fascista” junto con “¿querrá copia?” copan las listas de palabras vacías de contenido de los últimos meses. Es un falso traidor, algo muy de western también. Aunque con tantos falsos cul­pables y falsos inocentes en esta causa, igual el Barça recupera el falso 9 y empezamos a enchufarla. Anyway. Pero Vila no entregó ni acusó a nadie, por lo que estaríamos más que ante un traidor, ante un desertor. Como Casandra, declara que él fue avisando de la hecatombe y le hicieron el mismo caso que a ella: ninguno. Así que abandonó su bandera en medio de la contienda. Muchos quisieron hacerlo, seguro, pero prefirieron ser mártires a traidores o desertores desde Twitter y tertulias. Quizás más que desertor sea alguien que apuró demasiado la fecha de la deserción. Como dejó escrito el cardenal Richelieu, la traición siempre es una cuestión de ­fechas.

El activista Jordi Sànchez, expresidente de la ANC, declaró mañana y tarde. Sànchez se muestra seguro y firme en toda su declaración. Dice que, aunque es su derecho como acusado mentir, dirá la verdad. Y lo cierto es que le crees. Parece ser un hombre íntegro el que responde a las preguntas del fiscal Zaragoza. De vez en cuando recuerda que lleva más de 500 días en prisión. El adjetivo de políticos presos se mueve para ponerse delante del sustantivo a medida que transcurre el interrogatorio. Su privación de libertad, como la de Cuixart, suena más a escarmiento y aviso para navegantes que a aplicación de una medida ya de por sí excepcional. Por su lado, la huida de Puigdemont, Rovira y otros no es que ayudara mucho. Como en los mejores western, Zaragoza cuando no se lo espera desenfunda y dispara un e-mail muy comprometedor de Xabi Strubell al presidente de la ANC, pero este contraataca con una bala loca que da en su orgullo a Marchena. Aparentemente no pasa nada entre caballeros. Sànchez no conoce a Xabi Strubell. Todo un Macguffin la identidad de Xabi Strubell a partir de ahora. Es una lástima que Hitchcock no filmara nunca un western.




Fuente: LA Vanguardia

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